Yo y Alguno veníamos por el Periférico. “¿Quieres que te lleve a tu casa o vamos a la mía por un rato?”, propuso. Inmediatamente pensé que si me preguntaba eso era porque tenía algo que hacer. ¿Por qué imaginé esto? Por temor, por inseguridad, por un miedo que ya viene resultando eterno. Yo a mi vez pregunté: “¿No tienes que escribir?” Alguno se negó a responder y volvió a preguntar, agregó que me decidiera rápido pues temía perder la salida correspondiente en el Periférico si es que íbamos a su casa. Entonces le dije: “Pues tómala…” Así lo hizo y pronto nos encontramos en su departamento. Al llegar yo me dirigí al sofá y Alguno mencionó que iba al baño o algo por el estilo mientras me pasaba una revista para que yo viera el formato. Regresó y yo continuaba mirando la revista. En eso sonó el teléfono. Era Faramallón, un caricaturista muy amigo de Alguno, a quien no veía desde hacía mucho tiempo pues vive en Europa. Quedaron de encontrarse en un lapso de una hora. Yo había ido a casa de Alguno porque deseaba estar con él, tenerlo cerca, sentir sus caricias, y porque deseaba hacer el amor con él, lo deseaba con todas mis fuerzas, y entonces resulta que vendría un amigo suyo en una hora. Sucedió lo de siempre. Interpreté ese gesto. Su amigo era más importante, no deseaba estar conmigo y por lo tanto yo no desaba estar ahí un segundo más, un instante más. Al mismo tiempo sentí que “me oponía a la cultura”, como dice Freud. Me sentí posesiva, castradora, enajenante. Fue horrible. Sentí que caía en lo que tanto odio: la aniquilación del otro ser. Y mi deseo de desaparecer se intensificó aún más. Ya no sólo era por el rechazo que Alguno me hacía, sino el rechazo propio. Me odié por creer que con Alguno todo sería diferente. Me odié por permitirme esperar algo de él, por permitir ilusionarme. Me odié y arrepentí. Sólo deseaba irme, irme lo más pronto posible. Le pedí que me llevara a mi casa. Se negó. No le daría tiempo de ir y regresar en una hora. Entonces lo hice, levanté esa barrera entre él y yo. Lo hice deliberadamente, a sabiendas de que él lo sentiría. Y así fue. Después de unos espantosísimos diez minutos o tal vez menos, así, empezó a hablar. Dijo que trataba de comprenderme, pero tal parecía que yo estaba incapacitada para tener un gesto de cariño hacia él, que me esforzaba por mantenerme alejada, que me esforzaba por crear una distancia infranqueable entre él y yo. No contesté. No dije una sola palabra. Pero me lastimó profundamente. De nuevo la desilusión, el enojo conmigo misma. Yo misma le había dado una carta a Alguno en donde traté de explicarle lo que sucedía en mi interior, creí que me entendería. Creí, creí. Esperé que así fuera. ¿Por qué me permití esperar algo de alguien? ¿Por qué creí que con Alguno sería diferente? Era igual, igual que siempre. Tampoco él entendía. Ninguno, Anónimo, Cualquiera, Fulano, Zutano… Son tantos los que me han dicho eso también. “Eres muy fría”, “No eres cariñosa”… Etcétera. De nuevo lo escuché. Esta vez tampoco dije nada. Nuevamente la inercia se apoderó de mí. Que piense lo que le dé la gana. Ni modo. Momentos después me dijo que con esa actitud lo único que lograba era causar lo que tanto temía: la separación. Que él no podía vivir con la incertidumbre, con la inseguridad que yo le provocaba. Que él no sabía ya en realidad si yo lo quería o no, que pensaba que yo no deseaba verlo, que me imponía su presencia. Y todas esas cosas que he oído una y otra vez. ¿Por qué tengo que ser como los demás esperan? ¿Por qué se disgustan cuando no resulto como ellos me imaginaron? No es culpa mía. Eso, independientemente de que mi actitud obedece a una causa: el miedo. ¿Por qué en lugar de reclamarme no se preocupan por investigar si hay algo debajo de esa actitud? Tengo miedo. ¿En verdad estaré incapacitada para amar? “Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío, mi corazón se cierra como una flor nocturna”, dice Neruda. Es la historia de mi vida. Sólo confío en mí, sólo espero algo de mí. ¿Me lleva esto a la soledad? Sí, creo que sí. Alguno me lo dijo hoy claramente. ¿Qué hacer? Me siento tan perdida, tan desolada, tan desamparada, tan asustada, tan incomprendida… ¿Qué hacer? Bueno, después de decirme todo lo anterior llegó Faramallón. Yo no lo conocía ni a él ni a su trabajo. No me causó buena impresión. Su modo rudo y violento provocó en mí un rechazo instantáneo. Rechazo que como siempre se convirtió en silencio. Esta persona no me agradó, definitivamente. Su modo de ser chocó brutal y definitivamente conmigo. Él lo notó. Todos lo notamos. Y finalmente rehusé acompañarlos y me trajeron a casa. Fue en el auto cuando Faramallón opinó: “Tienes una amiga muy callada ¿no?” Entonces llegamos, al fin llegamos y me despedí. Ahora siento un gran vacío dentro de mí y no sé qué hacer.
Yo entro en el salón de clase, miro uno a uno a todos los nuevos alumnos, me presento, presento el curso, hablo de los métodos de evaluación, y para empezar les pido que anoten un epígrafe. Es de María Zambrano, de un ensayo titulado Notas de un método, y será el punto de partida para nuestras inquisiciones. ¿Listos? Hay dos o tres mujeres bonitas, dos viejas, dos gordas, cuatro hombres, uno bastante imberbe y seguramente atarantado. “Parece una necesidad del sujeto el encubrirse”, comienzo, y cuando veo que descansan los lápices y plumas, continúo muy pausadamente. “¿De dónde le viene al sujeto esta necesidad, la necesidad de representarse o revestirse, de fabricarse una máscara? ¿De dónde procede esta especie de desdoblamiento, si no de algo inserto en el sujeto mismo y a lo que podemos llamar el Yo? Cuando el sujeto se embebe en ese Yo, cuando se deja embeber por él, se hace personaje, deja de ser persona y entra a representar todo aquello que su Yo le impone”… Fin de la cita. Suspiros de alivio.
Yo estuve con ella casi todo el día, lo que se dice rápido, pero es algo como fuera del tiempo, que ni siquiera puede fecharse. Salimos de la escuela, pasé a cobrar a un par de oficinas. Nos tocó el caos vial de costumbre y de Sur 124 a la Zona Rosa hicimos casi dos horas. Comimos en La Pérgola, Armonía proustiana, preguntándome de Anáfora y Sinonimia con cierto rencor, que Apóstrofe le contó, que Anáfora era su confidente. Le expliqué que salía antes con ellas, que me gustaban mucho, pero que estaba retirándome de esas relaciones, que todo eso se disolvía por sí mismo porque no podía compararse con lo que nos pasaba a nosotros, con lo que sentía cuando estaba a su lado, y cómo saber que una mujer como ella iba a presentarse en mi vida así, tan de pronto, y cómo iba yo a estar esperándola en soltería y olor de santidad… Río con franqueza. Me dijo que cuando subió al auto estaba enojadísima, pero que se le olvidaba continuamente. Fuimos al departamento y nos besamos largamente en la oscuridad escuchando melodiosa música de arpa, minuciosamente besándola, primero por aquí y después por allá, mordiendo sus clavículas con suavidad, los lóbulos de sus orejas, casi sin hablar, mecidos por la música de Nicanor Zavaleta.
Yo ya no tengo más el problema de lo uno-después-de-lo-otro del narrar. Ya no me preocupa qué hago después con la noche, con el día, con la mañana, con las horas. Yo puedo escribir como quiera. Puedo dejar que un tiempo transcurra como si el tiempo estuviera detenido, o como si el tiempo siguiera muy muy despacio. En una oración puede ser primavera y en la siguiente puede ser invierno, o frío, luego es de noche, luego es de noche otra vez, el día no aparece nunca… Es una liberación muy humana, espero que la acepten. Y sin la cual no podría seguir adelante…
Yo creo que cada una de nuestras relaciones es diferente y somos diferentes en cada una de ellas. Por eso la monogamia es tan perversamente interesante.
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