Edgar Du Perron - El país de origen

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El país de origen esboza la imagen de dos mundos: el pasdo representado por la sociedad colonial en las Indias holandesas y el presente de una Europa que se encuentra inmersa en una profunda crisis. Al mismo tiempo, es un retrato del desarrollo personal del autor, el «hijo acendado» que poco a poco adquiere conciencia de las injusticias del sistema colonialista y completa su formación sentimental, humana y política en París, testigo de una generación que lucha contra las potencias totalitarias y de la creciente amenza del nazismo, a las puertas de la segunda Guerra Mundial.

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Tardamos un poco en encontrar el restaurante javanés en el norte de París.xii Se trata de una sala desangelada, con un único compartimiento libre, a la derecha de la puerta; por fortuna hay poca gente. ¿También aquí afecta la crisis? El menú de arroz que nos traen es insulso, además faltan platos, sólo hay tres o cuatro especialidades, con alguno que otro suplemento mal improvisado. Y, encima, los diversos tipos de sambal que deberían darle algo de sabor al arroz son monótonos. En realidad, Guraev sólo disfruta del krupuk. Después de explicarle de qué está hecho, prefiere llamarlo “galletas de gambas”.

—Creía que esta comida sería mucho más picante —me dice—. ¡Nosotros tenemos especias mucho más peligrosas!

Me las describe, incluyendo detalles geográficos. Me veo obligado a hacer algo a cambio.

—No hables mal de las especias de las Indias —le digo—. Piensa que debido a ellas un montón de calvinistas se convirtieron en bandidos convencidos. Increíble, todos esos tenderos en busca de nuevos productos con los que comerciar, empezaron convirtiéndose en marinos para acabar siendo caballeros bandidos, con sus almacenes fortificados. Primero pedían amablemente permiso a sus hermanos de piel morena para poner una tienda de comestibles en su territorio, casi como para protegerlos, pero luego edificaban un fuerte desde el cual saquear a sus anchas los alrededores. La organización de estas rapiñas sirvió de escuela a nuestros primeros grandes gobernadores. Mientras agarraba el botín con sus manos de calvinista, el más grande de ellos escribía a la oficina central en Holanda que podían seguir confiando tranquilamente en el dios del pillaje: “No desesperen que aquí hay suficiente para todos”. ¿Has oído hablar alguna vez de Ambon? Era la isla más rica en especias. La adoraron tanto por sus especias que se les olvidó aprender a hacer magia, a pesar de que ahí vivían los más famosos brujos del archipiélago. Y, lo que es más, convirtieron a aquellos brujos al cristianismo, no porque les interesara la prodigiosa mescolanza que resultaría de ello, sino sólo porque se habían traído sus propias fórmulas mágicas, es decir, su propia biblia, que demostraba claramente que tenían todo el derecho del mundo a enfrentarse a sus semejantes que nunca habían oído hablar de aquello. Pero, si cabe, la historia del gobierno provisional inglés es aún mejor. Nuestros bandoleros no estaban preparados para vérselas con los bandidos ingleses y, en cuestión de 14 días, perdieron el botín que habían tardado siglos en reunir. ¿Y qué crees que pasó entonces? Resultó que los bandidos más fuertes no sabían calcular bien; pensaron que los habían engañado, que el botín era un mal trato y, por lo tanto, lo devolvieron todo, a excepción de unas cuantas bagatelas, al tiempo que pronunciaban consignas nobles y dignas.

—Pero si piensas de esta manera, Ducroo, en realidad no deberías pro-bar nunca más estas especias. Ni regresar a ese país que consideras el tuyo, ¿no crees? ¿No deseas volver nunca? ¿Cuánto tiempo hace que vives aquí?

—Doce años. Pero si volviera, lo haría con un sentimiento de resignación, como si ya no me quedara otra alternativa. Para mí es como el lugar que Gide describe a la perfección en una única frase ondulante: Là, plus inutile et plus voluptueuse est la vie, et moins difficile la mort. 1

—Hummm… Si pasaras a la acción, dejarías de desear la muerte y de pensar en ella. Sé por experiencia lo que es. Durante la revolución no pensé un solo instante en la muerte, como no fuera para protegerme instintivamente contra ella. Y digo instintivamente, puesto que, cuando uno ve morir a tanta gente a su alrededor, acaba por no estar seguro de tener derecho a vivir. Pero, por otra parte, tampoco tiene tiempo de fantasear sobre el “ansia de muerte”. Por muy individualista que seas, en esos momentos aprendes a decir nosotros, y a sentirlo y a pensarlo. Me gustaría contarte algo al respecto, pero no ahora. Tampoco creas que me gusta demasiado esa época; hay suficientes rusos que podrían contarte mucho más, y fue siniestra en todos los sentidos. Pero, no obstante, a veces pienso que, en comparación con entonces, ahora empiezo a aburguesarme de verdad.

—Ten cuidado de no caer en el vicio de recurrir al tópico de llamar burgue­sas a cosas que no hacen más que responder a una necesidad humana.

Eso me lo digo a mí mismo. Guraev vive con su mujer y su hija pequeña, su novia y el novio de su mujer. Aunque ocupan dos estudios, hacen muchas cosas juntos y el ambiente que se respira allí es siempre agradable, “porque es ruso”, y eso da un carácter diferente a unas relaciones que de otro modo uno no tardaría en despreciar. “Porque es ruso”… me río al pensarlo y, sin embargo, por algún motivo insondable no tiene nada de risible. Además, no es eso lo que me preocupa; para mis adentros pienso en algo muy diferente: “Cuando uno empieza a querer a alguien, no forma realmente parte de su vida; vivir junto a esa persona, o con ella, se le antoja ya un milagro. Y, más tarde, cuando ya ha tenido lugar el intercambio, llega la locura de creer que algo en la vida del otro pudiera no concernirle; la cólera contra cualquier zona secreta que la otra persona pudiera compartir con un terce-ro. Sin embargo, no se trata de un instinto posesivo, sino más bien del deseo de conseguir lo absoluto. Lo burgués se esconde precisamente en la tendencia de permanecer al margen, en intentar que todo se mantenga dócil y racional…”

Sólo vuelvo a prestar atención a la conversación cuando oigo a Guraev formular una crítica sutil contra Héverlé:

—En muchos sentidos, es mucho más francés de lo que cree; hay algo extraño en él: siempre necesita demostrar lo que vale… o, mejor dicho, de sentir lo que vale.

Me entran ganas de decirle que puede ahorrarse estas sutilezas: él siente la necesidad de observar críticamente a Héverlé para superar dentro de sí mismo la gran influencia que Héverlé debió de ejercer sobre él. Con una impaciencia casi zalamera me atribuyó ya en nuestro segundo encuentro una erudición mucho mayor que la de Héverlé; tuve que insistir en que seguramente no poseo la mitad de la inteligencia de Héverlé, pero sin duda ni una sexta parte de su cultura. Me sonrió sacudiendo la cabeza por mi humildad. ¿En qué se basa su necesidad de convertirme en el contrapeso de Héverlé? Quizás aquí esté la explicación de su predilección por el contraste entre rusos y franceses: una decepción, la sensación de que Héverlé, por su parte, no da suficiente de sí, que es avaro con sus confesiones. No se siente próximo a él porque terminó por comprender que ellos dos nunca se apoyarán mutuamente en una comunión de debilidad humana. Piensa que conmigo tendrá más suerte; por desgracia, puede que esté en lo cierto.

—Es fácil criticar a Héverlé —le digo—, pero todas las críticas que he oído lanzar en su contra no han hecho más que aumentar mi estima por él. Te molesta no poder hablar en confianza con él y por ello tienes la sensación de que defrauda tu amistad. Las confesiones de Héverlé tienen lugar en un terreno impersonal, una especie de altiplano donde todo es impulsado por los vientos de la filosofía y de la historia cultural. Sin embargo, en este sentido se mantiene fiel a sí mismo, porque es una de las pocas personas que a simple vista pueden parecer actores, pero que en el fondo siempre están concentradas en la creación de su propio personaje. Para nosotros no existe ningún Héverlé en chanclas, porque él mismo le niega cualquier existencia. Cuando alguien lo critica, siempre siento curiosidad por lo que él mismo tiene que ofrecer como… personaje.

Volvemos a estar en la calle. Con su tono más serio, Guraev me dice:

—Compréndeme, no lo critico. Para mí sigue siendo el más valioso de todos mis amigos. Pero algo anda mal si te percatas de que querrías contar-le muchas cosas, pero que, a medida que pasa el tiempo, te resulta cada vez más difícil. Si es mi amigo, ¿por qué no estoy a gusto con él como lo estoy contigo? La amistad es algo muy hermoso, ¡pero recelo de una persona que sólo está dispuesta a sacrificarlo todo por su concepción de la amistad! Prefiero que él se sienta mi amigo a pesar de todas las concepciones; de lo contrario pensaré que quizá se topó conmigo por casualidad justo en el momento en que necesitaba un amigo que encajara en su concepción…

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