Con todo en marcha comenzaron a pasar los días, los árboles aún tardarían en hacerse ver y algunos encargos de instalaciones habían comenzado a llegar, Patxi vendió una radio, la compraba por piezas, la montaba y se la entregaba al cliente, probada y funcionando, obteniendo así, en la transacción, un buen beneficio. Por su parte, las gallinas comenzaron a poner huevos, unas los ponían blancos y otras colorados, pero ninguna se puso culeca y no conseguían tener polluelos. Patxi le echaba la culpa al gallo:
—Con tanta «pluma» multicolor arcoíris no tengo claro si es gallo o gallona —comentaba con Paka—. Además, nunca canta antes de las diez de la mañana, lo que me hace sospechar que es un vago.
—Con seis gallinas a las que atender todas las noches, se le debe de hacer muy tarde y quedar muy cansado, por lo que es normal que luego no madrugue —le justificaba Paka.
Con los huevos, Paka pudo hacer tortillas, huevos duros y revueltos con los perretxicos que trajo Patxi en primavera, además de claras batidas y mayonesas. Los que sobraban los empleaba para hacer trueque y así consiguió no gastarse todo el dinero de la bolsa de la comida.
Paka, comenzó a tener algunos síntomas de embarazo y en cuanto pudo, le informó a su madre de su sospecha:
—Mamá, creo que estoy esperando un bebé, pero no lo tengo claro. Me encuentro cansada y me dan arcadas cada vez que preparo huevos en cualquier forma, además, tengo un retraso. ¿Tú qué crees?
—Pues no lo sé, aún es pronto para estar segura, pero me haría muy feliz ser abuela —le dijo su madre mostrando su alegría y recurriendo a su personal botica—. Mira, hija, te entrego este puñado de trigo y este otro de cebada. Coloca el trigo en una lata pequeña de sardinas bien lavada y haz lo mismo con el de cebada y luego los cubres con tu orina. Al cabo de dos semanas debes mirar en su interior, si las semillas no han germinado es que no estás embarazada, si germina el trigo es que estás embarazada de una niña, y si germina la cebada es que estás embarazada de un niño.
La madre de Paka era un poco bruja y conocía todas las hierbas del campo, disponía de una buena despensa con botes identificados por el efecto de alivio que producían sus infusiones, las etiquetas estaban pegadas en cada frasco, algunas amarilleaban por el paso de los años y se podía leer en ellas: fiebre, dolor de tripas, piedras de riñón, cólico miserere, tristeza profunda, y así una larga lista de males con sus remedios.
—Así lo haré, mamá —dijo Paka.
Paka siguió al pie de la letra las instrucciones: colocó las dos latas con su respectivo contenido en un lugar del gallinero donde sabía que las gallinas no llegaban y donde tenía la seguridad de que Patxi no las encontraría. Cuando dejó las latas vio con sorpresa que una gallina se había puesto culeca y estaba incubando los huevos.
Al final del mes, como cualquier otro día, llegó Patxi a comer, trayendo el sobre con el salario, al que añadió los dineros que había conseguido con las instalaciones y la venta de la radio. Comieron, Patxi echó la cabezada de costumbre y volvió al trabajo. Tras recoger la mesa, lavar los platos y barrer la cocina, Paka sacó las bolsas de tela; completó la de la comida hasta el importe total del mes añadiendo lo que faltaba, ya que aún contenía algunas monedas. Rellenó el resto de bolsas y consiguió meter algunas monedas y un billete en la del ahorro. Con la alegría del éxito se acercó al gallinero a ver el estado de las latas tras las dos semanas de espera. La primera en ser inspeccionada fue la del trigo y estaba como la había dejado; no había germinado. Luego miró la de la cebada y su corazón le dio un vuelco mientras le parecía que la cabeza se le iba, estaba embarazada de un niño.
Con una sonrisa profunda, los ojos brillantes y su mano sobre el vientre, se fue a descansar a la cama; estaba culeca y tenía que empollar a su criatura, mientras al fondo se oía el sonido, procedente del gallinero, del piar escandaloso de los primeros pollitos recién nacidos.
III
DE CÓMO NACIÓ GORRI
Paka seguía adelante con su embarazo arropada por el cariño de Patxi y de todos los familiares y amigos. Iba a ser el primer hijo, nieto y sobrino, así que padres, tíos y abuelos estaban emocionados por el suceso. Tal vez por esto, o porque les faltaba experiencia en su nuevo cargo, todos se encontraban preocupados por el constante cansancio que arrastraba Paka y que la mantenía más tiempo en el lecho que realizando sus actividades habituales, que en muchas ocasiones eran asumidas por su madre o por Patxi que, muy a su pesar, tuvo que hacerse cargo del gallinero.
A la vista de que la situación empeoraba tuvieron que llamar al doctor H. Nike para que la auscultara y recetara algo que le subiese el tono vital. El doctor H. Nike había sido contratado para tener su consulta permanente en las oficinas de la fábrica. Era inglés, de la edad de Patxi y Paka, y había estudiado medicina general para especializarse en medicina industrial en las fundiciones inglesas. Delgado, alto, de pelo rubio y ojos azules, le costaba hacerse entender en la mezcla de idiomas con que se expresaba y a menudo daba la impresión de que no se enteraba de lo que querían explicarle.
La fábrica en la que trabajaban Patxi y el doctor H. Nike era una fundición donde, en el alto horno, con mineral de hierro, carbón vegetal, piedra caliza y otros ingredientes, obtenían como resultado una colada de hierro que adecuadamente tratada se convertía en hierro dulce, que así se llamaba aunque su sabor era como el de cualquier otro hierro. Para todo su proceso la fábrica utilizaba mucha agua, que obtenía de «el Nacedero», llamado así por ser donde nacía el río, el lugar en el que manaba agua bajo la peña de modo constante, más abundante cuando llovía que cuando había sequía. Mediante canales, se suministraba el inquieto fluido a diferentes aplicaciones que hacían que todo funcionase correctamente. Canales de más de quinientos años, algunos de los cuales habían servido para mover antiguos molinos de los que aún quedaban varios en la zona.
Tras más de ciento cincuenta años produciendo y dando trabajo a muchas familias, los amos, que es como coloquialmente se llamaba a los dueños de la fábrica, se habían preocupado de crear algunos servicios para mejorar el nivel de vida de sus empleados, entre los que se incluía el doctor H. Nike, que era médico privado de las familias que trabajaban en la fábrica, el colegio del Ave María para los chicos, con el maestro don Gotzón, y el colegio de las monjas para las chicas. La fábrica gestionaba un economato: La Cooperativa de Consumo La Unión Obrera, apodada «La Cope», donde los precios eran más bajos y se apuntaban las compras en una cartilla que luego se descontaba del sueldo, y para rematar los servicios había construido en el pueblo, encima de La Cope, un casino con su escenario, su reservado donde jugar a las cartas, su sala de billar, su piano; todo ello muy inglés, tan inglés como el doctor H. Nike.
Con su bata blanca y su espéculo, auscultó a Paka como lo hace cualquier médico español, diciendo eso de tosa, respire profundo y otra vez, solo que el doctor H. Nike decía:
—Tosos, repare hondo, more time, Paka, please.
La pobre Paka no sabía si respirar, contener el aliento, reírse o llorar. Al final el doctor sacó su aguja sin decir nada y le extrajo sangre. Fue lo más claro de toda la auscultación.
A los pocos días volvió con los resultados y dijo textualmente:
—Paka, tene usted una mania de horse y yo recetar pastillas para crecel los granulos red. Si no ver mejoras ir a cyty a transfusionar.
Todo ello transcrito se trataba de una anemia de caballo y de un medicamento para que le aumentasen los glóbulos rojos, a lo que añadió que si no se le pasaba habría que ir al hospital de la capital para realizar una transfusión de sangre. A pesar del tratamiento, Paka no acababa de encontrarse bien y a las dos semanas de haberlo iniciado volvió el doctor H. Nike a hacerle otro análisis sin que el resultado diese ninguna mejoría sobre el primero. El doctor consideró que aún era pronto para obtener los beneficios de la química y que sería mejor continuarlo durante dos semanas más.
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