—Bueno, no sé, quizás si… —titubeó Patxi mirando a Paka.
—Es que, claro, como nosotros… —titubeó Paka mirando a Patxi.
—Nada, pues no se hable más, estaré encantado de acompañaros —sentenció Donostia.
La noche de bodas la pasaron Patxi y Paka en un vagón de literas del tren que les llevaba a Madrid compartido con Donostia. En Madrid, el mejor dormitorio fue para Donostia. Patxi y Paka durmieron en el dormitorio de invitados, y los anfitriones, en una cama nido en el salón. El somier de la habitación de invitados era tan ruidoso que ni en la noche de bodas ni en el viaje de novios Patxi y Paka pudieron consumar, ni tampoco en el coche de literas que les llevó de vuelta al pueblo y que nuevamente compartieron con Donostia, que no les dejaba ni a sol ni a sombra.
—Es que el puto cura no nos va a dejar nunca solos —sentenció Patxi en uno de los escasos momentos de intimidad de que dispuso.
—Yo también estoy harta, menudo viaje de novios que nos está dando Donostia; que si ahora quiero ir al obispado a presentar mis respetos al obispo, que si ahora quiero ir al Cerro de los Ángeles a rezar a la Virgen, que si ahora quiero visitar la capilla del Santo —se quejó Paka gesticulando y poniendo voz de pito imitando a Donostia.
—Calla, calla, que ahí viene —le cortó Patxi al ver aparecer de nuevo al puto cura.
Tras una larga semana de viaje de novios de tres, llegaron a la estación que se encontraba a varios kilómetros del pueblo y precisaban de un medio de transporte alternativo; les esperaba «la goitibera de Mateo». Mateo hacía de taxista con su furgoneta Volkswagen, era el cartero y vendía prensa, así que por una de estas tres razones todo el pueblo le conocía y le estimaba. Bajaron del tren con su equipaje más bien ligero y lo cargaron en el maletero de la goitibera. Mateo, que siempre se había mostrado afable y dicharachero, fue el primero en darles la buena noticia con gran alegría:
—Bienvenidos, se le ha echado de menos, don Sebastián —dijo Mateo nada más verlos.
—Vengo muy cansado, Madrid no es para mí, creo que no tenía que haber ido —contestó Donostia suspirando—. Yo también os he echado mucho de menos —añadió.
—Hola, parejita. ¿Qué tal el viaje de novios? —preguntó Mateo con cierto retintín.
—Opinamos lo mismo que don Sebastián —contestó Paka contundentemente.
—Pues yo tengo excelentes noticias que daros —dijo Mateo.
—¿No irás a ser padre? —dijo Paka riéndose (Mateo estaba soltero), mientras Donostia le lanzaba una mirada inquisitoria.
—Ya me gustaría, pero no, la buena noticia es que han aparecido dos hermosas cigüeñas que han tomado posesión del nido que habéis hecho —replicó Mateo demostrando su alegría.
—¿Dos cigüeñas? —exclamaron a la vez los tres viajeros, llenos de sorpresa y alegría.
Conforme la goitibera de Mateo se acercaba al pueblo, todos miraban con expectación el tejado de la iglesia, en la zona de la campana pequeña que se encuentra sobre la sacristía. Allí se mostraban, hermosas, relucientes, blancas y brillantes destacando sobre el cielo azul dos cigüeñas como dos soles. Al llegar a la iglesia, se bajaron a verlas llenos de alegría y una gran carcajada salió de lo más hondo de Paka:
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Patxi sorprendido.
—¿No has visto a Cigostia? —respondió Paka.
El negro Cigostia descansaba maltrecho y despatarrado sobre el techo de la sacristía. Las cigüeñas no querían su presencia y lo habían sacado de su hogar. Preferían un nido sin extraños.
II
DE CÓMO GORRI FUE CONCEBIDO
El primer salario que recibió Patxi tras su matrimonio se lo entregó íntegramente a Paka en su recién estrenada casa de La Central. Venía en un sobre cerrado de color crema que contenía monedas y algunos billetes.
—Toma, Paka, nuestro primer salario, no es mucho, pero espero que le sepas sacar buen rendimiento —le dijo Patxi con una sonrisa mientras le entregaba el sobre.
—Descuida, que siempre he sabido hacer maravillas con poca cosa —respondió Paka devolviendo la sonrisa y tirando del sobre, que se negaba a salir de entre los dedos de Patxi.
Cuando se quedó sola, Paka colocó en la amplia mesa de la cocina unas bolsas de tela que sacó de su ajuar, cada bolsa era de un color y se cerraba mediante un cordel corredizo. En ambas caras de cada bolsa había un texto diferente, escrito con letras bordadas con hilo dorado, y se podía leer: comida, niños, casa, ropa, ahorro y varios.
Abrió Paka el sobre crema y sacó todo su contenido, que fue repartiendo dentro de cada una de las bolsas de tela de acuerdo a las cuentas que previamente había imaginado, pero los números no terminaban de cuadrar. Fue sacando un poco de acá y metiendo un poco allá, pero hiciera lo que hiciese no llegaba a quedar nada para la bolsa del ahorro. A Paka su madre le había dicho que siempre, todos los meses, aunque fuese un poco, algo tenía que meter en la bolsa del ahorro y que si no había para ahorrar es que se estaba gastando demasiado, pero no veía cómo reducir el contenido del resto de bolsas que ya se encontraban bajo mínimos.
Metida en organizar y estructurar del mejor modo posible su nueva familia y su recién estrenado hogar, Paka no vio otro camino que el de recurrir a la experiencia de su madre para ver qué le aconsejaba y conseguir meter algún dinerillo en la bolsa del ahorro. Teresa, la madre de Paka, tenía aspecto de anciana por su pelo blanco recogido en un moño y su andar encorvado que transportaba un cuerpo ligero y siempre vestido de negro. A pesar de su pronunciada nariz aguileña, la eterna sonrisa —que Teresa regalaba constantemente— y su mirada blanca y limpia, desde sus pequeños ojos claros, la hacían parecer dulce y cercana.
—Mamá —dijo Paka—, por más que lo intento no consigo poner suficiente dinero en cada bolsa y que me sobre para la del ahorro. ¿Qué me aconsejas hacer?
—Mira, Paka —le dijo su madre—, si sacas de las bolsas más de lo que metes te quedarás sin nada, o bien consigues meter más cantidad o bien consigues sacar menos, pero que te quede algo para la bolsa del ahorro es vital.
—Sí, ya lo sé, siempre me lo has dicho —contestó Paka algo enojada—, pero si no hay suficiente para todas las bolsas… ¿qué hago?
—Pues utilizar el ingenio, hija, que eso también te lo he dicho siempre, pero parece que no lo has escuchado. Tienes que hacer algo distinto, ya que si haces lo mismo no ocurrirá nada diferente —contestó la madre.
—Pero ¿qué puedo hacer diferente?, el sueldo de Patxi es el que es y no tenemos otros ingresos —añadió Paka.
—Pues tú misma lo estás diciendo: tener otros ingresos. Como siempre, las mejores respuestas las tiene uno mismo en su interior —dijo la madre—. Haz cosas que sepas; arreglar ropa de gente del pueblo, preparar una peluquería en casa, que eres una excelente peluquera y sabes maquillar muy bien, puedes hacer algún tipo de pasta, bizcocho o pan que puedas vender, que también eres buena repostera, o cualquier actividad similar que te permita compaginar tus labores de ama de casa, esposa y futura madre.
Paka se quedó mirando hacia arriba analizando cuál de las opciones era la más viable.
—También —le dijo su madre— quien tiene la obligación de aportar los dineros es Patxi, habla con él para que haga algo al respecto y en cualquier caso utiliza tu imaginación, hija, es tu mejor aliada.
Aquella noche Paka habló con Patxi y entre ambos vieron qué posibilidades tenían.
—Patxi, tenemos que hablar de algo importante —dijo Paka en tono serio buscando la mirada de su marido.
—¿Qué pasa?, no me asustes —respondió Patxi al ver aquella mirada que ya conocía y que sabía que no traía buenas noticias.
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