Leonardo Boff - La casa común, la espiritualidad, el amor

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Los temas que aborda este libro, con un lenguaje comprensible para todos, responden a preguntas que siempre están presentes en nuestra mente. ¿Quién no se pregunta?: ¿Cuál es el origen del universo?. ¿Cómo surgió la Tierra? ¿Quién es el ser humano? ¿Cuál es el sentido de mi vida en este corto lapso de tiempo que me es dado vivir en el mundo? ¿Cómo podemos salvar la propia vida y la de la Madre Tierra hoy amenazada? ¿Qué puedo esperar después de esta vida? El autor trata de responder a estas preguntas y a otras recurrentes a los datos más seguros de la moderna cosmología y de las ciencias de la tierra.

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Dios emergió en nuestra conciencia porque antes estaba ya en el universo. Así pues, para ser coherentes debemos decir: Él le pertenece primero al universo, luego irrumpió en nuestra galaxia, después se configuró en nuestro sistema solar, se hizo presente en el planeta Tierra y, finalmente, se hizo consciente en el ser humano, hombre y mujer.

El portador original de la presencia de Dios es el universo, y el sujeto concreto que lo expresa directamente es el ser humano, parte del universo; en él se gestó la conciencia, y a partir de ella se creó el lenguaje.

Representamos la parte de la Tierra que siente, reflexiona y ama. Nuestra conciencia es, fundamentalmente, la conciencia de la Tierra y del mismo cosmos, porque la Tierra forma parte de él. A través de la conciencia podemos reconocer a Dios, alabarlo, darle gracias y dar saltos ante Él como si fuéramos niños celebrando delante de sus padres. El universo es el escenario de su gloria. Y nosotros los actores que encarnan sus infinitas cualidades.

LA INTELIGENCIA QUE TODO LO ORDENA

Igual que la célula constituye una parte de los órganos, y cada órgano contribuye a conformar un organismo, cada ser humano es parte de un ecosistema, y cada ecosistema es parte del sistema Tierra, que, a su vez, es una fracción del sistema solar y este del sistema cósmico. Todos estos sistemas —en particular el sistema Tierra— se revelan siempre interconectados y extremadamente complejos. Despiertan grandes cuestionamientos y desafían nuestra razón.

Solo una Inteligencia ordenadora sería capaz de calibrar todos estos factores, que nos mantienen conectados unos con otros y en un equilibrio dinámico.

Reconocer este hecho representa un acto de razón, y no implica renunciara nuestro propio pensamiento. Al contrario, significa rendirse humildemente a una Inteligencia más sabia y soberana que la nuestra. Dios puede ser aquello que somos incapaces de comprender con nuestra inteligencia.

Cuando adoptamos esta actitud de reconocimiento de límites y de humildad, descubrimos que nuestra razón y nuestra inteligencia se encuentran dentro de esa suprema Inteligencia, y constituyen un espléndido reflejo de la misma.

Nuestra inteligencia es reflejo de la Inteligencia divina. Reconocerlo representa su suprema dignidad. Es la más grande reverencia al Creador.

La sabiduría oriental lo expresaba de esta manera: «La energía que hace pensar a la inteligencia, no puede ser pensada». Es ella la que posibilita el pensamiento.

Así es Dios. Él está presente en todo lo que pensamos y hacemos, sin que nos demos cuenta de su presencia. Sin embargo, sin ella nada de lo que existe y acontece sería posible.

¿QUÉ SON LAS CUATRO MISTERIOSAS ENERGÍAS?

Hay cuatro fuerzas inmutables, ordenadoras de todo el movimiento universal, del proceso de evolución y de nuestro propio equilibrio vital: la fuerza gravitacional (que atrae a todos los seres), la fuerza electromagnética (responsable de las combinaciones químicas), la fuerza nuclear fuerte (que mantiene los elementos primordiales alrededor del núcleo del átomo) y la fuerza nuclear débil (responsable de la lenta disminución de la radiación nuclear). Pero, ¿qué son, exactamente, esas fuerzas?

No lo sabemos, porque las necesitamos incluso para responder esa pregunta. La ciencia guarda silencio, reverente. Sin embargo, la razón cordial sospecha y se atreve a suponer que ahí radica la presencia de la Energía Primordial, del Gran Espíritu y del Dios Creador, en permanente actividad.

Estas energías expresan, cada una a su modo, la Majestad, la Sabiduría y el Amor de Dios en el Todo y en cada una de sus partes. Actúan siempre juntas y en conjugación, haciendo que del caos surja el cosmos; del remolino, la bonanza; de la materia compleja, la vida, y de la muerte, la vida eterna.

Son similares al misterio de la Santísima Trinidad: las tres divinas Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, cada una a su modo, actúan en la creación y la manutención del universo, de cada cosa y de cada persona humana. De manera parecida, esas energías misteriosas actúan de forma articulada e inclusiva, haciendo del universo el escenario de la gloria del Creador de todas las cosas. Hay quienes sostienen que estas fuerzas constituyen la inteligencia del universo, puesto que son responsables del surgimiento de todos los seres y de todos los acontecimientos. Lo ordenan todo, y transforman incesantemente el caos en cosmos y la anarquía en armonía, manteniendo una red de relaciones de todos con todos, fuera de la cual nada subsiste.

EL DIOS DE LAS TRES FACETAS

Para llegar a la plenitud de su humanidad, la persona humana necesita entrar en relación desde sus tres facetas: hacia arriba, hacia afuera y hacia dentro.

Es ahí en donde la Santa Trinidad viene a nuestro encuentro:

La faceta «hacia arriba» está relacionada con el Padre, de donde todos venimos y a cuyo seno regresamos.

La faceta «hacia afuera» es el Hijo, que se hizo nuestro hermano y camina a nuestro lado, convertido en compañero de viaje de los jóvenes de Emaús; en el Buen Samaritano que socorre a quien ha sido asaltado y quedó abandonado a la vera del camino; en Simón de Cirene, que ayudó a Jesús a cargar la cruz camino del Calvario. Es aquel que en ningún momento de la vida, en ninguna circunstancia, nos deja solos.

La faceta «hacia dentro» corresponde al Espíritu Santo, y es el entusiasmo por la vida, la inspiración que despierta en nosotros sueños de mundos nuevos, la interioridad que nos da el sentido de dignidad, la energía que fortalece al débil, el valor que levanta al caído, la luz secreta que exorciza la oscuridad de nuestro camino y que calienta nuestro corazón para que nunca nos desanimemos.

EL DIOS DE LOS PERDIDOS

Jesús nos reveló una imagen que los cristianos aún no hemos incorporado del todo: que Dios es, sobre todo, el Dios de los perdidos, de los que son considerados pecadores, de los que quedan fuera de la sociedad organizada.

Como Buena Nueva de liberación, el Evangelio está destinado principalmente a ellos. «Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para avergonzar a los sabios, y ha tomado lo que es débil en este mundo para confundir lo que es fuerte. Dios ha elegido lo que es común y despreciado en este mundo, lo que es nada, para reducir a la nada lo que es» (1Cor 1,27-28). Esta contradicción es la sabiduría de la cruz redentora, que pone en entredicho la ilusoria sabiduría humana.

El mismo Jesús formó parte de los condenados. Se le consideró un «prófugo de la humanidad», alguien a quien «se le vuelve la cara» (Is 53,3), porque no cuenta nada.

Imposible imaginar mayor solidaridad para los condenados de este mundo. Por eso, sin importar lo despreciables que nos sintamos, no tenemos razón alguna para considerarnos rechazados por Dios; Él nunca nos rechaza. Por algo dicen las Escrituras: «Él sabe de qué fuimos formados, se recuerda que solo somos polvo» (Sal 103,14) y «yo no rechazaré al que venga a mí» (Jn 6,37).

Vivir a partir de esta convicción implica sentirse amado y amparado. Implica relativizar todas las discriminaciones que perturban nuestra vida y, más ligeros, sentirnos en el corazón de Dios, recorriendo el mundo como quien se encuentra en la palma de su mano.

¿Acaso puede haber mayor certidumbre y consuelo que saber esto y sentirlo?

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