Luis Martín Ulloa - Jalisco 1910-2010

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Jalisco 1910-2010 completa el proyecto editorial de conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, en fechas coincidentes de dos siglos del México moderno.
Esta obra recrea acontecimientos curiosos, célebres, inusitados o inéditos, para quienes vivieron parte del pasado siglo xx, o para los más jóvenes jaliscienses que solamente escucharon historias de padres y abuelos, increíbles por tan lejanas, por tan desconocidas, además de que muchas de estas anécdotas históricas aún no son del dominio de la nueva cultura del saber global que es el internet.

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Esta edición constituye una opción, entre muchas otras maneras, de conmemorar el Centenario de la Revolución Mexicana, no en el sentido de una concelebración sino más bien de una recordación de nuestro pasado inmediato.

Nos congratulamos de realizar esta conmemoración de manera conjunta con toda la Red Universitaria, a través de la publicación de este libro.

Javier Espinoza de los Monteros Cárdenas Director Editorial Universitaria

1 unca fui a la escuela y si ahora conozco el silabario es por querer leer - фото 7

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картинка 8unca fui a la escuela, y si ahora conozco el silabario es por querer leer lo que otros escribían en lugar de hablar, pues resulta otra manera de que te escuchen los que no están cuando hablas sobre cosas interesantes. Me entretenía en leer todo lo que cayera en mis manos.

Era mandadero en casas ricas, por allí, alrededor de Nuestra Señora del Carmen. Unas casonas de estilo francés, de puertas abiertas en los zaguanes y de cancel forjado para que el desconocido solamente admirara sus patios centrales, llenos de macetas y jaulas de jilgueros. Tocaba primero la aldaba de la puerta y luego la campanilla del cancel. Entonces me encargaban mandados hacia el mercado Corona o el Alcalde. Y se enojaban si tardaba mucho, pues mucho dependían de mí los guisos de las comidas.

Yo nomás iba de aquí para allá para juntar la oreja en los corrillos de la esquinas. Y todo era de alarmarse pues la revolución, que bien lejos se oía como si ocurriese a otros y no a nosotros, parecía por fin presentarse en la ciudad. Los tapatíos, que fuimos porfiristas (yo no), que fuimos reyistas (yo no), que fuimos del partido católico (yo no), esperábamos a que la venia de Dios nos salvase de los desmanes y de los muchos muertos y entuertos que consigo traía la mentada revolufia. “La revolución es un asunto de campesinos y no de comerciantes”, me decía el panadero del barrio de la Parroquia de Jesús María.

Pero el asunto crecía en el miedo de la gente. Qué ya derrotaron a Julián Medina, Pedro Zamora o Roberto Moreno, alegaban afuera del templo de Santa Mónica Bendita, sin ponerse de acuerdo si este o ese o aquel fueron muertos. “¡Vienen los carranclanes con el general Diéguez!”, gritaba una señora en los portales, greñuda, sucia, descalza, y más enloquecida por sus gestos de desesperación. Se le afiguraba que venía el fin del mundo. Y cómo no, si en verdad como dijo un señor en una conversación en “La Catedral” —una cantina que era pura burla del dueño al obispo, quien en contra esquina oficiaba misa— Diéguez llevaba un mes arrastrando doscientos carros y dos mil mulas para traer el equipo de guerra a lo largo de más de doscientos kilómetros entre Ixtlán, Nayarit, y Guadalajara por terrenos montañosos.

Llegaron el ocho de julio para proclamar el triunfo absoluto de la revolución. ¿Cuál revolución dijimos los presentes frente a Palacio de Gobierno, si no ha habido batalla, balazos, muertos ni heridos; si ni conocemos el olor de la pólvora fuera de los diablitos y cohetes en las fiestas barriales? En fin, Manuel M. Diéguez se convirtió en gobernador y comandante militar del estado de Jalisco. Sí, señor. Y yo con la panela en el morral y los birotes en las manos para la señora Olga Diaque, que seguramente no me perdonaría la tardanza.

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Pues resultó que la Convención se hizo en Aguascalientes y no en Ciudad de México, nomás porque Pancho Villa no quiso ir. Porque estando acá y no allá, el Centauro del Norte se jugó todas las cartas. Habló de que la Patria estaba salvada, y luego de muchos aplausos, dice El Correo de Jalisco , uno de nuestros periódicos más verdadero, miró al general Obregón y le dijo: “La historia sabrá decir cuáles son sus verdaderos hijos”. “Exactamente, señor —repuso el general Obregón”. Como si anticipadamente supiera el resultado del futuro, platicaba Don Cosme, el de la cremería Tepatitlán del mercado Corona mientras pesaba panelas y chorizos de puerco, los más ricos de aquella región. “Para ser héroe hay que anticiparse a la historia a sabiendas”.

Locadio, el peluquero de la calle Santa Mónica Bendita, tenía una opinión no muy distinta pero sí dispareja cuando se refería a las palabras que el general Diéguez había dicho ayer a todos en la plaza sobre que era mejor evacuar la ciudad porque se acercaba Pancho Villa a Guadalajara y no quería verla rendida al enemigo.

—Tiene la táctica de Kutúzov. Deja que Napoleón llegue hasta Moscú, pero los moscovitas han abandonado la ciudad y la han incendiado para que nadie pueda vivir en ella pues ya nada hay —me hablaba el peluquero de una historia que yo no había escuchado ni leído.

—¿Y usted se va ir, don Locadio?

—¿Yo? No, muchacho. Como bien dice mi nombre: estoy Locadio y espero otra revolución.

Y en unos cuanto días después, el general Francisco Villa, al frente de sus “Dorados”, entró a Guadalajara la tarde del 17 de diciembre de 1914, un día después de mi cumpleaños. Venían con él los ejércitos de Pedro Zamora, Roberto Moreno, el padre Corona, Lucio Blanco y Julián Medina quien le allanó la entrada por el pueblo de Tonalá y la villa alfarera de Tlaquepaque; eran tres o cuatro veces superiores a las fuerzas constitucionalistas del general Diéguez.

La ovación fue realmente sonora, pintoresca, grande. Yo me encontraban un poco lejos, en el escalón más alto de la entrada lateral del templo de El Sagrario, a un costado de Catedral. Las mujeres hermosas agitaron sus pañuelos. Los gomosos, pintadas de carmín sus mejillas, saludaron con sus sombreros. Los monaguillos de todas las iglesias enronquecieron en un ban-zai de ensordecedores chillidos. Hurras y vítores. Las campanas se echaron a vuelo. Los próceres de las sacristías y del agio fueron reverentes al postrarse ante el Caudillo de la Revolución. ¡Qué mirada, qué oído! ¡Qué privilegio ver a los patrones rendidos ante ese hombre inculto (él lo dijo así de sí mismo en la Convención de Aguascalientes) que mueve la historia hacia los lados de quienes no quieren que se mueva nunca!

Salió al balcón central del Palacio de Gobierno para dirigirnos la palabra con un altavoz como cucurucho para agrandar su voz. Un Pancho Villa bigotón, cejijunto, con un contrastable sombrero de charro que se puso para la ocasión, nos gritó que de ahora en adelante el gobernador de Jalisco era Julián Medina. Y nos habló de su gran consejero el doctor Mariano Azuela, desde ahora Director de Instrucción Pública. “Porque hay mentes que clarifican con su consejo a los que nacimos para otros entendimientos que no sea la justicia y la igualdad entre los hombres”. Y se puso a tirar balazos al aire. Y toda la gente le aplaudía entre gritos de ¡vivas! y ¡hurras! Yo entonces alcancé a oler, por primera vez, el olor de la pólvora que despide una pistola cuando se dispara.

3

Guadalajara, poco después, comenzó a odiar a Pancho Villa. Y no por lo que decían los catrines cuando Julián Medina les pidió juntar un millón de pesos a los ricos de la ciudad. “Haiga como sea —les dijo a todos los citados en el patio de Palacio— pero mañana quiero ese dinero”. Y todos, o casi todos, o todos menos uno que otro, o todos a la vez, salieron mentándole la madre, y otras tantas para el coronel José Zertuche, comandante militar de la ciudad, quien se apresuró a sacar la pistola y a tirar de balazos con los ojos para matarlos pero sin herir a nadie, porque la vista como dice un corrido “es muy natural”, sea amable o maliciosa.

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