En definitiva, concluyo, la idea de los Reyes Magos y de la cigüeña nos la están vendiendo durante toda la vida y nos lo seguimos creyendo y también la de que, aun siendo santos varones, estamos condenados irremediablemente al infierno, lo único que cambia es el concepto de infierno y de demonio y de dónde se ubica, que no es debajo de nosotros, sino a nuestro lado; y tienen nombre y apellidos y son algunos con quienes compartes la oficina, o algunos familiares, jefes, amigos con los que no necesitas enemigos, y otros que culturalmente nos han sido impuestos como estereotipos: taxistas, talleres de reparación, abogados, políticos y un largo etcétera. Los nombro para demostrar que seguimos creyendo en los Reyes Magos, creemos en todo lo que nos cuentan y esto acaba por llevarnos a no creer en nada ni en nadie.
Después de releer lo que he escrito ya he llegado a la conclusión de que voy a macerar impresiones, vivencias y creencias en una marmita, y como soy consciente de que las opiniones personales, consejos y conclusiones morales no son del gusto de la mayoría e incluso muchos no las comparten, lo voy a hacer escribiendo escenas para presentarlas al lector a través de personajes y situaciones entre reales y ficticias que tengan sentido en sí mismas y en su conjunto, para que sea el propio lector quien saque sus propias conclusiones. Espero que lo disfrutes.
PRIMERA PARTE
DE CÓMO CADA OVEJA BUSCA SU PAREJA
I
DE CÓMO HICIERON UN NIDO PARA GORRI
Cuando da comienzo esta historia, Gorri apenas era un vago proyecto en la mente de sus futuros padres. Patxi y Paka eran novios desde la noche de los tiempos, viendo pasar los días con la esperanza de que vinieran tiempos mejores. A sus más de treinta años no habían conseguido abandonar el nido familiar.
Patxi había cogido algunos kilos tras su regreso de Coria del Río, su destino durante la Guerra Civil, lo que, unido a su porte altivo y cuerpo recto, le daba un aspecto de mozo fuerte de gran talla, con un cierto aire señorial magnificado por su peinado engominado y hacia atrás, como los galanes que aparecían en las revistas de la época. Moraba con su progenitor viudo, un hombre menudo de pelo cano que tenía fama de inteligente y poseía un fuerte carácter, bien parecido; los que lo recordaban decían que su aspecto era el del actor de su época, Spencer Tracy, solo que en lugar de sombrero usaba txapela. Patxi y su padre viudo eran atendidos por dos hermanas que se ocupaban de las funciones asignadas a las mujeres: comidas, ropa limpia y planchada, casa ordenada y en estado de revista. Además, tenía un hermano casado en Madrid y un tío soltero que se dedicaba a la pesca en un pueblo de la costa. Trabajaba de ocho a doce y de una a cinco en la misma fábrica que su padre y a la sombra de este, realizando funciones de mantenimiento. A las doce comía con las hermanas, echaba una cabezada y volvía al trabajo.
La casa en la que vivía Patxi con sus hermanas y su padre viudo pertenecía al complejo industrial en el que trabajaban. La vivienda era un pago en especie al padre de Patxi, que podía disfrutarla con su familia sin gasto alguno de alquiler, agua o electricidad, mientras fuese el responsable de mantenimiento del complejo industrial; puesto de responsabilidad y para el que pocas personas se encontraban preparadas. «La Central», la llamaban, estaba dividida en dos partes, una era la vivienda y la otra la que daba nombre a la casa por albergar una central eléctrica con dos generadores movidos por un salto de agua, generadores que suministraban energía tanto a la fábrica como al propio edificio; aunque, en épocas de escasez de agua, la fábrica se enganchaba al suministro de la red general y la casa se quedaba sin energía, por lo que en algunas temporadas vivían a base de velas, chimenea y cocina de leña donde guisaban y calentaban barreños para el aseo.
Paka, de melena corta, negra y rizada, más que la novia de Patxi parecía su hermana gemela, eran altos, fuertes, erguidos, de caminar pausado; cuando paseaban, Paka siempre iba cogida del brazo de Patxi, y tal era su porte que les habían apodado «los marqueses de Villaverde». Paka vivía con sus dos hermanas, su madre y su padre camionero, que transportaba carbón vegetal para la misma fábrica donde trabajaba Patxi. Tenían una casa grande compartida con sus tíos y sus primos donde había huerta con todo tipo de verduras, legumbres y gallinero, criaban uno o dos gorrinos y disfrutaban de la sombra y la fruta de manzanos y perales. Toda la expectativa de Paka era casarse con Patxi, cuidar de su casa y de sus hijos y esperar con calma que la vida fuese pasando mientras veía cómo su prole crecía y se multiplicaba como había sucedido con su madre, su abuela y las abuelas de sus abuelas generación tras generación.
Patxi y Paka barajaban con frecuencia las opciones que tenían para convivir bajo el mismo techo, pero encontraban la mayor parte de las posibilidades cerradas. Con el salario del que disponían no podían afrontar todos los gastos, y vivir con sus respectivos padres era complicado; demasiada gente en ambas casas como para tener la intimidad que se precisa en un matrimonio recién estrenado. Paka se impacientaba, su biología femenina le pedía a gritos tener un nido donde criar y cada día que pasaba sin ver avances la desesperaba.
La iglesia del pueblo era un edificio grande de piedra, con campanario y reloj con carrillón que hacía sonar las horas, los cuartos y la media. También disponía de una espadaña con una pequeña campana sobre la sacristía que hacían repicar para la llamada a misa y al rosario. Estaba bajo la advocación de San Joseba, de quien Paka era gran devota y a quien suplicaba todos los días en el rosario de la tarde, pidiéndole que le ayudase a contraer matrimonio y crear una familia, que ella a cambio haría lo que le pidiese y que le mandase una señal para cumplir su promesa.
Una mañana de domingo Paka se despertó totalmente lúcida recordando su último sueño, y le faltó tiempo para vestirse a toda prisa y salir corriendo a La Central para contárselo a Patxi.
—Patxi, Patxi —gritó Paka al entrar en La Central al tiempo que lo buscaba por toda la casa.
—¿Qué sucede? ¿Ha pasado algo? —contestó Patxi alarmado por el alboroto mientras salía del dormitorio.
—Patxi, he tenido un sueño —dijo Paka con una gran sonrisa—. En el sueño he visto a San Joseba bajando de su pedestal, y dirigiéndose a mí me ha pedido que construyésemos un nido de cigüeña encima del tejadillo que cubre la campana pequeña sobre la sacristía. Esta era la señal que estaba esperando, Patxi, lo que San Joseba me pide a cambio de ayudarme para que nos casemos. Por favor, Patxi, vamos a hablar con don Sebastián y se lo decimos.
Don Sebastián, el cura del pueblo, era conocido entre sus feligreses como Donostia por el cargo de pastor de almas que ostentaba en la comunidad, que le obligaba a repartir obleas en las misas realizadas a diario y por su afición a atizar cachetes a los niños que, en catequesis, no recitaban de memoria el catecismo. Hombre enjuto y de tez cetrina, largo como sus homilías, de luto riguroso con su raída sotana impregnada de olor a tabaco, no era santo de la devoción de Patxi, de hecho, siempre se refería a él como «el puto cura», pero ante la insistencia de Paka no encontró razón alguna para negarse a complacerla. Juntos, como todos los domingos, ella en el lado de las mujeres y él en el de los hombres, asistieron a misa de diez y al finalizar se dirigieron a la sacristía. Donostia se extrañó de ver a Patxi, al que consideraba oveja descarriada, pero al situarlo junto a Paka dedujo que se oían campanas de boda, lo que le agradaba sobremanera, ya que banquete y propina siempre le venían bien. Patxi, conociendo las debilidades mundanas del «puto cura», le entró por el lado en que sabía que sería de su agrado:
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