Sun-Ok Gong - La familia itinerante

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Obra publicada quince años después de su primer libro, consta de cinco relatos que se relacionan entre sí y que giran en torno a la pobreza tanto material como espiritual en la época contemporánea. Los capítulos del libro: «Ambiente invernal», «Canción amorosa de Garibong», «La risotada», «El país azul en el mar del sur» y «El mar lejano», hablan de la vida de los campesinos y la destrucción paulatina de la sociedad agrícola ante la creciente industrialización, la pérdida de valores aparejada a la pobreza que los persigue y que perciben como un gran castigo. Los vínculos familiares se rompen con frecuencia debido a maridos alcoholizados y violentos, ancianos enfermos, madres desesperadas e hijos rebeldes que tienen como denominador común y única obsesión conseguir dinero, y para obtenerlo se ven obligados a deambular interminablemente con el objeto de sobrevivir.

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Michong fingía dormir; y así, sin darse cuenta, se quedó dormida profundamente.

Ya era la mañana. Era la blanca Navidad. Era la mañana del día de la blanca Navidad, en que se difundían vagamente las campanadas de la iglesia en el pueblo vecino, más allá del camino de pedregullo, cuando el padre de Kyongae, de Dangchuri, visitó a Michong.

—Michong, ayer por la noche mi hija Kyongae desapareció. ¿No ha venido por aquí, verdad?

—Anoche me dijo que iba a hacer la maleta para salir de casa, pero creí que era una broma.

—No lo era, es verdad. Ayer se volvió loca pidiéndome dinero y se lo di. Después me dijo que le había comprado a un amigo, un fulano, un celular. La regañé un poco y luego desapareció.

—Éste es el teléfono celular.

—¿Conque eras tú? Dámelo. Lo compró con el dinero de su madre, por lo tanto no puede ser tuyo. Además, las chicas de poca edad no deben usarlo.

El teléfono le fue arrebatado por el padre de Kyongae. Ella pensó que esto significaría una despedida para siempre de Kyongae. Michong se dirigió a pasos lentos hacia un rincón del patio, donde había una palangana y se lavó la cara. Al lado había un recipiente que servía para poner la comida del perro, y en él estaba, muy congelada, la prótesis dental de la abuela. Pensó que debería verter agua caliente y, para ello, iba hacia la cocina cuando la abuela, en ese mismo momento, le dio un golpetazo en la espalda de manera imprevista.

—¿Por qué me pegas?

—Por qué razón has hablado tan francamente y te has dejado arrebatar el teléfono, muchacha idiota?

Las campanadas sonaban pacíficamente, pero el mundo en que se encontraba Michong no parecía sereno en absoluto.

Después del desayuno empezó la filmación. Aunque habían anunciado muy claramente que correría a cargo de la emisora, el que se encargaría de hacer las tomas era un solo hombre. Propuso a los niños que fueran junto a él a jugar en la montaña.

—¡Nooooo, señor! —gritaron todos los niños a la vez.

Él les preguntó si no les gustaba jugar.

—Tenemos que mirar la televisión —contestaron al unísono.

Él les dijo que ese día lo acompañaran a la montaña a cazar conejos.

—¡Conejos! Tenemos uno que cazamos ayer —volvieron a contestarle en voz alta.

Uno de ellos corrió hacia el edificio aldeano. Quienes lo habían cazado eran los niños y, sin embargo, los adultos se lo quitaron insistiendo en que quienes lo comerían serían ellos. El tipo les aconsejó que lo soltaran.

—¡Noooo, señor! —los niños corearon de nuevo.

Por su lado, Younggui se enfadó desde el principio, ya que el conejo había sido cazado con su lazo. Michong era, entre los niños, la única estudiante de la escuela secundaria, los demás eran de primaria. Sin embargo, no eran más que tres. La niña Sukhi, que asistía a una guardería anexa a la primaria, salió de la casa, pero a causa del frío, después de lloriquear un rato, al final volvió. Hyangsuk había estado por hacer algo con el perro la noche anterior, pero su plan fue descubierto antes por su madre, que le dio tal paliza que se quedó tendida sin poder salir. El tipo consoló como pudo a Younggui y liberó al conejo hacia la montaña.

—Los mayores nos van a matar por su culpa.

Jinhak, hermano menor de Hyangsuk, se lo reprochó al tipo, a lo que éste respondió prometiendo que les prepararía algo sabroso.

—Queremos comer ramyon 17—volvieron a gritarle los niños.

Y, en efecto, el hombre sacó ramyon de la mochila que llevaba al hombro. Los niños al unísono gritaron en voz muy alta. Mientras cocinaba el ramyon en agua hirviendo, les preguntó cómo pasaban el tiempo durante las vacaciones.

—Jugamos con trompos Topblade y miramos la televisión —contestó Jinhak.

—¿No hacen otra cosa?

—No hay nada más que hacer, carajo. Queremos jugar con la computadora, pero no tenemos. Con suerte cazamos algún conejo y, si no, agarramos algunas ranas para comérnoslas.

—Pero qué felices son ustedes de jugar como quieren, no tienen nada que estudiar. Así es que están contentos, ¿verdad?

—¡Sssssí!

Los niños corearon burlonamente al mismo tiempo. Michong pensó que el hombre no sabía nada de verdad, nada de nada. A decir verdad, ella tenía muchas ganas de estudiar, pero ocurría que no tenía posibilidades. Le atraía estudiar en la computadora e ir a una escuela privada; sin embargo, no podía hacerlo por falta de dinero. La cara del reportero de la emisora se puso roja.

—Entonces, ¿qué es lo que más les gustaría hacer en este momento?

—Pues, naturalmente, lo que queremos es ganar dinero —todos los niños volvieron a gritar a la vez.

—¿Por qué?

—Pues porque, de verdad, no tenemos dinero.

Aunque el tipo no les preguntó nada, los niños empezaron a hablar de la situación en sus respectivas casas.

—En mi casa criaban vacas, pero el precio de la carne de res se vino al suelo y por eso ahora criamos perros. Ahora se dice que el precio del perro también está cayendo.

Cuando Jinhak, sorbiéndose los mocos, habló del derrumbe del precio del perro, otros niños estallaron en carcajadas simultáneas.

—En mi familia, para calentar la casa, no usan calefacción de petróleo sino leña. 18Dicen que el precio del petróleo ha subido mucho.

Así dijo Daesik, que residía en una casa situada en la colina, cuyo padre, guía de vías fluviales, había muerto en un accidente de tráfico el año pasado.

—En mi casa….

Younggui también estaba por decir algo, pero su voz se ahogó en la garganta y no pudo seguir. La abuela había dicho que la voz de su nieto se recuperaría en cuanto su madre volviera.

—Así que quieren ganar dinero… Pero, niños, ganar dinero es lo que harán cuando sean adultos, y ahora…

—¿Quieres que juguemos? Mi padre me reprende diciéndome que siempre estoy de juerga, ¿sabes?

Jinhak era un duende conocidísimo en la aldea. Al parecer, para los niños del lugar era una diversión ver al hombre —que no lo conocía bien— perplejo ante la respuesta imprevista de Jinhak. Éste le dijo de nuevo:

—Si jugamos, ¿usted nos dará dinero?

—¿Dinero? ¿Qué dinero?

—¡Ja, ja, ja! El pago por la presentación. Dicen que al que sale en televisión le pagan, ¿no es así?

El hombre dijo que no era empleado de una emisora, sino un guionista de una serie documental.

—¿Qué dice? ¿Escritor de Drácula? 19

El hombre, los niños y Michong se morían de risa. A Michong le parecía aún más interesante que se riera despreocupadamente sin percatarse de que los niños se burlaban de él. Le sacó una foto a Michong. Ella pensó que habría sido mucho mejor si Hyangsuk hubiera estado a su lado para la foto. Él le insistía para que se riera, pero ella no obedecía pensando en que Hyangsuk estaría llorando. El ramyon cocinado en el quemador que el hombre siempre llevaba consigo sabía muy sabroso. Cuando Michong intentaba cocinar uno en casa, la abuela la reprendía mucho diciendo que gastaba un precioso ramyon: era una comida especial que se servía como merienda a los campesinos en la época del transplante del arroz o cuando se celebraba algún asunto festivo. Hacía ya tiempo que ni los niños ni Michong probaban un ramyon tan especial, y por tal motivo ése fue para ellos un día de alegría. Tal como decía la expresión, ese día fue una verdadera blanca Navidad llena de alegría.

Yongja, después de largo tiempo, fue a la iglesia. Era lógico, pues era Nochebuena. Hoon, su amante, no había vuelto a casa desde la noche anterior. Le había dicho que iba a tomar una copita con los compañeros del taller. De cualquier manera, se sentía intranquila después de haber visto hace un mes a su cuñada en la sala de canto de Sinlimdong. No podría seguir trabajando en esa sala; ahora tenía que proteger al fruto del amor entre ella y Hoon, al hijo que se encontraba en su vientre. Cuando le transmitió a Hoon su opinión sobre el porvenir, él le contestó que hiciera lo que quisiera. Yongja agregó que, después de que diera a luz, solicitaría un proceso judicial de divorcio. Como respuesta a lo que Yongja había dicho, Hoon la besó tiernamente en la mejilla. Para Seo Yongja, en ese momento no había felicidad más grande. No se atrevió a mostrarle a Hoon la otra palabra que se escondía detrás de “felicidad”. Le pareció que mostrarse contenta era una muestra de cortesía hacia su amado. Esto era, por lo menos, lo que pensaba después de lo sucedido la noche anterior. Había esperado mucho a su querido, quien no había vuelto al hogar a pesar de que eran más de las 12 de la noche, por lo que había pasado delante del taller varias veces. La puerta estaba cerrada. Entró a la cervecería y preguntó si sabían a dónde habían ido los trabajadores del taller. El dueño le contestó que recordaba que habían terminado la primera ronda de copas en su local, pero no tenía idea de adónde se fueron para la segunda. Yongja pensó buscarlos en una taberna o una sala de canto de los alrededores, pero recordó de nuevo que ella misma había sido descubierta por su cuñada en una de esas salas y, sin dudarlo, volvió a casa con pasos menudos. Yongja pasó sola la Nochebuena y juró confiar en el hombre al que amaba, pero ahora era más difícil. En cuanto amaneció, se fue a la iglesia. Quería rezar ante Dios pidiéndole que la perdonara por no fiarse de su amado. Había demasiada gente. No hubo lugar en el que pudiera acomodarse. Pensó que eso era mejor: con tal cantidad de gente, nadie le prestaría atención a Seo Yongja. Quería mezclarse entre las personas para rezar, pero no lo consiguió. Le pareció que Dios tendría un fuerte dolor de cabeza con todas esas personas que le rezaban al mismo tiempo, por lo que salió de la iglesia. Volvió a pasar frente al taller. La puerta ahora estaba abierta, pero no se veía al señor Hoon. Cuando les preguntó dónde estaba, los del taller rieron disimuladamente y le dijeron:

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