Cuanto más viajaba, más me ilusionaba con seguir haciéndolo. Cualquier vivencia me enseñaba tanto que era un nuevo aliciente para organizar un nuevo viaje.
Ya de vuelta en Uruguay, continué con mi vida, trabajando en hostelería, pero también iniciando mis viajes por América.
En el año 1980, con 26 años, decidí hacer un nuevo viaje para conocer una de las grandes joyas de América del Sur:
Machu Picchu.
Las dictaduras militares en Sudamérica estaban en pleno apogeo, eran gobiernos apoyados por el tío Sam, que siempre ha vigilado muy de cerca los pasos de sus vecinos del sur, entrometiéndose y obligando a los diferentes gobiernos a adoptar las medidas que le convenían y llevándose, por supuesto, una buena tajada.
Mi espíritu aventurero no olvidaba la situación que se vivía en los países del continente americano, pero nunca pensé que podría sucederme algo que iba a cambiar mi vida para siempre.
Quería rememorar mis años de viajes por Europa, cuando me colgaba mi mochila al hombro y salía a recorrer el Viejo Continente en esos puntuales y cómodos trenes europeos.
Era emocionante llegar a cada ciudad, buscar los albergues donde poder dormir y salir inmediatamente a patear las ciudades o pueblos. Quise, pues, emular y recordar aquellos viajes tan hermosos, siendo consciente de que Sudamérica no era Europa. Evidentemente, era otra situación, otra historia, una realidad completamente diferente.
Tenía que olvidarme de aquellos fabulosos trenes, de la limpieza, la seguridad y el orden en general con el que se vivía en las ciudades europeas.
Como en todos mis viajes, ya tenía un itinerario preestablecido, que siempre trataba de cumplir en lo posible, a menos que fuese encontrándome complicaciones en alguna de las paradas que me obligasen a cambiar ciertos planes. A veces, un sitio te entusiasma mucho más de lo que habías pensado, y eso también es un motivo para alargar la estancia, aunque sea un par de días más, y disfrutar así de algo que realmente te llena. Nunca se sabe si podrás volver, por eso siempre he intentado disfrutar al máximo de lo que me gusta.
Disponía de cuarenta días para realizar uno de mis grandes sueños: conocer Machu Picchu. ¿Sería tan impresionante como lo había visto en fotos y postales? ¿No me decepcionaría cuando estuviese frente a tan inmenso monstruo? Había que verlo, era un deseo muy grande y estaba seguro de que merecería la pena, no tenía la menor duda.
Como colofón, en el mismo viaje y al final, tenía programado visitar las cataratas del Iguazú, impresionantes y majestuosas, tanto por el caudal de agua que llevan como por los parajes en los que se encuentran situadas, una hermosa selva subtropical.
¿Serían estos dos lugares los que más me impresionarían o encontraría otros que me llamarían más la atención? Necesitaba llegar hasta allí y, a pesar de la época elegida, abril y mayo, debía tener en cuenta varios detalles y planificar ciertos aspectos con cuidado, ya que hay lugares a los que, en época invernal (aunque aún no había comenzado), no puede accederse por inundaciones o algún otro tipo de inconveniente causado por la climatología. Sin embargo, aunque podría darse esta situación, no era lo que realmente me importaba en ese momento.
Nunca imaginé lo que el destino me tenía preparado.
En un instante, mi vida cambió. Aquel domingo 11 de mayo de 1980, mi vida se detuvo en la frontera argentina.
Me detuvieron junto a Alejandro, otro uruguayo que había conocido hacía pocos días, y nos llevaron presos a la Gendarmería de Orán primero y luego a la cárcel de Salta.
Los días vividos allí fueron interminables, llenos de interrogantes, de dudas, de miedos, de sufrimiento.
Me habían arrebatado algo muy preciado: mi libertad.
Creo que el hecho de que, desde chico, había aprendido a dejar los impulsos de lado, me ayudó a sobrellevar esta situación tan desesperada; pero es cierto que, en algunos momentos, la impotencia y la traumática experiencia que estaba viviendo me superaban y me comía por dentro la idea de gritar y de enfrentarme a todas las personas que, de alguna manera, estaban conspirando contra mí y me habían privado de mi libertad.
Sé que hay cosas peores, sé que las guerras, el hambre, la miseria, los terremotos, la tortura, las enfermedades, la privación de libertad por defender tus ideas, etc., son penurias que el hombre padece y a las que siempre se encuentra expuesto, pero ¿es justo?, ¿es realmente necesario pasar por estas pruebas para vivir?
Cuando todo terminó, sentí un inmenso rencor durante muchos meses, pero, a medida que fue pasando el tiempo, las huellas y las marcas de lo sucedido fueron disipándose, de a poco, muy lentamente, pues algo así jamás se olvida y el trauma psicológico me acompañará durante toda mi vida.
No, nunca olvidaré esta prueba de vida, ya es parte de mí, está dentro de mí, por eso necesito compartirla.
Intento convencerme de que, de esta manera, podré cerrar esta dura etapa de mi vida.
La realidad es que sé que no lo lograré, pero ya es hora de plasmar mis pensamientos y vivencias para descargar mi alma y liberarme de tantos y tantos recuerdos y pensamientos oscuros que dieron un gran vuelco a mi vida para siempre.
Viernes 9 de mayo
Eduardo
Ya solo, después de pasar unos días maravillosos en Perú, junto a gente extraordinaria que fui encontrando en el camino, entre los que puedo mencionar a María y Lorenzo, una pareja italoaustraliana que estaba en viaje de novios por Argentina, Bolivia y Perú y con los que forjamos una amistad que perdura hasta el día de hoy, emprendo el viaje de regreso.
Me levanto temprano para poder disfrutar de mis últimas horas en Puno y de las hermosas vistas del lago Titicaca, que destacaba por su color azul intenso y sus aguas calmas. Al fondo, estaban las montañas, como si de guardaespaldas se trataran.
A las 10.00 horas, tomo el ómnibus que me llevará desde Puno hacia Bolivia. Decido ir por Desaguadero, que, según me dicen y he podido contrastar con los mapas, es la ruta más directa, bordeando en varios tramos el lago. Al poco rato, llegamos a Desaguadero, pequeño pueblo fronterizo entre los dos países y cruzado por el río del mismo nombre que nace en el lago Titicaca.
Hay dos pueblos llamados Desaguadero, uno a cada lado de la frontera. Ambos son muy pequeños y las aduanas unas oficinas de muy poca dimensión.
Bajamos del ómnibus y, al cruzar la aduana del lado boliviano, veo que el muchacho que está delante de mí tiene un pasaporte uruguayo. Su pinta es un poco como la mía, pero más delgado, con barba y con su mochila al hombro. Realmente me sorprendió bastante porque, en todo el viaje, no había encontrado uruguayos, sino más bien argentinos, estadounidenses y australianos en su mayoría.
Me acerco y, mirándolo, le pregunto «¿Uruguayo?». «Sí», me contesta. «Yo también soy uruguayo», le digo. Empezamos a hablar mientras íbamos haciendo los trámites de la aduana. Resultó que era de la ciudad de Minas, capital del mismo departamento donde yo había nacido, e iba ya de vuelta hacia nuestro país después de haber hecho un viaje de algo más de dos meses por Perú.
Su nombre era Alejandro. Seguimos juntos el viaje y fuimos intercambiando opiniones y contándonos nuestras aventuras del viaje. Íbamos rumbo al sur, pero, de momento, hasta La Paz, donde teníamos que hacer el cambio de ómnibus para continuar hacia Oruro.
La llegada a La Paz fue espectacular, realmente es toda una experiencia. Aunque ya había estado en mi viaje de ida hacia Perú, donde tuve la oportunidad de descubrirla durante tres días, no dejaba de sorprenderme. Está situada en un cañón y rodeada por las altas montañas del altiplano, entre las cuales destaca el imponente monte nevado Illimani. Está considerada la capital más alta del mundo, a más de 3600 metros de altura.
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