Paka no entendía al médico inglés y esto le hacía desconfiar de él, entre que no veía mejora en su estado físico y que no le cambiaba de medicación, tenía dudas de que el rubio de ojos azules tuviese claro lo que se traía entre manos. Además, era especialista en medicina industrial, y tener hijos, hasta donde ella conocía, no era un trabajo industrial. Un día que pasó su madre a visitarla le confesó sus dudas:
—Mamá —le dijo Paka algo angustiada por su permanente cansancio—. Yo no le entiendo al doctor, los días pasan y no veo que haga nada para solucionar lo que tengo. Siempre que he estado enferma tú has cuidado de mí con tus remedios y siempre me he curado. ¿Por qué no me tratas tú sin que lo sepa el doctor?
—Mira, Paka —le contestó la madre, halagada—. Estoy orgullosa de mis conocimientos en remedios naturales y que lo reconozcas me alegra. Estoy segura de que en mis manos tu cambio será total, pero no se lo cuentes a Patxi, ya sabes que Patxi no cree en la medicina natural y tiene una gran fe en los médicos.
—Y para qué contarte lo aficionado que es a todo tipo de pastillas —replicó la hija.
Lo primero que hizo la madre de Paka fue preparar tres manzanas reinetas en las que introdujo varios clavos llenos de óxido. Cuando Patxi se encontraba trabajando se las llevó a su hija.
—Mira —le dijo a su hija mostrándole las reinetas atravesadas por los clavos oxidados—. Pasadas veinticuatro horas sacas los clavos y los clavas en otras tres manzanas durante veinticuatro horas y te comes las manzanas desclavadas a razón de una cada ocho horas, repitiendo esta operación todos los días hasta que los análisis sean correctos.
—¿Y qué hago con las pastillas que me ha recetado el doctor? —preguntó Paka a su madre.
—No tomes ni una sola pastilla de las recetadas por el médico rubio —le contestó su madre y continuó diciendo—: a la vez que te comes las manzanas desclavadas debes hacerte una infusión con las hierbas que te he preparado en este frasco al que he etiquetado como «flojera extrema» y que contiene dientes de león, eneldo, ortigas y jugo crudo de remolacha roja. A la infusión puedes echarle un chorrito de patxaran para darle buen sabor.
—Gracias, mamá, sabía que tú conocías la solución mejor que nadie —le confirmó Paka.
Patxi la pilló un día comiendo manzanas llenas de agujeros y se extrañó ante tan peculiar escena.
—Pero ¿qué haces comiendo manzanas con gusanos? —preguntó Patxi.
—Mi madre me ha dicho que la carne de gusano es la mejor para quitar el cansancio, así que me ha traído unas manzanas rellenas de gusanos —contestó Paka con sorna.
—Tu madre y sus pócimas milagrosas. Eso que estás comiendo es asqueroso.
—Si estás cansado te preparo un revuelto de gusanos que te vas a chupar los dedos —dijo Paka continuando con la broma.
—Te agradezco el detalle, pero me encuentro perfectamente —contestó Patxi dando por terminada la conversación.
Pasadas dos semanas, volvió el médico rubio a auscultar a Paka y durante un buen rato le estuvo hablando sin que Paka entendiese nada de lo que decía. Finalmente, en silencio, como siempre, le sacó sangre para hacer el análisis correspondiente. Cuando llegaron los resultados, el rubio dijo que había que repetir el análisis, que no podía estar bien, que el nivel de glóbulos rojos era tan alto que superaba al de los recios mineros que sacaban el mineral de hierro. La madre suspendió el tratamiento de inmediato, ya que tan malo puede ser el defecto como el exceso. Los nuevos análisis volvieron a dar niveles altos, pero dentro de lo normal, así que el rubio, satisfecho de su excelente trabajo, le dijo a Paka que interrumpiese las pastillas, que su receta había cumplido su función y Patxi, muy agradecido, le entregó un cestillo con una docena de manzanas reinetas como reconocimiento. En el cestillo, y sin que Patxi se percatase de ello, se encontraban tres desclavadas que habían quedado sin ser comidas al terminar el tratamiento.
El resto del embarazo lo pasó Paka sin mayores incidencias, tomando algunas tisanas que le recomendaba su madre hasta que un día, cuando Patxi se encontraba echando la cabezada tras la comida y ella lavando los platos, sintió cómo un fluido tibio descendía entre sus piernas.
—He roto aguas —le dijo a Patxi despertándolo de su letargo—. Ve rápido a buscar al doctor H. Nike y avisa a mi madre mientras termino de limpiar y recoger todo.
—Ya voy, ya voy. Tranquila, tranquila —se repetía Patxi en un esfuerzo por controlar sus nervios.
Primero aparecieron los padres de Paka y poco después Patxi, con H. Nike que, de inmediato, examinó a la parturienta dictaminando que aún había dilatado muy poco y que no sería un parto rápido, no obstante, todos se quedaron esperando acontecimientos y fueron pasando las horas. Las contracciones llegaron casi a la medianoche y Paka se asustó, sabía que aquello dolía, pero no se imaginaba que tanto, H. Nike seguía vigilando el proceso, pero Paka continuaba sin dilatar lo suficiente, todos los síntomas indicaban que se trataba de un parto seco de los que duran muchas horas, incluso días.
Donostia, que se había enterado de la noticia, acudió a dar consuelo espiritual y, entre contracción y contracción, rezaba un Padre Nuestro y un Dios te salve María, rogando a Dios que todo fuese bien y rápido, pero las cosas no iban ni bien ni rápidas. A eso de las dos de la mañana H. Nike informó de que el niño venía de nalgas y que se había subido dentro del vientre de su madre todo lo que le era posible, que aquello se estaba complicando y que era mejor llamar a Mateo para que viniese con su goitibera por si había que enviar a Paka al hospital de la capital, donde tenían los medios y la experiencia en partos complicados, experiencia de la que H. Nike carecía.
Con Mateo esperando en la puerta se hicieron los preparativos para llevar al hospital a Paka, que se retorcía de dolor en cada contracción, pero antes de tomar la decisión la madre de Paka pidió autorización para intentar salvar el parto en casa:
—Yo he visto más partos como este —dijo la madre de Paka— y creo que no es necesario llevarla al hospital, con una infusión que conozco el parto se produciría de inmediato y sin complicaciones, pero necesito que me autoricéis a dársela.
—Ah, no —dijo Patxi de inmediato—, hay que hacer lo que el doctor H. Nike considere lo más adecuado y dejarse de inventos.
—Tal vez Patxi tenga razón —asintió el padre de Paka—, es mucho riesgo y si algo sale mal nunca te lo perdonarás.
—Por Dios, que sinrazón intentar con pócimas sustituir la opinión de una eminencia —exclamó Donostia.
—Yo creo que debiéramos ir a la capital cuanto antes —añadió Mateo.
—Mi opinar best hospital in city —concluyó H. Nike.
—Por favor —intervino Paka con gesto de dolor—, dejad que mi madre me dé el preparado, y si pasado un rato no me hace efecto, definitivamente me lleváis al hospital.
La madre se acercó a su casa y volvió con un vaso que contenía un líquido que le hizo beber a su hija a sorbos cortos.
—Toma, Paka, bébetelo despacio sin dejar ni una gota en el vaso, no te preocupes, que no sabe a nada, pero es muy efectivo. Cuando lo termines te levantas y permaneces de pie mientras el bebedizo hace efecto.
Paka siguió las instrucciones de su madre al pie de la letra guiada por la total confianza que tenía en ella, y a los pocos minutos, ante los ojos incrédulos de H. Nike, el niño, por sí solo, comenzó a asomar la cabeza. Así, el parto se produjo el día cinco del mes cinco del año de Nuestro Señor de mil novecientos cincuenta y cinco a las cinco de la madrugada. El recién nacido tardó en arrancar a llorar, como si sus genes le indicasen que los vascos no lloran, hasta que harto de recibir cachetes en el culo y de aguantar la respiración hasta ponerse morado, exhaló un grito de protesta que todos los asistentes celebraron sin que el recién nacido hubiese derramado ni una sola lágrima.
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