1 ...6 7 8 10 11 12 ...16 La tecnología digital está presente en todos los campos, abriendo continuamente nuevas posibilidades de comunicación, creación, información, lo que los aleja de la estaticidad y repetición de situaciones.1
Estos rasgos de las generaciones digitales son coherentes entre sí porque son expresión de su rebeldía frente a las sociedades industriales, con elementos de las sociedades de conocimiento, pero manejadas por el neocapitalismo, rígidamente jerárquico y que está utilizando el poder de las tecnociencias para su provecho económico. Los jóvenes reaccionan frente a la falta de la coherencia y a la lógica de las sociedades capitalistas. Las organizaciones neocapitalistas tratan a las sociedades que deben vivir de la creación continua, en equipos creativos, como instrumentos eficaces para una más potente explotación de personas y medio. Es notable que en los estudios que hemos manejado se dé una falta de referencias explícitas a la cualidad humana y especialmente a la cualidad humana profunda. Implícitamente reclaman la cualidad humana, pero la llamada espiritualidad ni la mencionan.
La oferta de la gran fórmula de sabiduría elaborada por los sabios del pasado
Vamos a intentar estudiar las tradiciones del pasado de forma que logren proporcionar un medio que pueda ser aceptado por los jóvenes que se rebelan contra las sociedades industriales en su versión neocapitalista. Sus rebeldías están postulando una forma coherente de manejar las sociedades de conocimiento.
Todas las tradiciones religiosas y espirituales de la humanidad buscaron y expresaron la sabiduría constantemente y con ahínco. La “sabiduría” incluye el cultivo de la dimensión absoluta de la realidad y la cualidad humana profunda (la espiritualidad de nuestros mayores). Cultivaron la sabiduría utilizando mitos y símbolos, o conceptos y teorías, no tomadas como descripción de la realidad, sino como apuntamientos a lo informulable, al modo de los símbolos.
Queremos recoger su legado, pero de forma que no nos veamos forzados a creer lo que ellos creyeron: pensar, sentir, actuar y organizarnos como ellos lo hicieron. La única manera de conseguirlo es utilizando un lenguaje abstracto para alejarnos de su interpretación y valoración de la realidad.
Hemos de tener la habilidad de recoger su sabiduría, pero de forma que sea asimilable por nuestras sociedades, que ni son creyentes, ni religiosas, ni tienen una antropología de cuerpo y espíritu, ni pueden mantener una epistemología que sostiene que lo que dicen nuestras narraciones o teorías son una descripción fidedigna de la realidad.
Tenemos que aprender de ellos acerca de qué es la sabiduría, que ha de ser una cualidad profundamente humana y cómo propusieron cultivarla. Para conseguirlo tenemos que ser capaces de entender la intención profunda de su lenguaje simbólico.
Si nos hacemos capaces de entender a lo que luden y no fundirlo con sus modos de pensar y sentir, correspondientes a sus formas de sobrevivencia, podremos advertir que todos los sabios de la humanidad proponen, en el fondo, un mismo procedimiento para el cultivo de esa cualidad humana.
El resultado de ese estudio nos permite descubrir “la gran fórmula” para el cultivo de la cualidad humana y para el cultivo de la cualidad humana profunda. Una fórmula descubierta una y otra vez a lo largo de la historia, aunque expresada y vivida con diversos revestimientos semánticos. Estamos frente a lo que es la gran fórmula para el cultivo de lo que nuestros antepasados llamaron espiritualidad, y que nosotros tenemos que expresar como cualidad humana honda. Estamos frente a la gran fórmula para el cultivo de la sabiduría.
Vamos a intentar describir la estructura y la lógica de la gran fórmula de todos los sabios de la humanidad.
La base de la cualidad y de toda obra seria humana es el interés por la realidad (I). La cualidad humana se mide por la calidad del interés por la realidad. Cuanto más intenso y hondo es el interés, mayor es la cualidad de las personas. La gran cualidad humana está ligada a un interés incondicional. El interés debe extenderse a toda la realidad. El interés que se centra en un sector de la realidad es de menor cualidad que el que abarca toda la realidad.
El verdadero interés por la realidad exige pasar por encima de los propios intereses, deseos y expectativas. Todos esos intereses, propios de un viviente necesitado, deben dejarse a un lado. Eso es el distanciamiento, el desapego de sí mismo (D). Quien ama la realidad, por ese amor se olvida de sí mismo. Si ese olvido de sí mismo está ausente, no hay interés por lo real mismo, sino interés por sí mismo. El interés es de mente y corazón, es interés de la mente y amor del corazón formado una unidad; ese interés unitario, si no va acompañado por olvido de sí mismo, no es auténtico interés.
El olvido completo de sí mismo, a su vez, no puede producirse si no va acompañado por un silenciamiento de todos nuestros patrones de interpretación, valoración y actuación (S). El silenciamiento completo del ego permite volverse a toda realidad, limpio, desnudo de preconcepciones y de intereses propios, como recién nacido, fresco, nuevo, vacío de equipaje. Vuelto con toda la mente y todo el corazón hacia las realidades (I), distanciado de sí mismo, con las manos limpias (D), con la mente y el corazón silenciados para que puedan volcarse plenamente y sin reserva alguna a lo real (S); esa es la primera tríada de la fórmula de cultivo de la cualidad humana: ids.
Quienes se interesan por todas las realidades de la manera descrita por la fórmula, podrán advertir con toda claridad un dato básico que la realidad les muestra: la doble dimensión de todo lo real. Para nosotros, vivientes necesitados, la realidad presenta dos caras: una relativa a nuestras necesidades, es la dimensión relativa (dr), y otra no relativa a esas necesidades y, consiguientemente, absoluta; esa es la dimensión absoluta (da).
Nuestra condición de vivientes necesitados nos lleva a modelar la inmensidad de lo real a nuestra pequeña medida. Cumplimos así la ley de todos los animales; todos deben modelar la realidad a sus peculiares necesidades. Esa es la única dimensión de la realidad que los animales captan. Los humanos, por nuestra condición lingüística distinguimos entre el significado que tienen las realidades para nosotros y las realidades mismas, que en otras condiciones de sobrevivencia pueden tener otros significados.
El dato de la dimensión no relativa a nuestras necesidades puede comprenderse desde un punto de vista teórico, pero esa dimensión de lo real es un dato que puede verificarse con facilidad. Por ejemplo, podemos hacer el ejercicio de estar largo rato contemplando un cielo estrellado, hasta reconocer que, además de la experiencia cotidiana de mirar al cielo por la noche, hay otra experiencia, mucho más honda, de ese mismo hecho. Se trata de caer en la cuenta de su inmensa grandeza, de su belleza sobrecogedora que nos habla de una dimensión de lo real que está ahí, absolutamente independiente de nuestra pequeña existencia, de nuestros deseos, temores y esperanzas.
El cielo estrellado proclama su dimensión no relativa a nosotros los humanos, proclama su existencia absoluta. Habla de que es la fuente de la existencia de la tierra y todo lo que contiene, y la fuente de nuestro propio existir. Nos habla de que no somos nadie venidos a este mundo, sino sólo momentos insignificantes de los acontecimientos de los mundos. Estas consideraciones no son especulaciones, ni creencias, son constataciones del dato de la realidad, su da. El cielo estrellado nos hace patente también la dimensión absoluta de nuestro propio existir. De él proceden los materiales y las formas de nuestros cuerpos y de nuestras personas, y es el que creó la tierra en la que vivimos y todo lo que la tierra contiene.
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