Luis Martín Ulloa - Jalisco 1910-2010

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Jalisco 1910-2010: краткое содержание, описание и аннотация

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Jalisco 1910-2010 completa el proyecto editorial de conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, en fechas coincidentes de dos siglos del México moderno.
Esta obra recrea acontecimientos curiosos, célebres, inusitados o inéditos, para quienes vivieron parte del pasado siglo xx, o para los más jóvenes jaliscienses que solamente escucharon historias de padres y abuelos, increíbles por tan lejanas, por tan desconocidas, además de que muchas de estas anécdotas históricas aún no son del dominio de la nueva cultura del saber global que es el internet.

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—A ver si fusilados gritan ¡fanáticos pendejos!— gritaban los soldados y disparaban sin más hasta que en medio de todos, el oficial al mando, un hombre regordete con acento norteño que había aceptado el uniforme a cambio de una brecha de siembras, caminó hasta el frente de su piquete de soldados y muy resuelto se dispuso a entrar al edificio resguardado por beatas y algunos hombres de la adoración nocturna que llevaban al cuello sus distintivos y en las manos un machete y un devocionario.

Al verlo acercarse a la puerta principal, los campaneros atizaron el tañir de sus aliadas pero un disparo, aparentemente mal atinado mas con toque de advertencia, enviado por el oficial los hizo callar. Mientras este hombre cruzaba el umbral, intempestiva una mujer brotó de entre el gentío y se le acercó silenciosa y a placer. Cuando lo tuvo cerca, un cuchillo emergió con disimulo de su cintura y se levantó filoso y altanero para hundirse en la espalda del hombre quien, de un grito sordo, impuso de nuevo el silencio mientras su sangre brotaba a raudales tiñendo de un color oscuro y húmedo su chaqueta verde de oficial y la falda blanca de la mujer que temblorosa pero decidida seguía parada junto al apuñalado.

Jovita que no estaba acostumbrada a ver tanta sangre en compañía de lastimeros quejidos, seguía enganchada a los hombros de Mercedes en el intento de salvaguardar su mirada de aquel horror. Ya no le importaba la corona dorada de la virgen. Mercedes, en cambio, no perdía el asombro ante esa luz antes quisquillosa en los ojos del oficial que ahora miraba a su alrededor con la súplica de un caído.

Los soldados pelaron los ojos cuando su oficial de carácter inasible caía de bruces. Y los pelaron todavía más cuando la sangre terminó por derramarle la vida. Al verse solos, no dieron providencia de socorrerlo y dejaron que su sangre tiñera algunas losetas del atrio y la banqueta.

Ya no se oían rezos lejanos. De pronto todo se volvió sigiloso, como si fuera un Viernes Santo en agosto y el luto que ya se venía llevando se hubiera acrecentado hasta alcanzar las íntimas gargantas de todos ellos. El gentío veía con admiración cómo la aguerrida mujer recogía la pistola del herido y la entregaba a los hombres de la adoración nocturna quienes llevaban puestos sus distintivos rojos:

—Tengan esto…para que se defiendan —les dijo. Luego un hombre la jaló del brazo y la llevó entre la multitud como si fueran a la sacristía.

Agripina de inmediato reconoció en esa voz a Aurelia, una de sus compañeras en la Escuela de las Damas Católicas y vio que Gabino, su marido, era quién la llevaba tras de sí.

—Encontré lo mío —dijo y dejando a sus ofuscadas compañeras fue tras Gabino y Aurelia.

Mercedes y Jovita, al verse solas, abandonaron su refugio tras el portón y se enfilaron entre el apretujón también a la sacristía.

Al encontrarse con Agripina, Gabino advirtió:

—Llévatela, a donde sea, menos a la casa. ¡Pero ya!

—Te espero en la casa de Jovita —alcanzó a susurrarle a su marido antes de jalar contra sí a Aurelia, que refregaba su mano contra la falda con toda la tranquilidad de quien se embarra algo cualquiera y que sin ser algo turbio desaparecerá entre sus pliegues.

Jovita, todavía atareada por la gresca, deslizó con cuidado su mano bajo el brazo de Aurelia. No quería mancharse las mangas con sangre blasfema. Mercedes caminó tras ella y las cuatro muy juntas se deslizaron por el lado izquierdo del altar hasta salir a espaldas al Santuario.

Mientras tanto, al ver el desorden, el General Izaguirre y el joven Lauro Rocha acordaron dar tregua a la revuelta liberando a mujeres y niños primero. Tan apremiado estaba el General que no atinó a resolver la causante de su oficial herido. Cuando quiso hacerlo, Aurelia ya estaba en camino a la casa de Jovita y aunque hubo decenas de testigos y todos se conocían a fuerza de reuniones clandestinas del boicot contra el gobierno y sus leyes anticlericales a lo largo de la ciudad, se fingió olvido y nadie se atrevió a delatarla.

Ya resuelto aquel gentío, algunos que tuvieron la infortuna de pasar junto a los soldados fueron apresados y conducidos al cuartel Colorado bajo los cargos de participación en actos subversivos contra el Gobierno Federal.

A pocos pasos del Santuario, Aurelia renegaba por tanta cautela innecesaria según ella y mejor se dejó acompañar por las vecinas que regresaban después del tumulto a sus casas.

—Escóndete aunque sea un poquito, ten mi mantilla —dijo Jovita extendiéndole un velo negro brocado de rosas, mismo que Aurelia tomó sin ganas y con descuido colocó sobre su trenza.

Esa noche, Agripina y Gabino presidieron la junta clandestina y celebraron el divino atrevimiento de Aurelia con el atole y los tamales preparados esa tarde. Mercedes no pudo conciliar el sueño a pesar de los tés de tila preparados por su tía Milagros, quien de pasada preparó unos para sí misma con la esperanza de dormir un poco luego del susto de escuchar a su sobrina contar todos esos disparates y haber salido viva.

Aurelia no necesitó de tés. Durmió y despertó como si la noche anterior, sus manos no se hubieran coloreado con sangre ajena. Su falda reposaba en vinagre blanco para devolverle su color y quitarle las manchas de rojo vivo con que se había impregnado. No se imaginaba entonces que esa no sería la única sangre que se vería correr.

Gerardo Murillo Dr AtlGuadalajara 1875Ciudad de México 1964 De manera - фото 12

Gerardo Murillo “Dr. Atl”(Guadalajara, 1875-Ciudad de México, 1964). De manera insólita, decidió en 1911 cambiarse de nombre por el “doctor agua”, cuando en una travesía a Europa una tormenta azotó el barco con tal furia que hasta el capitán se mareó. Un autorretrato suyo pintado al pastel recibió en una exposición en París en 1899 la medalla de plata. En medio de los suntuosos gastos del Centenario de la Independencia, consiguió que don Porfirio Díaz asignara una partida para realizar una colectiva en la Academia de San Carlos con los pintores nacionales; fue cuando pidió también “muros, en los edificios públicos, para pintar” anticipándose a la idea del muralismo de José Vasconcelos.

José Clemente Orozco(Zapotlán el Grande, 1883-Ciudad de México, 1949). A los 21 años sufrió un accidente en las manos con pólvora y terminaron por amputarle la izquierda. Cuando aún era desconocido, trabajó haciendo carteles de cine en Estados Unidos; años más tarde iría de nuevo al vecino país para pintar un gran mural en el Pomona College de Claremont en Califormia. Pintó 2,030 metros cuadros en Guadalajara, repartidos en el antiguo Hospicio Cabañas, la escalera del Palacio de Gobierno y el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara.

Roberto Montenegro(Guadalajara, 1887-Ciudad de México, 1968). Decoró el frontón del Teatro Degollado pero su trabajo fue suplantado en 1963 por el actual relieve. Ilustró los primeros libros de texto gratuitos de primaria a fines de los años cincuenta. Fue un artista polifacético: fue muralista pero también un pintor de caballete de vanguardia, realizó escenografía, trabajó con vitrales y cerámica, se desempeñó como funcionario de cultura, ilustró revistas y libros, y prefirió, a diferencia de sus contemporáneos, un arte más decorativo que narrativo. Su madre fue tía del poeta nayarita Amado Nervo.

Alfredo R. Placencia

SACERDOTE Y POETA

Nació el 15 de septiembre de 1875 en Jalostotitlán. A la edad de doce años ingresó al Seminario Conciliar de Guadalajara. Transitó por diversos curatos como ministro o vicario. Fue un hombre complejo que combinó su ministerio religioso con la inocencia mundana que le facilitó el alcohol, el amor a las mujeres y su irrenunciable poesía. Incomprendido por sus feligreses y por las autoridades diocesanas, fue desterrado a Estados Unidos y degradado en su rango eclesiástico (llegó a ser cura) por algunos años. A pesar de su pobreza material, fue generoso con el prójimo. En sus últimos años de vida, fue descubierto por los escritores de la revista literaria Bandera de Provincias (1929-1930). Agustín Yáñez, siendo gobernador de Jalisco, promovió la publicación de sus obras completas. Su libro de poesía más sobresaliente es El libro de Dios (1924). Murió el 20 de mayo de 1930 en Guadalajara.

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