Luis Martín Ulloa - Jalisco 1910-2010

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Jalisco 1910-2010 completa el proyecto editorial de conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, en fechas coincidentes de dos siglos del México moderno.
Esta obra recrea acontecimientos curiosos, célebres, inusitados o inéditos, para quienes vivieron parte del pasado siglo xx, o para los más jóvenes jaliscienses que solamente escucharon historias de padres y abuelos, increíbles por tan lejanas, por tan desconocidas, además de que muchas de estas anécdotas históricas aún no son del dominio de la nueva cultura del saber global que es el internet.

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Mariachi Vargas de Tecalitlán

Alejandra del Carmen Sahagún López

Corría el año de 1898 cuando el maestro Gaspar Vargas López agrupó en Tecalitlán una tradición de músicos que hoy en día identificamos como el Mariachi Vargas. En este periodo, la sociedad adinerada consideraba a los mariachis como un mero entretenimiento para campesinos, mas el éxito de esta agrupación fue tan grande que su fama opacó la falta de estímulos de la casta acomodada.

En 1931 el Mariachi Vargas presentó una evolución, en donde los músicos-campesinos se dedicaron en cuerpo y alma a las presentaciones y adquirieron un prestigio nacional que los hizo aparecer en el cine en repetidas ocasiones. Fue en este tiempo que se trasladaron a la Ciudad de México y con la integración del músico Rubén Fuentes, violinista de Ciudad Guzmán, el sonido y la imagen cambiaron pues se prepararon musicalmente.

En la mitad del siglo XX, y con base en su trayectoria, éxito y profesionalismo, los mariachis de otras agrupaciones tomaron como modelo al Vargas de Tecalitlán, de manera que la sonoridad se transformó y floreció la época de oro de la canción ranchera.

Sin duda alguna la actuación que ha tenido el mariachi en todo el siglo XX, ha ayudado en gran medida al emblema con el que hoy se le conoce: “El mejor mariachi del mundo”. Y es a esta agrupación a la que se le atribuye la introducción de las trompetas en el género y gran parte de la identidad que caracteriza al México actual.

sa última noche de julio allá por 1926 cuando el Santuario se quedó en - фото 10

картинка 11sa última noche de julio, allá por 1926, cuando el Santuario se quedó en penumbras, se encendió tal angustia en los fieles que no se apaciguaron ni con las oraciones y alabanzas en voz alta ni con la promesa de salvaguardar su religión hasta el tormento.

Dos días después, a la gente no le llegaba ni la resignación ni el consuelo y seguía merodeando por el atrio sin un ápice de confianza en los gendarmes que se habían apostado en los alrededores por orden del presidente municipal Mariano González. El Santuario parecía congregar un rebaño revoltoso con el fervor depositado en distintas pasiones: unos para salvaguardar el recinto de su devoción y los tesoros que tenía dentro; otros, para hacerse los impávidos e incrédulos si no se acataba la orden presidencial de acallar el culto de cada templo, sin importar a qué virgen morena se venerara en sus altares.

Una mañana de esas mañanas no tardó tanto en llegar, estallaron los fervores. Las tropas militares que acompañaban al Capellán del Santuario de Guadalupe antes de desalojarlo por completo, fueron recibidas a tiros que provenían de las azoteas y de las personas que merodeaban el lugar y disimulaban sus armas entre sus ropas, coches y sombreros en plena vía pública haciendo un alboroto sin tregua. Quienes debían estar adentro del Santuario salieron, quienes no podían pasar entraron; las puertas cerradas se abrieron y las abiertas se emparejaron, las armas que no debían ser disparadas agotaron sus municiones, y los hombres y mujeres que nunca habían tirado un puñetazo, parecían fuera de sí dejando a quien se les pusiera en frente una guantada o un golpe bajo.

De tanta lluvia de balazos, el capellán entró corriendo encorvado y con las manos cubriéndole la cabeza hasta que se escondió debajo de las bancas frente al altar. Los soldados contestaron en defensa, pero después de un avivado campanazo y al grito de ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! marejadas de creyentes se dejaron llegar al atrio hasta que las calles que rodeaban el templo se desbordaron por completo de más gendarmes y beatas sollozantes.

Hasta la casa de Jovita sonaron las campanas.

—¡Válgame Dios! Ahora si nos truje —dijo Agripina y dio la última batida al atole que preparaba como refrigerio para la junta de esa noche.

Ella y Jovita dejaron los tamales a fuego lento y salieron envalentonadas a pesar del alboroto que se oía hasta aquella casa en la calle Alonso, cercana al Santuario. Mercedes las siguió más por devoción a esas mujeres que a la Guadalupana.

Bajo esa noche, en que hasta la luna llena parecía montar también la guardia, se encaminaron las tres mujeres: una con el corazón inquieto por el marido posiblemente perdido entre el remolino de gente; otra con la zozobra ante el inminente perjurio contra la imagen de la Morenita; y la última, como refuerzo por si las buenas intenciones del Espíritu Santo se trinchaban con las malas del otro espíritu más terrenal, el de los callistas.

No pudieron avanzar mucho: el olor a pólvora inundaba el aire y se hacía más denso con los pasos. Había una calma sospechosa, como esa que antecede a las atrocidades: las campanas se detuvieron, los soldados bajaron la guardia, la gente comenzaba a retirarse.

Se acercaron tanto como el gentío se los permitía al portón del atrio: Agripina y Jovita estiraban sus cuellos y se paraban de puntitas con la gracia de bailarina clásica que nunca tuvieron. La primera buscando a su marido que en veces la hacía de panadero pródigo y esa noche de valiente defensor del templo y la otra para asegurarse que al menos las pinturas sobre los muros no hubieran sido profanadas con raspones o manchones de pintura y la imagen de la guadalupana siguieran ahí aunque hubiera perdido su riquísima corona de oro.

La atrocidad silenciosamente anunciada resultó en el llamado a otros 250 gendarmes más. Al toque de nuevas campanadas la gente que ya se iba regresó acompañada de otra más y formaron una valla a la cual se unieron Mercedes y las otras con tal de no dejar que los soldados recién llegados irrumpieran en el Santuario. La valla se volvió desvarío y luego motín infortunado.

De estar apretujadas en la entrada al atrio, las mujeres terminaron junto al portón principal.

—¿Y yo qué tenía que andar haciendo aquí? Si yo nomás venía a que vieras que la corona siguiera en la pared, mírala —dijo Mercedes sin descruzar los brazos pero instando con sus ojos verdes a Jovita para que mirara la corona suspendida sobre el marco dorado de la imagen—. ¿Ahora cómo nos vamos?

Siguió ella diciendo que prefería el alboroto alegre de las fiestas parroquiales y no éste de zumbidos de pistolas y griterío.

Afuera, el pueblo profirió vivas a su ¡Cristo Rey! y los soldados contestaron con balazos. Los campaneros hacían su parte detonando su furia contra las campanas y estas a la vuelta y vuelta resonaban con estruendo.

Adentro, humo vetusto de las veladoras y los cirios formaba una espesa neblina en cuyo fondo se ocultaba un sagrario vacío. El olor rancio de las flores marchitas se disolvía con el de la pólvora; los crisantemos y las rosas sobrevivían entre las aguas turbias de los floreros apretujados bajo el altar. La eterna letanía de los rosarios se repetía a la sombra de la virgen morena que parecía rezar con sus hijas, las buenas mujeres que nunca faltaban a rezar en aquellos tiempos o en estos cuando se apiadaban de los solitarios corredores de las iglesias.

Los hombres se apostaron en las puertas de madera añeja como su peso y a los federales no les quedó más remedio que retirarse un poco. Ese puñado de fieles desbordándose del atrio, se transformó en una muchedumbre frenética por defender el Santuario.

Mercedes y sus amigas al notar cómo esa querella apalabrada se volvía contienda, se replegaron bajo los muros pidiendo a los evangelistas allí retratados, no les tocara un golpe o un balazo. Si ya todo pintaba para porrazos, la cosa empeoró cuando se dejaron venir los refuerzos del ejército en compañía de la policía municipal. Se volvió un apretuje sin sentido: todos golpeándose contra todos. ¡Viva Cristo Rey!, gritaban algunos. ¡Viva!, contestaban otros con la garganta casi para desgarrarse.

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