Por ello aquí se expondrá y clarificará, en lo posible, una conceptualización que se adecue a nuestro objeto de estudio destacando, a la vez, los principales aportes y discusiones que han llevado a la definición contemporánea del espacio.
Anotado lo anterior, es importante comenzar subrayando que fue a mediados del siglo xx cuando la disciplina geográfica vivió un cambio de paradigma, del cual surgió la geografía como ciencia espacial, geografía cuantitativa o nueva geografía. Con esta revolución científica, la geografía pasó del estudio de la región al del espacio, a la elaboración de teorías y, por supuesto, a la cuantificación; situación que la impulsó a tomar sus ideas de ciencias como la matemática o la economía, y aun de la filosofía, de donde surgieron vocablos, leyes y modelos que sirvieron de base para estudiar los fenómenos geográficos (Barnes, 2001). Como indica este mismo autor, tal cambio significó asumir el espacio como objeto articulador del discurso geográfico, lo que implicó transformaciones en las teorías, en el lenguaje y en las estrategias metodológicas de análisis, además de mucha más discusión entre la misma disciplina y otras acerca del mismo objeto de estudio. Fue un gran avance para la geografía; no obstante, la aparición de cambios se tropezó con muchos puntos de vista que contradicen las nuevas teorías (Barnes, 2001).
Esto condujo a que los geógrafos centraran sus esfuerzos en el análisis locacional, en modelos generales, en descripciones de las localizaciones, y en la definición de regiones funcionales, entre otros aspectos, lo cual —como es de suponerse— es de vital importancia si se quiere trabajar la geografía desde este posicionamiento teórico [3](Delgado, 2003). Sin embargo, esta perspectiva se puede refutar si se repara en que la geografía no solo se interesa por la localización de sus objetos de análisis, cuestión que muchos estudios de corte demográfico o antropológico pueden emprender.
Pese a las aportaciones de esta revolución cuantitativa de rápida consolidación, su popularidad como modelo de análisis exclusivo fue pasajera. Para la década de 1970 inició la llamada revolución radical [4]de bases liberales, socialistas y, más adelante, marxistas: “El rasgo distintivo del nuevo discurso geográfico es que privilegia la dimensión social, en la que las relaciones espaciales son entendidas como manifestaciones de las relaciones sociales de clase en el espacio geográfico, producido y reproducido por el modo de producción” (Delgado, 2003: 79). La revisión de autores de esta corriente, como Lefebvre y Harvey, permite concluir que el espacio de interés será el producido por las relaciones sociales y no aquel contenedor de objetos (en su mayoría geográficos), ni el que busca la explicación o localización, como lo planteaba el antiguo discurso espacial. Esta noción del espacio es relevante en este libro. Lo que sucede en el espacio a partir de fenómenos sociales como la migración ofrece un panorama más completo del espacio producido por las relaciones sociales, lo que no quiere decir que se descarte la importancia para el análisis de los cambios que suceden en el espacio físico.
La geografía radical y el enfoque crítico
Uno de los principales representantes de la geografía radical es David Harvey, quien interrelaciona los estudios espaciales con la teoría social, y que concebía el espacio como un producto social. Al definir el conocimiento geográfico, Harvey propuso que es aquel que analiza la información acerca de la distribución espacial, la cual comprende actividades relativas a la naturaleza y a las propias del ser humano, mismas que proporcionan la base para la reproducción de la vida social, y que son transformadas por la acción de la sociedad (Harvey, 2007). Este autor desnaturaliza el espacio geográfico y conceptualiza la geografía como economía política de la producción del espacio (Harvey, 1982). Es una visión que incorpora lo que siempre se ha considerado como “espacial” (distribución espacial, espacio físico, etc.), pero que al mismo tiempo examina la reproducción del espacio por la sociedad. Este aspecto es relevante para el presente estudio, pues con la concepción del espacio más allá de su componente físico, se pueden analizar los cambios generados por los distintos fenómenos sociales, como la migración internacional y el transnacionalismo.
Un elemento destacado en esta vertiente geográfica son las relaciones de poder y desigualdad en el análisis del espacio. En esta investigación, además de la referencia a la construcción social del espacio —puesto que el espacio que se quiere trabajar es aquel donde la migración internacional y el transnacionalismo son los protagonistas—, las relaciones de poder son un factor clave en el análisis. [5]Un gran porcentaje de la migración que aquí se estudia se encuentra en situación irregular, esto es, que no cuenta con los documentos necesarios para transitar libremente por el lugar de destino, y como sus niveles educativos son insuficientes (como se verá más adelante), son individuos que se ven subordinados y/o victimizados por su condición de migrantes irregulares, por su bajo nivel académico y porque incluso no hablan inglés. Carecer de esto en el lugar de destino les dificulta obtener empleos mejor remunerados, factores a los que se suman otros más estructurales como la discriminación y la xenofobia hacia la población migrante, y las condiciones económicas del vecino país. Y aunque por la temporalidad de este flujo migratorio, los migrantes se han podido organizar en clubes o colectivos y participar en marchas para defender sus derechos, sus condiciones no dejan de ser difíciles. Un aspecto que es posible analizar desde la geografía por la vertiente teórica seleccionada, así se puede incluir el espacio como construcción social y entenderlo como totalidad, lo que lleva a reconocer las relaciones de poder que en él aparecen.
Otro estudioso inscrito en la vertiente radical de la geografía es Edward Soja, quien también coloca esta ciencia dentro de la teoría social contemporánea mediante el análisis de la espacialidad de la vida social. Soja, ahora posmoderno, retomó a Lefebvre, quien, entre sus premisas, había elaborado una noción de espacio abstracto y concreto a la vez, para entenderlo como un proceso histórico de tres ámbitos: las prácticas espaciales, las representaciones del espacio, y los espacios de representación [6](Delgado, 2003). Asimismo, Soja destaca que la espacialidad es el espacio producido por las relaciones sociales, económicas, políticas y culturales. De esta manera, el estudio de fenómenos sociales desde la geografía no se limita al análisis de alguno de sus componentes y de su relación con el espacio, sino que se considera que la construcción del espacio está determinada por distintas realidades, y que todas estas aportan a la comprensión de los fenómenos sociales. Para el caso de la migración, cómo se entiende o se vive el espacio luego de sus consecuencias para la sociedad en general: para quienes migran y para todos los involucrados, tanto en los lugares de destino como en los de origen.
Otro geógrafo que parte de Lefebvre, y que enfatiza la categorización del espacio a partir de su producción social, es Milton Santos. Desde la geografía crítica —muy próxima a la geografía radical—, este autor le da mayor peso al estudio del espacio como estructura de la sociedad y concuerda con Harvey sobre la producción social del espacio. Asevera, por otra parte, que el espacio es una instancia de la sociedad con la misma trascendencia que lo económico y lo cultural. Para él, “el espacio no puede estar formado únicamente por las cosas, los objetos geográficos, naturales o artificiales, cuyo conjunto nos ofrece la naturaleza. El espacio es todo eso más la sociedad: cada fracción de la naturaleza abriga una fracción de la sociedad actual” (Santos, 1986: 2). Según esto, el espacio tiene una configuración geográfica, espacial o paisaje (cómo son mostrados los elementos que lo conforman), pero lo que da vida a estos objetos son las relaciones sociales.
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