Alek Popov - Kara y Yara en la tormenta de la historia

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Kara y Yara en la tormenta de la historia: краткое содержание, описание и аннотация

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Después de cometer un ridículo acto de sabotaje contra el gobierno, las gemelas Kara y Yara se unen a los partisanos búlgaros en su lucha contra el ocupante nazi. Pero su llegada pone patas arriba el campamento guerrillero.Los veteranos combatientes pierden la cabeza por las hermanas y el áspero comandante Medved se desespera ante la relajada disciplina de sus hombres. El que no abandona su fusil para ir a orinar, oculta estampitas de santos a los que venera o se masturba con la ropa interior de las voluntariosas pero cándidas jovencitas.Cuando al poco tiempo el campamento es atacado por fuerzas del gobierno, lideradas por el temible Capitán Noche, los pocos supervivientes han de refugiarse en el bosque de Dadán, plagado de bandidos y de terribles leyendas.

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—¿Y estas quiénes son?

—Las camaradas Gabriela y Mónica, del grupo de sabotaje del Primer Instituto Femenino.

—¿Por qué las has traído?

—Ha habido un problema en la escuela. Ante la posibilidad de que las descubran, se ha tomado la decisión de que pasen a la clandestinidad.

—¿Quién lo ha decidido? —preguntó con aspereza Lenin—. ¿El Comité Central? ¿La comandancia? ¿Tu abuela?

—Puees… —respondió el joven bajando la vista—. Esto…, por cuestiones de conveniencia…

—¡Queremos ser partisanas! —exclamaron a la vez las chicas.

—Ya, ¿y qué más? —Lenin se quitó la gorra y empezó a rascarse la cabeza, que era completamente calva como la del propio Lenin—. ¡Es imposible! ¿Os creéis que esto es un juego de niños?

Se dirigió al cabrerillo:

—¡Llévatelas de vuelta!

—¡No vamos a ninguna parte! —respondieron, tozudas, las chicas.

Sus ojos grisáceos brillaban desafiantes y Lenin se dio cuenta de que no le sería fácil convencerlas. También intervino Lozán:

—Tío Vanyo…

—¡¡Lenin!!

—Camarada Lenin —empezó el chico con una solemnidad inesperada—. Las camaradas corren peligro de muerte. Los fascistas les pisan los talones. Les he prometido ayudarlas. Si no las admites, yo también me vuelvo con ellas y que sea lo que Dios quiera.

—Estas dos bocachas le han sorbido los sesos —dijo el otro silbando entre dientes.

—Oye, Enterrador, ¡no llames así a las camaradas! —lo reprendió Lenin—. Ya te amonestaron una vez ante el destacamento. ¡Si te lo oigo decir otra vez, informaré a Medved!

Al mencionar este nombre se produjo una pausa significativa. Las chicas intercambiaron miradas y sonrieron.

—Es como hablamos en Pernik, 3 ¿qué pasa?… —refunfuñó el hombre conocido como el Enterrador.

Por supuesto, era su nombre de guerra, en realidad solo una parte de él. Pero nadie tenía tiempo de llamarlo Enterrador del Capitalismo, el nombre que eligió cuando se unió al destacamento. Lo llamaban, simplemente, Enterrador.

—¿Y qué hago ahora con vosotras?… —dijo Lenin, que apretaba nervioso la gorra—. ¿Sois de Sofía? —Las miró de arriba abajo e hizo un gesto con la mano—. Para qué preguntar, está claro que sí…

—Que lo decida Medved —propuso el Enterrador—. ¿Traéis pan?

—Traemos sándwiches —respondió una de las chicas.

—También armas —añadió la otra.

Bajaron las mochilas y sacaron dos pesados paquetes alargados envueltos en lona. Dentro, desmontadas, había dos escopetas de caza Smith & Wesson de cañones superpuestos. Una talla decoraba las culatas de caoba.

—¡Vaya! —exclamó con un silbido Lenin.

Tomó una y desplegó el cañón. Era un cazador empedernido, pero jamás había tenido en las manos un arma tan lujosa. Acarició la boca del cañón. Comprobó el cerrojo: la cámara estaba vacía. Levantó la escopeta y apuntó por encima de los árboles.

—¿Dónde las habéis pillado?

—Son de nuestro padre —contestaron.

—Vuestra familia parece tener dinerito —dijo con envidia el Enterrador.

—¿Dónde están los cartuchos? —preguntó Lenin.

—No tuvimos tiempo de recogerlos —explicó una de las chicas—. Hemos encargado doscientas unidades en la tienda de Michelson. Del calibre 9, el que usan para cazar jabalíes. Nuestro padre compra allí. Tenemos que mandar a algún camarada para que los recoja y nos los mande.

—¡Ay! —suspiró Lenin, invadido por un mal presentimiento—. ¡Vámonos!

Después se volvió hacia el cabrerillo, que aguardaba con expresión culpable:

—¡Nueve veces! —le recordó—. ¡Cu-cu!

—Cu-cu —repitió el cabrerillo alicaído.

Ahora el grupo lo encabezaba Lenin; a duras penas lo seguía Lozán, a continuación iban las hermanas y, por último, en la retaguardia, el Enterrador. Ante los pequeños y firmes culos que se bamboleaban delante de sus narices, era incapaz de aguantarse y de vez en cuando emitía unos agudos silbidos y repetía al ritmo de los pasos de las hermanas: «¡Primera bocacha!», «¡Segunda bocacha!». Las chicas al parecer no le prestaban atención, hasta que se sentaron a descansar y se dirigieron a él:

—Camarada Enterrador, quisiéramos preguntarle una cosa…

—Me podréis llamar Enterrador después de pasar un invierno en el monte. Por ahora soy el Enterrador del Capitalismo.

—Camarada Enterrador del Capitalismo… —empezó una de las chicas con aspecto serio.

Estas palabras lo acariciaron como un bálsamo. Hacía tiempo que no oía su nombre clandestino en todo su esplendor.

—¿Nos podría explicar, camarada Enterrador del Capitalismo, qué factores sociales han impuesto el uso de este saludo tan original a las mujeres en la ciudad obrero-combativa de Pernik?

—¿Eeeh? —dijo abriendo los ojos como platos el Enterrador.

—¿Nos podría revelar el sentido revolucionario de la metáfora «bocacha»? Seguro que tiene algo que ver con la lucha del proletariado de Pernik… —añadió la otra.

El Enterrador intentó comprender lo dicho, pero su cerebro hizo clac y se apagó. Notó una dolorosa sensación de desamparo, como si de pronto se hubiera quedado ciego. Lo único que logró soltar fue un «¿Pero qué…?», y masticó las últimas palabras como un pepino amargo.

—¡Te han enterrado, Enterrador! —Lenin sonrió de oreja a oreja—. ¡Chicas listas! Solo espero que no nos enterréis también a nosotros…

1 La Unión de las Juventudes Obreras fue una organización de las juventudes comunistas, creada en 1928 por iniciativa del Partido Comunista de Bulgaria. En 1934 fue prohibida por el Gobierno y pasó a la clandestinidad. Durante la Segunda Guerra Mundial participó activamente en la lucha partisana. Existió hasta 1947, cuando pasó a formar parte de la Unión de las Juventudes Populares. (Todas las notas son de los traductores).

2 Antiguo barrio de la zona occidental de Sofía.

3 Ciudad de Bulgaria occidental.

3. KOMBRIG MEDVED

A finales del verano de 1941, mientras el carro de fuego de la Wehrmacht arrasaba desbocado la gran estepa rusa, en las cálidas aguas de la bahía de Varna asomó el periscopio de un submarino soviético. La costa estaba oscura, y la noche, sin luna. El submarino negro afloró silenciosamente en la superficie. Se abrió una compuerta y una docena de siluetas agachadas cruzaron la cubierta en fila india. Poco después, del cuerpo del submarino se separó un bote de goma que se dirigió a la costa. Los hombres remaban en completo silencio, hundiendo los remos con cuidado para no hacer más ruido del necesario. El submarino se sumergió tal y como había aparecido —desapercibido—, dejando tan solo una franja de espuma de mar.

En el bote, junto con otros doce camaradas de confianza, estaba Spartak Gálev, alias Pies Ligeros, más tarde conocido como kombrig 4 Medved. Eran parte de un grupo de exiliados políticos que la dirección del Partido Comunista Búlgaro en Moscú había enviado para reforzar las filas de la organización en aquel momento crítico. El Gobierno búlgaro se había negado a mandar tropas al frente oriental, aunque ofrecía apoyo logístico al Tercer Reich. Era preciso desplegar una lucha partisana en la retaguardia del enemigo, pero los combatientes disponibles no solo eran insuficientes, sino que también estaban muy poco preparados. La operación estaba dirigida por el oficial del Ejército Rojo Tsvyatko Radóynov. Parte del grupo —los así llamados «submarinistas»— fue trasladado a Bulgaria por mar; otros se lanzaron en paracaídas. Todos ellos habían pasado por el duro entrenamiento del contraespionaje soviético, donde habían adquirido valiosas habilidades, necesarias para todo tipo de actividad subversiva. El Partido había depositado grandes esperanzas en estos hombres entrenados que debían liderar la resistencia armada. Pero nada más pisar el suelo patrio, la policía dio con su rastro y logró capturar a la mayoría. Medved fue uno de los pocos que se salvaron, lo que le confería una autoridad adicional.

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