—Hummm… no lo creo; lo que sí haces es ceder de otra manera a tu romanticismo. Por supuesto, eres muy propenso al romanticismo, Ducroo; yo también, por cierto. Pero quizá… sí, quizá, sea tan sólo por la época en la que vivimos. Y nosotros, cada uno a nuestra manera, detestamos esta época.
—Lo cual demuestra que no formas parte de los verdaderos rusos.
—¿De dónde has sacado esa jerga comunista? Yo, que fui ruso blanco sólo por accidente, siempre sentí tanta o tan poca simpatía por los rojos como por los blancos. Incluso estoy dispuesto a admitir que los rojos, en principio, tienen más razón —¡como si eso importara!—, pero también sé que prefiero vivir como un apátrida en París, bajo una democracia anticuada y corrupta, que en mi propio país bajo las leyes del nuevo fanatismo. No creo en absoluto en los creyentes fanáticos; qué tristes son esos revolucionarios que no ven más allá del nuevo código que rige su existencia. Y no es que diga que preferiría acabar enseguida con mi vida antes que pensar y sentir como el rebaño. A veces me avergüenzo por… por un sentimiento fraternal, cuando veo una de esas películas que justifican todo el sufrimiento en los últimos metros de cinta, mostrando unos cuantos estúpidos ejercicios de gimnasia en una alineación que forma las letras de Lenin, o a dos forzudos proletarios que se miran sonrientes a ambos lados de una máquina en marcha.
—Mucho de lo que dices podría pensarlo yo mismo, pero estamos equivocados. Además, ¿estás seguro de que no sientes nostalgia de tu país?
—Pues claro que siento muchísima nostalgia… a veces. Pero hay que saber desconfiar de este tipo de sentimientos. No me veo en absoluto como un emigrante, soy, por naturaleza, apátrida. Sin embargo, a veces recuerdo algunos paisajes, Dios sabe por qué, y me parece que son los únicos donde, ¿cómo decirlo?, donde podría disfrutar de mi vejez, mientras que estoy seguro de que envejecer aquí será imposible. Me imagino que allá podría ilustrar libros infantiles y que tanto los niños como yo podríamos alegrarnos con mis ilustraciones. Hasta que me doy cuenta de que deben de haber adoctrinado sistemáticamente a esos niños y que todo lo que pueda salir de mi cabeza les resultaría extraño. Me doy cuenta de que es a esos niños a los que presentan como los auténticos revolucionarios, como seres no contaminados por lo burgués; y que, por consiguiente, estos hombres nuevos —¡fíjate bien en lo que te digo, Ducroo!— representan para mí a los peores neoburgueses. La neoburguesía soviética al cien por ciento, aunque eso debe sonarles a chino a los pseudomarxistas que han leído tan mal a Marx como yo. Y si fuera una sociedad militar y no civil —¡un término como “brigadas de choque” ya dice lo suficiente!— me parecería todavía más idiotizante. Pero tú no te metes en política, ¿verdad?
—No. Es decir, en la medida en que todavía me lo permiten las circunstancias.
Los músculos de su cuello se tensan, pues tiene que girarlo mientras me observa con aire inquisidor. Ha apoyado su mano sobre mi rodilla y sacude la cabeza antes de preguntarme:
—En general, ¿cómo te sientes?, ¿como un hombre o como un mu-chacho?vi
—No creo haberme sentido nunca de verdad como un hombre. ¿Qué significa eso exactamente?
—¡Ducroo! —exclama Guraev y yo temo que vaya a abrazarme—. ¡Eres digno de ser mi amigo! Ninguna persona decente sabe lo que significa exactamente eso. ¡Sólo lo saben los capitalistas y comunistas empedernidos que se enorgullecen cuando ya no queda nada del niño en su interior, ni física ni moralmente, pues ése es el toque final! Se sienten orgullosos de no haber tenido juventud, o una juventud inenarrable o, en cualquier caso, de no tener pasado, porque así pueden olvidar todo aquello que no sea el presente más real. Hablo poco con los capitalistas, sólo lo hago cuando tengo que defender mis intereses, pero cuando me encuentro con marxistas, siempre tengo ganas de agasajarlos con historias de fantasmas.
Guraev echa la cabeza hacia atrás y se ríe en silencio. Si todo esto no es una pose, si esta fantasía de la que hace gala, y que detecté en él desde el primer momento, tiene un fundamento sólido, casi lo envidiaría. Así que hago caso omiso de su actitud.
—Todo esto —le digo— sólo demuestra que no simpatizamos con el proletariado.
Endereza la cabeza de repente.
—¡Yo sí! O al menos… cuando era marinero, sentí que podía identificar-me por completo con algunos proletarios. Pero es un engaño creer que un nom-bre genérico constituye una prueba de excelencia; más allá de cierto punto creo tan poco en el proletariado como en la humanidad. ¡El proletario simbólico! Estoy harto del Apolo arremangado de hormigón armado, con esa cara de carnero valiente, los puños dos veces más grandes de lo normal, y siempre con todos esos estúpidos atributos. Si ése es el único ruso que queda, acabaré enamorándome de los proletarios franceses. El mejor proletariado… ¿Leíste lo del hermoso asesinato en Le Mans de hace una se-mana?vii Lo que hicieron aquellas dos pobres camareras me impresionó más que las últimas noticias de Moscú. Esas dos hermanas que fueron explotadas desde pequeñas —para empezar eran huérfanas o algo por el estilo— y que en un momento dado se abalanzaron sobre sus amas. Después de una observación de la señora, la mayor de las dos le hundió el cráneo con una vasija de estaño, mientras que la otra, una criatura dócil con una carita redon-da y atemorizada, retenía a la señorita en la escalera; y luego asesinaron a las dos burguesas con las uñas. A ese acto le precedieron veinte años de fiel servicio. Esas amas no eran en absoluto más asquerosas que otras, pero tuvieron la desgracia de simbolizar, en ese momento, aquellos veinte años enteros. Así que las machacaron con la vasija de estaño hasta que que-daron irreconocibles; y les arrancaron los ojos para luego lanzarlos por el descansillo de la escalera. Imagina el delicioso agotamiento con el que las dos chicas se fueron después a la cama, en esa misma casa, como todas las noches. Nunca habían dormido tan profundamente. Y ahora que están ante el juez, han representado tan bien su papel que la prensa burguesa no pue-de sino declararlas locas. Nadie entiende nada en Le Mans. ¿Por qué tuvo que pasarles precisamente a esas dos mujeres tan dulces y respetables? ¡Y el pobre marido! Un magistrado que estuvo esperando toda la noche a su esposa y a su hija en casa de otro magistrado. La hermana mayor contesta a todas las preguntas diciendo: “Les hemos dado una buena paliza”. La más joven llora cuando oye la voz paternal del juez, pero no pierde ni un instante la confianza que ha depositado en su hermana, que tiene la cara como una plancha y sólo enseña sus párpados. Quisiera hacer un retrato de las dos para distribuirlo como suplemento de L’Humanité. No porque el diario lo valga, sino para dar a los espíritus realmente revolucionarios algo distinto a los símbolos de la religión soviética. Pero tú que eres periodista sabrás más que yo de todo este asunto, ¿no tuviste que hacer ningún reportaje para tu periódico?
—A Jane y a mí nos han contratado para informar sobre la vida cultural parisina. Es decir, un mínimo de asesinatos, o en caso de tratarse de una cause célèbre, sólo lo que opina el parisino al respecto. Si Jane escribe un artículo, yo suelo ser ese parisino. Nos permiten las críticas siempre y cuando sean bajo el lema de: “París siempre será París”. Los holandeses en París somos menos quisquillosos de lo que puedas suponer, lo principal es que el camino del pecado no se aparte de las vías tradicionales. Si sopesamos nuestras palabras, incluso se nos permite escribir sobre el más reciente burdel que tiene una sala de baile en la planta baja, donde las mujeres se pasean como dios las trajo al mundo, y donde no te cobran más de cinco francos por una consumición y el público está integrado por pequeñoburgueses con paraguas acompañados por sus legítimas y totalmente devotas esposas… pero no pongas esa cara de asco, Guraev, ni siquiera cuando era un joven prometedor lograron excitarme doce chicas que levantaran la pierna al unísono, y ahora además acudo al espectáculo con mi mujer. Además, algo tiene que hacer uno cuando la crisis lo ha hundido en la miseria.
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