—He estado echando cuentas y no nos llega —dijo Paka—, deberíamos poner una huerta delante de La Central y árboles frutales, criar un par de gorrinos y preparar un gallinero, con ello tendríamos verduras y legumbres, frutas, huevos y carne de pollo y gorrino, lo que nos aliviaría de gastos y podríamos ahorrar.
—Pero ¿qué dices? —contestó alarmado Patxi—, en mi vida he tenido nada de lo que me propones y no tengo ni idea de lo que hay que hacer.
—Yo estoy acostumbrada a la huerta —prosiguió Paka, dispuesta a conseguir su fin—. Sé cuidar de los animales, conozco cómo guardar el estiércol de los gorrinos y las gallinas para que sirva de abono, cómo quedarme con algunas semillas de una cosecha para la siguiente siembra, cómo alimentar a los animales con las sobras de las comidas y cómo hacer trueque para conseguir leche, aceite, vino y otras necesidades que no obtengamos directamente.
—Para, para —le cortó Patxi, aturdido por tanta propuesta—. Conmigo no cuentes para esas tareas, a mí la huerta ni me gusta ni la quiero.
—Bueno, pues déjame eso a mí y tú hazte cazador y pescador como la mayoría de los del pueblo, así traerás truchas del río, codornices, perdices y palomas, y puede que consigas cazar algún conejo. Y si te esfuerzas puedes hacerte con un corzo o un jabalí. Yo prepararía la carne y el pescado en escabeche, ahumado o en salazón, igual que haría mermeladas y conservas con los tomates y las frutas que sobrasen.
—Mira, Paka —dijo Patxi—. Vamos a ver si nos entendemos; yo nunca he estado al corriente de las huertas, ni he tenido animales en casa, y la caza y la pesca están lejos de mis miras. He recibido una instrucción técnica, primero en el Ave María de Don Gotzón, y después por correspondencia, y ayudado por mi padre terminé de asentar mis conocimientos con la experiencia en la fábrica. Todo esto lo conoces de sobra y me extraña tu propuesta. Lo de trabajar la tierra y guardar el estiércol para el abono directamente me da asco, y lo de criar animales en casa, darles de comer y convivir con ellos para luego comérmelos, me parece una brutalidad. Solo de pensarlo siento pena y arcadas; a mí los animales que viven libres en el campo o en el río no me han hecho nada para matarlos como si fuesen reos de alguna acción imposible de perdonar. Me gusta verlos libres, corriendo, volando o nadando y hacerles sufrir me parece de una gran vileza, aunque sea para alimentarnos. Si fuese capaz no comería carne de animales, pero me gusta demasiado, siempre y cuando no los tenga que matar yo ni ver cómo lo hacen otros.
—Pues ya dirás qué hacemos —dijo Paka.
—Valoro tu iniciativa y comprendo que tengo que dar una respuesta adecuada —dijo Patxi—, así que déjame pensar una propuesta que encaje en las aspiraciones de ambos, soy consciente de que la responsabilidad de los ingresos en la familia es del hombre y la de gestionarlos con cautela de la mujer, así que lo maduro y te contesto.
Pasaron un par de días en los que Paka cada vez que se cruzaba con su marido le decía en tono de guasa: ¿Lo has madurado?, ¿lo has madurado? Hasta que Patxi le dijo que se sentase, que le iba a proponer una solución.
—Estoy de acuerdo —dijo Patxi— en plantar árboles frutales, aunque sé que pasarán varios años antes de obtener frutos. También me parece adecuado preparar un gallinero, pero con la condición de que seas tú, Paka, quien se encargue de su gestión y me mantengas al margen de huevos, gallinas, estiércol y demás zarandajas.
—No te preocupes —dijo Paka muy interesada por la conversación—, sigue, sigue.
—Fuera del horario de trabajo —continuó Patxi— puedo dedicar tiempo a vender y reparar aparatos de radio y hacer instalaciones y mantenimiento de todo lo relacionado con la electricidad entre los vecinos del pueblo que, aunque la mayoría son unos manitas, en cuanto tienen que enfrentarse a la electricidad prefieren pasar a otro el encargo antes de meterse con un enemigo al que no comprenden y les muerde al menor descuido.
Llegados a este punto, Paka le miró con ojitos, hubo acuerdo sellado con un beso y una consumación. De inmediato Patxi se puso manos a la obra.
Primero fue al caserío de Silvestre, el caserío se situaba bajo la peña de San Miguel y desde él se divisaba todo el pueblo y más allá. Silvestre vivía aislado con su hermana Modesta, hablaban poco y siempre en euskera. Eran autosuficientes, tenían ganado, huerta y multitud de árboles; de hecho, Silvestre era quien más conocía en la comarca de árboles frutales y de árboles en general. Gustaba de llevar albarcas, calcetines de lana de oveja y amplio blusón de cuadros azules del que por la parte trasera le colgaba siempre un paraguas. Patxi y Silvestre quedaron junto a La Central.
—Hola, Silvestre —saludó Patxi al verlo llegar.
—Egun on —dijo Silvestre contestando al saludo.
—Verás, queremos plantar árboles frutales y quería saber qué nos aconsejas.
—Aquí a este lado isquierdo —dijo Silvestre de inmediato—, plantar tres siruelos de los de siruelas claudias, cagüen sos, las más ricas, no las hay mejores para mermeladas, los pondré en renke uno tras otro. Ahí enfrente plantar cuatro hermosos nogales que cuando sean grandes dar sombra a una mesa en el sentro y unos bancos alrededor. A esta derecha de los nogales, dos membrillos para buen olor en armarios de casa y haser dulse para comer con queso y con nueses de los nogales. A ese fondo un mansano de reinetas para mansanas asadas y un peral de peras de agua refrescantes en verano, ¡anda la hostia que no son buenas! A esta derecha plantar dos castaños para castañas de asar y una higuera para compotas con mansanas y peras. También plantar un par de pinos de piñas para ensender fuego en invierno y dar buen olor. A los lados del camino plantar árboles grandes que al creser y juntar harán túnel.
—¿Y qué hacemos con los árboles que ya hay? —preguntó Patxi.
—No matar árboles, Patxi, solo por nesesidad se puede —dijo Silvestre—. Los chopos ya aquí antes que tú y que yo y los castaños pilongos que acompañar Sirauntsa ser matrimonio con rio.
—Me parece bien, Silvestre —dijo Patxi—. Lo que pasa es que lo que dices valdrá mucho dinero y ahora mismo estoy un poco justo.
—No preocupar, Patxi, yo nesesitar lus en caserío. Tu llevar lus a caserío y yo pagar material y poner árboles —dijo Silvestre alargando la mano en señal de trato.
Patxi también se hizo con un libro de cuentas y trazó en sus páginas varias líneas verticales con un encabezamiento en cada una de ellas indicando: fecha, cliente, trabajo realizado, importe facturado y total. En este libro apuntaría cada uno de los trabajos y para estrenarlo anotó la fecha de inicio del encargo de Silvestre. En trabajo realizado puso: «llevar línea eléctrica al caserío de Silvestre y poner bombillas en todas las estancias»; en importe facturado: «árboles frutales» y total «cero». No era un gran comienzo, pero era un comienzo.
Finalmente, preparó el gallinero en el trastero bajo la escalera que daba acceso a la planta superior donde se ubicaba la vivienda. Lo vació, colocó una valla cerrando el espacio donde las gallinas podrían salir al aire libre, arregló la puerta haciéndola más fuerte para que el zorro no robase las gallinas y colocó en el interior, a la derecha según se entraba, una fila de gruesas varas de madera, de pared a pared, donde las gallinas dormirían con un acceso a modo de escalera. Debajo, lo rellenó de paja para recoger el abono. A la izquierda preparó unos nichos rellenos también de paja donde las gallinas pondrían los huevos y los incubarían. Los padres de Paka aportaron tres gallinas blancas y el tío Julio, que vivía en la misma casa que los padres, otras tres coloradas. El gallo multicolor hubo que comprarlo con el dinero de la bolsa de «varios».
Читать дальше