Edgar Du Perron - El país de origen

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El país de origen esboza la imagen de dos mundos: el pasdo representado por la sociedad colonial en las Indias holandesas y el presente de una Europa que se encuentra inmersa en una profunda crisis. Al mismo tiempo, es un retrato del desarrollo personal del autor, el «hijo acendado» que poco a poco adquiere conciencia de las injusticias del sistema colonialista y completa su formación sentimental, humana y política en París, testigo de una generación que lucha contra las potencias totalitarias y de la creciente amenza del nazismo, a las puertas de la segunda Guerra Mundial.

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—Si quieres escarbar tanto, esa “casualidad” tampoco explica nada.

Pero él prosigue apresurado. Observa que he dicho algo de un personaje; no, uno no debería ser nunca un personaje a los ojos de un amigo. Aunque las confesiones verdaderas sigan siendo imposibles, salvo quizás en caso de borrachera. Sólo cuando uno se emborracha como un ruso, entonces… entonces quizá pueda hacer confesiones sin que le estorbe su personaje. Me propone entrar en el bar de Poccardi y pide que nos sirvan unos vinos dulces —passito vecchio—. Al menos sé que con ellos no perderé la cabeza como en una borrachera rusa. Me habla de su hijita, luego me pregunta acerca de Guy: que qué edad tiene —siete años—; que si no tengo sentimientos de padre por él —no sé exactamente qué significa eso—; que dónde está ahora —está con su madre en Bruselas—; que qué aspecto tiene —está más bien rellenito, es un niño fornido con un rostro a la vez cómico y sensible, y sorprendentemente rubio para ser hijo mío.

Es posible que sea él quien tiene demasiados sentimientos de padre, confiesa Guraev; es posible que no se haya divorciado de su mujer sólo porque es la madre de su hija. Y, sin embargo, todo es sencillo, ahora ama a su novia como hace diez años amaba a su mujer. Hace diez años, su mujercita era la razón de su existir. ¿Por qué? Porque entonces ella era la única que se preocupaba por él.

Su mujer es rusa, su novia es sueca, pero, a excepción de los ojos que son de color verde profundo, su aspecto es meridional: la piel morena, los labios carnosos, el pelo negro y rizado.

—¿Y dices que ahora quieres a Harriet exactamente como querías antes a Shura?

Esta vez se escabulle con una observación general, pero tan radical, que por un momento me sobresalto: no se puede querer más de diez años a una mujer, sea quien sea. Por ese motivo, dentro de diez años también habrá dejado de querer a Harriet y, por ese mismo motivo, dentro de diez años yo me daré cuenta de que no siento lo mismo por Jane. Guraev se dispone a contarme con todo detalle lo que sin duda experimenté con mi “primera mujer”; tengo que interrumpirle con firmeza y aun así me mira con desconfianza (y puede que sospeche que me estoy afrancesando) cuando le digo que nunca consideré a Suzanne como mi “primera mujer”, que ella siempre fue para mí la mujer que yo no elegí. Me replica cosas como: “¡Y no obstante nunca se sabe!”, y entonces evito hacerle confidencias y me pregunto cuántas veces a lo largo de esta conversación nos hemos acercado y rehuido el uno al otro, y por qué a pesar de ello las personas como nosotros entablan una y otra vez un diálogo.

—Héverlé lleva más de diez años con su mujer —me dice— y puede que digas que hacen buena pareja o que son felices. Creo (¡y no pretendo criticarlo!) que Héverlé ha sido en este sentido el menos valiente de nosotros tres, o el menos sincero consigo mismo.

—Te lo repito otra vez, Guraev, no me incluyas, porque no se puede comparar.

Me lanza de nuevo una mirada profunda e inicia una conversación en la que intercambiamos generalidades hasta que nuestras bocas se retiran tímidamente detrás del vaso que nos han vuelto a llenar: heroísmo, mística, cinismo, individualismo y de nuevo su falta de interés por la política. Lo que más me divierte es la mística, porque quizás Guraev pueda aportar una nueva explicación. De repente, me dice:

—¡Tú y yo necesitamos la mística! —y luego—: Como ruso, sé lo que debo pensar de la mística, todos los rusos se vuelven idiotas cuando empiezan a hablar de este tema.

Poco antes de mi último tren, Guraev quiso que le contara sobre mi vida en las Indias, imponiéndome la clara condición de que introdujera a mi padre como un personaje de Conrad.

—Tu padre no podía ser un burgués normal, ¡pues de lo contrario no habría ido hasta allá!

—Pues nació allá, y ten por seguro que no era más que un burgués; yo soy un auténtico señorito, 2un hijo de burgués.

Al pie de la escalera de la estación de Montparnasse le estrecho la mano.

—Pero los burgueses como mi padre son valientes, sobre todo cuando se trata de defender sus posesiones. Y el dinero que he perdido ahora se amasó robando de acuerdo con la tradición de los grandes gobernadores, eso no puedo desmentirlo.

Yo ya subía por la escalera y él se despedía con la mano y la cabeza echada hacia atrás, cuando de repente echó a correr detrás de mí y, al llegar al escalón inferior, me agarró de la manga:

—Con lo que debes andarte con cuidado durante las confesiones, Ducroo, es con los sollozos.xiii No debes sollozar demasiado a la hora de hacer una confesión, ni siquiera si estás borracho. ¡Hasta pronto! —exclamó mientras volvía a bajar por la escalera.

Y en el tren, cuando estuve solo, volví a oír la tenaz musiquilla que cada vez reconozco mejor, que nunca queda del todo tapada por las palabras, que no se deja silenciar aceptándola o desmintiéndola, ese coro de sentimientos de impotencia que invaden todos los ámbitos de mi existencia desde que se hundió el suelo sobre el que nunca me había preocupado de verdad.

1Cita de Mopsus (Amyntas): Ahí, más inútil y más voluptuosa es la vida, y menos difícil la muerte.

2En español en el original. [N. de la T.]

II. Todos los caminos…xiv

Me quedé escribiendo hasta las dos de la madrugada, una hora en que la criatura consciente que hay en mí está a su vez suficientemente extenuada como para dejarse arrastrar por las ganas de dormir del animal. Ahora todavía puedo permitírmelo: uncirlo para realizar un trabajo consciente en lugar de dejarme dominar por su desorganizada resistencia, en lugar de ser testigo pasivo de sus miedos y protestas semiconscientes, su afán de organizar en la oscuridad, un afán del que al clarear el día no queda más que un regusto de fatiga estéril. (Más tarde, cuando las circunstancias me habrán obligado a aceptar un empleo basado en “salir de casa a las ocho de la mañana”, escribir de noche se convertirá también en un lujo excepcional.) Después de escribir mi conversación con Guraev me quedé dormido casi sin perder la verticalidad mientras veía todo tipo de imágenes, hasta que, por la mañana, me desperté después de haber tenido el siguiente sueño:

Me había llevado a un joven ruso a casa de Guraev; éste nos había recibido en su taller. Más tarde regresé solo al taller (Guraev estaba allí con Harriet) y le pregunté qué impresión le había causado el joven ruso. Guraev estaba sentado en un sillón con cara de preocupación y se mostró muy crítico. Fue entonces cuando me di cuenta de que el joven ruso no era ni más ni menos que él mismo en una etapa anterior de su vida. Fue un fenómeno revelador, puesto que seguro que Guraev no habría reaccionado de otra manera si realmente hubiese podido presentárselo a sí mismo. Sin embargo, de repente dijo: “Oh, también tiene muchas cualidades, incluso he de admitir que tenía miedo de que impresionara demasiado a Shura. Pregúntale a Harriet”. Y Harriet, con su lánguida voz y hablando en francés con acento sueco, justo igual al que tenía en realidad, me dijo: “Sí, nos dijimos uno a otro que la dulce Shura volvería a sufrir las consecuencias”. Así que la habían dejado salir y sólo entonces me di cuenta de que, incluso la primera vez, Harriet era la única que estaba en el taller.

Tengo que contarle este sueño a Guraev; quizá su fantasía sepa valorar en su justa medida el significado más profundo de mi sueño. (Seguro que fingirá que puede descifrarlo.) En cualquier caso, ésta es una excepción llamativa entre mis sueños; en ellos casi siempre suelen tener lugar encuentros con personas conocidas o desconocidas, son encuentros extraños y carentes de sentido, pero a veces son indeciblemente melancólicos. Como la imagen de una javanesa que de repente viera a su hijo muerto jugando en el jardín: “¿Cómo has llegado hasta aquí?…” Lo que confiere a este tipo de sueños un carácter melancólico tan pleno es que la melancolía que se siente al recordarlos ya está presente en el encuentro en sí; que, al mismo tiempo que tiene lugar el encuentro, ya pertenece irremediablemente al pasado, con un sabor de primera y última vez, con lo esencial del encuentro porque se desarrolla en un dominio en el que no queda rastro de los subproductos de la realidad.

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