Rubén Dri - Ethos, ética y sociedad

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El ethos es distinto de la ética. O más bien, se trata de dos niveles diferentes de una misma instancia. El ethos es el «modo de habitar el mundo» que tiene el hombre, la manera de comportarse frente al mundo, a los demás, a sí mismo y a la historia. Podríamos decir que está formado por todos nuestros hábitos, que nos hacen actuar y reaccionar frente a las cosas, personas y acontecimientos de una manera casi mecánica. Está siempre a la mano y reluce tanto en la forma como nos aseamos, nos comportamos en la casa, en la calle y en el trabajo, como en la manera en que encaramos los problemas profundos que nos presenta la vida, tales como la muerte y la lucha por grandes ideales, en que se juega todo. Es como «la casa» en la que uno habita.
La ética transcurre en otro nivel, el teórico. Constituye una tematización, profundización y justificación o corrección del ethos en una dirección determinada, la de la acción guiada por las nociones del bien y del mal, que ya se encuentran actuantes en el nivel del ethos sin estar tematizadas, es decir, estructuralmente conceptualizadas. No se puede dar una razón lógica que las justifique. Ello constituye una tarea de la ética. Pero esta no siempre se limita a tematizar y profundizar el ethos, sino que muchas veces le propone correcciones. Puede asumir una posición revolucionaria frente al ethos dominante en una sociedad, pero es porque supone un nuevo ethos.

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De cualquier manera, el hombre no puede eludir la apertura con relación a sí mismo, y esto le plantea múltiples problemas, los célebres problemas individuales, que pueden dar origen a movimientos reaccionarios si se los enfoca de una manera aislada.

Precisamente el defecto capital de la manera como enfrentan el problema los filósofos de la existencia consiste en hacer un planteo individualista de la autenticidad. El punto de partida lo constituye la “masificación” a la que está sometido el hombre en las sociedades capitalistas con tecnología avanzada. Frente a dicha masificación, en la que se involucra a la sociedad en su conjunto, especialmente a los sectores trabajadores, proponen la autenticidad como una solución individual.

Heidegger en Ser y tiempo describe la masificación como el mundo del “se”. Allí nadie asume responsabilidad alguna. Todo se descarga en las espaldas del “se” anónimo: “se dice”, “se hace”. Es el mundo de la inautenticidad, de la caída. El paso hacia la autenticidad está cruzado por la angustia. Quien es capaz de una verdadera angustia detenta un privilegio reservado para algunos pocos, pues no se trata de una simple angustia psicológica, sino que debe llegar al ámbito metafísico, alcanzar la autenticidad, “su más auténtico poder ser mismo”.

Creemos que el análisis de Heidegger tiene aspectos sumamente valiosos. La angustia como paso de la inautenticidad a la autenticidad nos parece correcto. Todo hombre que decide “afrontar” lo que piensa como su misión pasa por momentos semejantes a los que describe el filósofo alemán. Eso les pasó a los santos, los místicos, los grandes pensadores y los revolucionarios. El camino hacia la autenticidad, que es también hacia la plenitud, es “un camino estrecho”, como relatan los mitos, de acuerdo con una experiencia antiquísima de la humanidad.

Los aspectos más débiles del análisis heideggeriano están en la propuesta individualista y evasiva de la autenticidad. El hombre emerge solo en el terreno de la autenticidad, empuñando su existencia, olvidándose de todos los entes que están a su alrededor y que lo invitaban a perderse en ellos. Incluso en obras posteriores, la autenticidad coincide con la “apertura del Ser”. Se logra en la intimidad, fuera “del mundanal ruido”.

Podríamos insistir tomando ahora a otro filósofo de la existencia, Marcel. En la sociedad masificada ve al “se” como individuo en estado parcelario. El “individuo”, esa parcela del todo social, debe llegar a ser “persona”, es decir, el ser que tenga el coraje necesario para afrontar sus propios actos. Que se siente responsable de sus propios actos, sin refugiarse en el “se”.

¡Correcto! Pero la propuesta de Marcel es individualista. Es una invitación a distinguirse de los individuos que conforman la masa. Distinguiéndose, desde afuera, se podrá influir en ella. Esa será, por ejemplo, la tarea del filósofo, pero sin mezclarse en la lucha política. 5

Marx indicó la manera correcta de enfocar el problema al afirmar: “El hombre es, en el sentido más literal, un animal político, no solamente un animal social, sino un animal que solo puede individualizarse en la sociedad”. Los problemas individuales no deben ser negados, sino, por el contrario, afirmados y encarados resueltamente, pero sin perder de vista el horizonte social y político en el que el individuo siempre está inserto por constitución esencial.

Pero Marx no avanzó en este terreno porque sus preocupaciones tenían otros horizontes. Lamentablemente esto hizo que en general los marxistas relegasen dichos problemas bajo el definitivo apelativo de “problemas burgueses”, con lo que se les ponía una lápida ilevantable.

2.4. Con la trascendencia

Junto con las anteriores aperturas el hombre está siempre abierto a la trascendencia, palabra que sin duda provocará en muchos no pocos rechazos, debido al uso que a lo largo de la historia se ha hecho de ella, pero a pesar de ello nos parece insustituible.

El hombre siempre se sobrepasa a sí mismo, siempre es más que él mismo, siempre sale en busca de la tierra prometida “que mana leche y miel”, de la Ciudad de los Césares o del Dorado. Ello está anunciando esta apertura fundamental a la Trascendencia, al Ser, a la Plenitud.

Tenemos conciencia de que este punto es particularmente conflictivo, debido fundamentalmente a la “cosificación” a que se sometió el concepto de trascendencia, y al uso que de él han hecho las clases dominantes, y se han prestado a ello las Iglesias a lo largo de la historia, para mantener su sistema de dominación. Esta experiencia está en la base de la afirmación hecha por Marx de que “la religión es el opio del pueblo”, y de su condenación, no solo de toda forma religiosa, sino también de toda metafísica.

Sobre este punto es necesario proceder con la máxima claridad y honestidad posibles. Marx ha hecho una crítica radical del fenómeno religioso, considerándolo una de las “formas de conciencia” que distorsionan la realidad. Dicho fenómeno se basa en la dualidad humana, en la miseria presente, vista como no modificable. En consecuencia el hombre toma el opio religioso, consolándose con la esperanza de un paraíso de delicias en el otro mundo. Siendo por tanto una traba para que el hombre pueda romper sus cadenas, es decir, superar su miseria presente mediante la transformación revolucionaria de la realidad en la que está inserto, se hace necesaria una lucha ideológica para romper con las creencias religiosas. Marx es ateo. Piensa que Dios es un estorbo para la liberación del hombre. De ello no caben dudas.

El problema radica en ver si de esta manera ha atacado todo tipo de fenómeno religioso. Él cree que sí. Pero es necesario aplicarle un concepto elaborado por él mismo: una cosa es la realidad, y otra la conciencia que se tiene de ella. Es un hecho que tanto cuando se quiso hacer la revolución burguesa como la proletaria, fue necesario llevar una lucha contra Dios. Por ello, tanto Diderot como Marx y Engels se proclamaron ateos. Ello fue así porque Dios era contrarrevolucionario, por cuanto formaba parte –y una parte importante– del orden o sistema que se quería destruir. En ese sentido la lucha contra la creencia en Dios estaba plenamente justificada.

El problema como lo queremos plantear nosotros puede formularse así: las relaciones sociales anteriores al proceso revolucionario eran alienantes, se oponían al cambio. No por ello las negamos, sino que las cambiamos de signo. De fuerzas de regresión las transformamos en fuerzas profundamente renovadoras. La cultura anterior a un cambio revolucionario, por ejemplo la cultura feudal antes de la revolución burguesa, y de forma mucho más evidente para nosotros, la cultura burguesa antes de la revolución proletaria es alienante, entorpecedora del cambio. Ello no nos lleva a renegar de toda cultura, sino a cambiarla de signo, a ponerla en el lugar que le corresponde en la realización del hombre total. Algo semejante es lo que postulamos para la trascendencia.

Evidentemente aquí no pretendemos resolver este punto. Constatamos fenomenológicamente en el hombre esta apertura a la trascendencia, al “ser-más”, para emplear la terminología de Teilhard de Chardin. Creemos que se trata de una de las aperturas fundamentales de ese ser esencialmente abierto que es el hombre, apertura que está condicionada como lo están todas las demás. Y así como no negamos las demás aperturas por el hecho de que muchas veces sirvieron para “alienar” al hombre, sino que tratamos de darles la interpretación correcta, de la misma manera debemos hacer con esta.

Por lo menos, si históricamente constatamos que ha predominado una concepción “cosificada” de la trascendencia que sirvió para que el hombre no tomase plenamente conciencia de sí y se paralizase en su impulso revolucionario para “ser-más”, no debemos olvidar que una concepción como la de los profetas hebreos, lejos de ser paralizadora, era un motor, una verdadera “fuerza material”, en el sentido típicamente marxista del término, es decir una fuerza real, actuante, del proceso histórico. Justamente esta visión de la trascendencia los llevaba a cuestionar todos los ídolos que los hombres iban creando en su proceso histórico.

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