Además, hay pueblos que parecen tener un ethos activo, emprendedor, mientras el de otros es pasivo, perezoso. La razón fundamental por la que Juan Bautista Alberdi quería que viniesen inmigrantes anglosajones era porque pensaba que los criollos eran holgazanes, incapaces del espíritu de empresa que debe ser la característica del hombre moderno. Los anglosajones, por el contrario, poseían todas las virtudes al respecto.
Por las objeciones que hemos expuesto, es demasiado evidente que el criterio para determinar los distintos ethos no se encuentra lisa y llanamente en los pueblos. Sin embargo, debemos apresurarnos a decir que en esta posición, es decir la que sostiene que el criterio para distinguir los ethos en la historia está en el pueblo o la nación, hay algo de verdad que debe ser rescatado.
Si bien un ethos no se distingue de otro simplemente por pertenecer a pueblos o grupos distintos, es cierto que tiene características propias en los distintos pueblos. Así, por ejemplo, si bien el nazismo como política que se dio la burguesía alemana después de la Primera Guerra Mundial interimperialista no se explica por las pretendidas características del pueblo alemán, ni por el presunto estado patológico de Hitler, sino por la situación económica y política en que se encontraba dicha burguesía, el racismo como se aplicó en Alemania era impensable en Italia, cuya burguesía tenía las mismas necesidades que la alemana.
El nazismo alemán asumió características específicas que tenían su origen en la historia y cultura alemanas, mientras que el fascismo italiano y el falangismo español tomaron cada uno características que devenían de la historia de sus respectivos pueblos.
Kant dio un criterio para distinguir las éticas en la historia, consistente en determinar si se basan en el contenido o en la pura forma carente de contenido. Pero dicho criterio fue pensado puramente en el nivel de la ética, y por lo tanto mal puede servir para diferenciar los distintos ethos . De hecho, en la formulación de la ética que hace Kant, como en la de todos sus antecesores y en la mayoría de sus sucesores, el ethos del que se parte queda oculto.
Por el mismo motivo, en consecuencia, descartamos las divisiones de la ética que conocemos en la historia de la filosofía, y no nos queda más que lanzarnos a la búsqueda de un criterio que sea válido, para lo cual nos será necesario establecer ciertas premisas.
1. No faltará quien nos diga que nuestro ethos no es ni capitalista ni socialista, sino justicialista, es decir el de una tercera posición, equidistante de los dos anteriores. Pues bien, adelantamos desde ya que dicha alternativa es falsa en el nivel de la ideología y, en consecuencia, del ethos . Entre socialismo y capitalismo como modos de producción y organización del “todo estructurado” que es la sociedad, no hay alternativas intermedias, si bien hay pasos, gradaciones que nos lleven de uno a otro. En el nivel político, en cambio, sí es posible no solo una tercera alternativa, sino varias. Considero necesario separar la definición estrictamente filosófica de ethos del análisis histórico posterior, deslindar conceptos puramente teóricos de la parte histórica.
2. Debe explicitarse que se hace referencia a la Argentina, en su ethos y en ejemplos históricos.
CAPÍTULO 3
Premisas para establecer el criterio
1. EL HOMBRE ES APERTURA
El hombre considerado individualmente es una abstracción, sin lugar a dudas válida e incluso necesaria para determinados fines, pero no deja de ser una abstracción, una “robinsonada”, como acertadamente la denomina Marx. Ello quiere decir que en la realidad no existe el hombre solo. Siempre está en un conjunto, en una familia, en una tribu, en una nación. Desde un principio es “multitud”, según señala Pierre Teilhard de Chardin. 1
Como lo han establecido de una manera fehaciente y definitiva algunas filosofías de la existencia, si bien desde posiciones que no abandonan el terreno del idealismo –a pesar de su actitud antiidealista–, 2 el hombre es existencia, es decir, apertura . Como lo dice con acierto Martin Heidegger, “su esencia es su existencia”, lo cual significa que el estado de apertura constituye al hombre.
“Existencia” aquí no significa “el acto de existir” como opuesto a la esencia o pura posibilidad, sino “estado de apertura”, “estar abierto a…”. No puede pensarse en el hombre como en una sustancia completa en sí misma, que además está abierta a la comunicación con los otros o con la naturaleza, pues la apertura le es esencialmente constitutiva. Un hombre que de alguna manera no está abierto a otro no es un hombre.
En realidad no se trata de una verdad descubierta a partir de cero por las filosofías de la existencia, pues ya estaba presente en la afirmación aristotélica, bien conocida y sostenida por Santo Tomás, de que “el hombre es un animal político”. Esta expresión en el pensamiento de Aristóteles significa que el hombre es inconcebible fuera de la polis tal cual la conocían los griegos. En ese sentido la afirmación es hija de su tiempo, y su verdad ha muerto con él, pero queda siempre la verdad más profunda que, por ser considerado el hombre como esencialmente político, es pensado como esencialmente abierto a los demás, que es lo que aquí nos interesa.
Pero las categorías con las que se manejaba el pensamiento de Aristóteles –sustancia, accidente– le impedían comprender cabalmente lo que es la apertura o comunicación humana. En efecto, para el Estagirita todo ser o es sustancia o es accidente. Es lo primero si tiene realidad en sí mismo. Su esencia consiste en estar-en-sí. Por ejemplo, un árbol, una piedra, un hombre. En cambio, si su esencia consiste en ser-en-otro, como los colores que solo pueden estar en algo que sea coloreado, el tamaño, etc., entonces es un accidente. En este universo dividido en sustancias y accidentes, no hay lugar para un ser cuya esencia consiste en estar-abierto.
La apertura para Aristóteles se reduce a un simple accidente: la relación . Sin embargo, él vio que no podía prescindir de dicha relación, lo que en último término es una imperfección, pues el ser más perfecto, Dios, es una sustancia incomunicada, que solo se piensa a sí mismo.
Al hombre le es tan esencial la apertura como a la puerta. Esta puede cerrarse, pero sin apertura no hay puerta. Lo mismo pasa con el hombre. Puede cerrarse, pero sin apertura no puede hablarse de hombre. Aun cuando hay otros seres, como los animales, que en cierta manera también tienen un estado de apertura, este es cualitativamente inferior al del hombre, lo que nos parece demasiado obvio para insistir en ello.
2. LAS DIRECCIONES DE LA APERTURA
Siempre la apertura es apertura hacia algo. Permite que algo penetre. ¿Hacia qué está abierto el hombre? Hacia el mundo, hacia los otros hombres, hacia sí mismo y hacia la trascendencia.
No deducimos estas direcciones de una construcción teórica profundamente elaborada. Surgen de una simple observación de nuestra realidad de ser-hombres. Las constatamos en cada uno de nosotros y en nuestros semejantes. Por la historia sabemos que han existido en los antepasados de todos los pueblos. Pertenecen a la estructura esencial del hombre. Es decir, el hombre no puede no estar abierto en cada una de estas direcciones. Todo lo que contribuya a cerrarlas va en contra del hombre, tiende a degradarlo, a hacerlo menos hombre.
El mundo no está constituido simplemente por los entes que circundan al hombre. Los entes rodean también a los animales y, sin embargo, como señala acertadamente Max Scheler, estos no tienen mundo. El mundo no existe para ellos. Solo existe para los hombres, de tal manera que es completamente correcto afirmar que no existe mundo sin hombres, como no existe hombre sin mundo. “Hombre” y “mundo” son términos correlativos. Al aparecer uno, hace también su aparición el otro. Ello es así porque solo hay mundo donde hay significación y significación solo la hay para el hombre.
Читать дальше