¡Oh!, de pronto cayó y tendida en el suelo con el vestido cubriendo su rostro, casi desnudo su cuerpo quedó en posición fetal… Se detuvo la música. Todos, dudando, miraban su actuar. Su cuerpo lentamente comenzó a mover, hasta quedarse boca abajo, levantó el tronco y con brusquedad echó su cabeza atrás.
Aplausos y silbidos la volvieron a animar. La danza, ahora más recatada, volvió a iniciar y avanzando como bailarina de ballet con cortos brincos llegó al bar, cogió una botella y bebió un sorbo. Luego extendió el brazo con la botella en la mano, miró al público invitándoles esa noche a embriagarse. Entonces avanzó y se detuvo frente a mí, llevó su mano a la cintura, me miró fijamente, levantó su ceja izquierda y doblegándome con su mirada, me lanzó un hechizo dejándome aprisionado bajo su mirada. Me pasó la botella de licor, se la recibí y sin pensarlo la vacié en mi garganta devolviéndosela vacía. Quería hacerme el macho dominante de la manada, a pesar de mi corta edad y poca costumbre de beber.
En Croacia abundan las mujeres bellas, pero ella no tiene comparación, su figura coqueta, su mirada insinuante me obligó a desnudarla con la mirada, quedando su imagen congelada en mi mente por largo tiempo. Yo, desde ese momento, haría cualquier estupidez por ella. La que fuera. Luego se alejó. Y me dejó deseándola. Tiene una forma de posar cuando se sienta, camina o mira que parece que no quiere pasar desapercibida ante nadie, hasta su vestido parece que fue diseñado por ella para llamar la atención, o para encarnar a una diosa desconocida.
Pero de algo estoy seguro, ella no es princesa, es ¡reina! Y yo quiero ser su súbdito. Y la quiero para mí. Pero el largo sorbo de licor que había bebido me dejó muy mareado, y ya estaba comenzando a sentir náuseas y ganas de vomitar, así que antes de hacer el ridículo decidí irme.
Me acerqué a ella para despedirme, preguntándole su nombre:
—Elizabeth —me dijo—, ¿y tú?
—Antun —le respondí.
—¿Pero ya te vas? Y ni siquiera hemos hablado, y yo quiero conocerte.
—Bueno, nos veremos entonces. ¿Cuándo? —pregunté.
—Cuando el destino lo quiera. —Y me acercó su mejilla.
—Destino, no me falles —dije, y ella rio. Sé que la veré.
—Mañana a las siete de la tarde en la plaza te esperaré.
Al día siguiente en mi anticipada llegada, sonaron por tercera vez las campanas de la iglesia y ella no llegó. Dos horas esperé y maldije al destino.
Llegué a mi casa desilusionado y me encerré en mi cuarto, mi madre entró y dijo:
—¿Hoy tenías que verla? ¿Y ella no fue? Descansa, mañana sí irá y las verás, y te acordaras de mí.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté, y ella solo sonrió abandonando mi cuarto.
Capítulo 2 Elizabeth mía
Ayer el destino no quiso que conociera a Elizabeth, pero no pierdo las esperanzas, hoy fui nuevamente a la plaza, después de todo si ayer no vino es porque tuvo algo más importante que hacer y a mí no me conoce aún, pero pronto pasaré a ser importante para ella, de eso estoy seguro.
Luego a medida que pasaba el tiempo, y ella no llegaba mis pensamientos empezaron a traicionarme, ¿pero por qué ayer no vino?, ¿será que se está burlando de mí?, en la fiesta estaba un poco ebria y además es bastante mayor que yo, por lo menos debe de tener unos veinticinco, y yo solo dieciocho, ¿pero la edad no debería tener mucha importancia?
Miraba a las mujeres al pasar, la reconocería desde lejos, lo sé.
Es tan diferente, recordaba su baile, su mirada, sus palabras… ¿ya te vas? Y yo que quería conocerte, ¿pero por qué ayer no vino?
Mi madre dijo que hoy la veré, ella es intuitiva y siempre acierta, en cambio a mí me traiciona la mente.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por las primeras campanas de la iglesia llamando a los fieles a la misa de las siete de la tarde, otra vez había pasado el tiempo en angustiante espera, ¿pero qué hizo esta mujer para meterse tanto en mi cabeza?, si no sé nada de ella. Pero existe el destino, es por eso que yo estoy aquí, y esperaré hasta el atardecer, hasta que vea renacer la primera estrella de la noche, no hoy no me iré, esperaré que llegues. No me iré.
De pronto un perro vago, chascón y sucio con la chasquilla que le cubre los ojos, olfateó la pata de la banca en la que estaba sentado, la bordeó y se dio vueltas para orinar, luego lanzando el chorro me mojó el pantalón y el zapato, yo salté y lo correteé, «¿no podías apuntar a otro lado», le grité al perro cuando sentí una risotada de mujer que había visto la escena, mientras yo golpeaba el pie contra el piso para eliminar las gotas de orina de mi brillante zapato, y ella seguía riendo. ¡Era Elizabeth! Parecía gitana húngara con su rojo vestido ajustado a las caderas y su escote que deja entrever sus blancos pechos. Me quedé paralizado, rojo y mudo, mientras ella se acercó, me abrazó y besó en la mejilla. Yo sentí el aroma de su perfume y el calor de su cuerpo que traspasaba su ligera ropa y provocaba placer en mí al sentir su contacto.
—¿Qué pasa? ¿No te alegra verme? —dijo mirándome a los ojos.
—¡Sí! —respondí abrazándola—. Te esperé ayer horas. Y no viniste.
—Es que pensé que tú no vendrías.
—Pero cómo no iba a venir si yo… —Y me quedé mudo otra vez.
—¿Tu qué? —dijo sonriendo con su mano en la cadera y su ceja levantada, mirándome fijamente a los ojos y dominándome como la primera vez que se acercó a mí.
Después de un instante sin decir palabras, la abracé y nuestras bocas se unieron en un largo beso, muy suave y delicado. No existía nadie a nuestro alrededor y parecía que el tiempo se había detenido para que disfrutásemos de ese momento. Aquel beso casi eterno me pareció que estaba sellando un compromiso hasta la eternidad con ella, y así fue, porque ese primer beso permaneció para siempre en el recuerdo, durante toda mi vida. Luego nos separamos y nuestros ojos quedaron clavados casi sin parpadear en un largo éxtasis de embobada contemplación, el dorso de mi mano se deslizaba en la suavidad de su rostro sonriente. Se cumplía la fantasía de cuando yo era adolescente y quería tener a la más bella mujer en mis brazos. No sé cómo describir este momento, para mí el mundo se había transformado, me sentía muy feliz. Pero no duraría mucho. La quietud de la tarde que se había confabulado para que fuéramos el uno para el otro fue interrumpida.
A lo lejos empezaron a oírse gritos, bombos y platillos que fueron aumentando en estridencia al aproximarse. Era un grupo de manifestantes que agitando las manos con los puños cerrados gritaban consignas contra los alemanes y los italianos. Hicieron que volviéramos a la realidad que Europa estaba viviendo, de la que yo, al igual que los inocentes que jugaban en los columpios del parque, no era muy consciente. Y menos aún en este momento en que se había apoderado la magia del primer amor marcado por ese tierno sentimiento y el sabor de aquel beso. No éramos más que Elizabeth y yo.
—¡FUERA LOS ALEMANES! ¡FUERA LOS FACISTAS ITALIANOS!
—¡NO A LA OCUPACIÓN DE NUESTROS TERRITORIOS!
La manifestación aumentaba.
—¡BASTA DE ABUSOS NAZIS! ¡VIVA TITO! ¡VIVA TITO!
Elizabeth dijo:
—Ese bullón de Tito, está a favor del estado Yugoslavo y no de una Croacia libre, es un mal croata, pero pronto dejará de serlo. Ya no bastan las guerrillas y las incertidumbres en este país, además todos los países fronterizos nuestros están a favor de Alemania, Croacia se unirá a Alemania y seremos libres, ¡ya lo verás!
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté.
—Estás un poco joven para entenderlo. Pero fíjate. Italia, Hungría, Austria, Rumanía y Bulgaria unidos con Alemania. Falta reconstruir el reino de los croatas, ¡no escuches a los bullones! Muy pronto estaremos en guerra. ¡Abrázame y bésame otra vez! No pierdas el tiempo.
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