Julian Gloag - La casa de nuestra madre

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"Madre murió a las cinco cincuenta y ocho." Así comienza esta historia de siete niños extraordinarios que, frente a la escalofriante posibilidad de enfrentar los horrores del orfanato, deciden guardar el secreto de la muerte de su madre y enterrarla en el jardín. Y todo transcurre en tensa y espeluznante normalidad hasta que, producto de otra tragedia inesperada, aparece un extraño amenazante: Charlie, quien dice ser su padre. Éste accede a guardarles el secreto y a partir de ese momento la atmósfera de la novela se transforma: al principio, su llegada parece una cuerda salvavidas y los niños aprenden a quererlo tal vez al grado en que querían a su madre; no obstante, las cosas pronto empeoran al descubrir que Charlie está muy lejos de ser el padre ideal. ¿Qué harán los niños a medida que su situación se vuelve cada vez más desesperada? El lector se topa con un desenlace impredecible y espectacular. «Leí este libro con gran placer y profunda admiración.» Evelyn Waugh "
La casa de nuestra madre me cautivó desde la primera página y no pude soltar el libro sino hasta llegar al final. Una historia penetrante y profundamente conmovedora." Christopher Fry "Con reminiscencias de la obra maestra de William Golding, 
El señor de las moscas, esta novela estalla en alturas insospechadas."
The London Magazine

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Hubert se asomó por encima del hombro de su hermana. Se alcanzaba a ver una parte de la carta de hasta arriba. Hubert empezó a leer:

—…los dejaremos de a seis. Por ahora nos echamos porras y nos preparamos para correr. Hacia delante, claro está. Aquí las muchachas se tapan por completo con unos paños marrón que les cubren hasta el reloj y no permiten distinguir una sola parte de su cuerpo. Con razón nunca hay chicos por aquí. Me desanima, pero no tienes que preocuparte por tu siempre fiel… —La letra era grande, clara y fácil de leer. Elsa empezó a sacar la hoja del atado, pero luego titubeó.

—Tal vez no deberíamos seguir leyendo.

—Eso —dijo Hubert—. Es algo privado, ¿no?

Elsa miró el montón de cartas.

—Sí, debe de ser privado. Como sea, no tiene mucho sentido. —Con un dedo dobló la carta que sobresalía para mirar el reverso. Sólo se alcanzaba a ver el encabezado del lado derecho, que tenía anotado lo siguiente: 89216 C/S Hook C. R.

—¿Hook? —dijo Hubert—. Debe ser pariente de Madre.

Sin contestar, Elsa volvió a meter la carta bajo el listón y guardó el atado en el hueco correspondiente.

—Espera un segundito, Elsie —dijo Hubert—. Déjame ver eso de nuevo.

—Es algo privado, Hu. Tú mismo lo dijiste.

—Pero… podría ser importante. Hook, C/S… Yo sé lo que es. Cabo Segundo. Y C. R. son iniciales. C. R. Hook. C. R. H. ¡Eso es! —exclamó, casi sin aliento—, eso es lo que dice el reloj, Elsie. ¡Es lo que dice el reloj!

—¿Cuál reloj?

—Pues el reloj de Madre, ¿cuál otro? No me digas que nunca lo has visto. —Corrió a la mesa de noche y volvió con el reloj—. Mira. —Le mostró la inscripción en la caja del reloj.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Cómo sabías eso, Hu?

—No te fijas mucho en las cosas, ¿verdad, Elsie?

Claro que me fijo en las cosas. ¿Cómo te atreves a decir eso? Me fijé en el cuaderno de ahorros, ¿no?, y en las cartas y los cheques, y, sobre todo, en ese cheque. Me fijé en eso, ¿o no? —dijo con voz desafiante, casi enfurecida.

Hubert cayó en cuenta de que no era miedo lo que sentía. Era algo extraño, algo que de alguna forma siempre había asociado con Jiminee. Titubeó, asombrado, pero luego dijo:

—Claro que sí, Elsa. No me refería a eso… Claro que te fijas en las cosas.

—¡Bien! —exclamó Elsa, quien seguía erguida en actitud de superioridad moral.

—Pero, ¿no es obvio? C. R. H… Debe de ser pariente de Madre…, de nosotros . Debe ser el hermano de Madre.

—Madre no tenía hermanos.

—Bueno, pues un tío… o un primo. Eso significa que tenemos un familiar, Elsa. ¿No lo ves?

—Ay, no hagas tanto alboroto, Hu —señaló Elsa con cierto desdén—. No es un tío ni un primo ni nada por el estilo. Si de verdad quieres saber quién es…, ¡es el esposo de Madre!

—¡El esposo! —susurró Hubert. Se quedó sumamente quieto, con la cabeza ligeramente ladeada—. Esposo —repitió. Alzó la mirada y se asomó al jardín, donde la suave brisa mecía las copas de los manzanos—. Entonces, Elsie…, eso significa que… ¡tenemos un padre ! —Lo inundó una oleada de emoción que le burbujeó en el pecho hasta salirle por las orejas—. ¡Un padre! ¡Un padre! ¡Tenemos a alguien, Elsie! ¡Tenemos un padre!

Elsa lo interrumpió de forma abrupta.

—No, claro que no. No tenemos a nadie.

Hubert se quedó helado.

—O sea que… ¿también murió?

Elsa apretó los labios.

—¡Ojalá!

—¿Qué significa eso?

—Pues eso. Eso decía Madre. Me lo contó cuando estaba enferma. No quería tener nada que ver con él. Nunca vino a verla. Siempre huía. Madre decía que era hierba mala. Que no era un caballero.

—Pero es nuestro papá… ¡Seguro querrá vernos ahora ! Seguramente nos quiere, ¿no? ¿No, Elsie?

—No tiene caso, Hubert. Madre decía que él nunca había amado a nadie que no fuera Charlie Hook. Ni siquiera nos conoce . ¿Cómo podría querernos?

—Pero tiene que. Tiene que.

—¡Hubert! Estás construyendo castillos en el aire. No nos quiere ni quiere vernos. Eso es todo. Sabía que no debía decírtelo. Creí que tú eras el más realista de todos —dijo Elsa. Hubert caminó despacio hacia la silla de mimbre junto al escritorio y se sentó. Bajó la mirada y se tapó la cara con las manos. Después de un rato, Elsa lo abrazó y apoyó la me­jilla en la cabeza de su hermano—. No llores, Hu —le susurró. Él se apretó los puños contra los ojos—. Te quiero, Hu. No llores. Nos tenemos el uno al otro. Los unos a los otros.

Poco a poco fue suavizándose esa cosa rígida que tenía en la garganta, como si se estuviera atragantando con diamantes. Bajó las manos y abrió los ojos, y esperó a que las estrellitas parpadeantes se fueran apagando.

—Estoy bien —dijo finalmente. Se puso de pie, aún con el brazo de Elsa sobre el hombro—. Sigamos.

Empezaron a revisar trozos de papel, en su mayoría recibos, que estaban apretujados en los cajones, entre trozos de listón, sujetapapeles y estampillas viejas. Las únicas cartas que encontraron eran de vendedores. Un montoncito, atado con el mismo cuidado que las cartas de Charlie Hook, estaba etiquetado como “Sermones de Padre” y contenía medias páginas amarillentas cubiertas con una caligrafía tan pequeña que era indescifrable. El hueco del centro estaba vacío, salvo por un sobre alargado en el que Madre simplemente había escrito “Mi testamento”. Elsa lo volteó. No estaba sellado.

—Esto está bien, ¿verdad? —preguntó.

—Sí, creo que sí —asintió Hubert.

En el jardín, una paloma arrullaba.

Sacó la única hoja de papel que contenía el sobre y empezó a leerla.

—Escucha —le dijo a su hermano—. “Testamento y última voluntad. Yo, Violet Edna Hook, con residencia en el número 38 de Ipswich Terrace, en mi sano juicio dispongo por medio de la presente que todos los muebles y los contenidos de la casa, el dinero en mi cuenta de ahorros postal y todos mis efectos personales se los heredo a mis queridos hijos, Elsa Rosemary, Diana Amelia, Dunstan Charles, Hubert George, James McFee, Gertrude Harriet y William John Winston, para que se los dividan por partes iguales, como ellos consideren. Les dejo también mi bendición, con la confianza de que se querrán y, al no tenerse más que los unos a los otros, encontrarán consuelo y exhortaciones continuas en las palabras y los hechos de Nuestro Padre Celestial. A mi esposo, Charles Robert Hook, quisiera de todo corazón legarle el perdón que rezo que algún día merezca y el amor que él nunca ocupó sino como un puñal que me enterró en el corazón; a pesar de todo, siempre lo apreciaré. Violet Edna Hook.”

Las cortinas se mecieron despacio y la brisa estremeció la orilla de la sábana blanca que colgaba de la cama. En lo alto del muro, la franja de luz solar se había movido muy poco. “Violet Edna Hook”, pensó Hubert. Parecía alguien diferente a Madre. Caminó a la cama y miró la silueta oculta. De pronto visualizó la daga larga y afilada que perforaba la carne de Madre y la sangre carmesí que salpicaba y manchaba la sábana blanca. Luego desvió la mirada y, tras inclinarse, metió con cuidado la orilla de la sábana bajo el colchón.

—Elsa, ¿cómo puede el amor ser una daga?

Elsa alisó el testamento con las manos.

—No sé —frunció el ceño—. Eres muy extraño, Hu.

—Me pregunto por qué Madre nunca nos dijo que teníamos un padre —dijo él.

—Sí nos lo dijo…, aquí —le dio unos golpecitos al testamento—. Y también me lo dijo a mí. Y yo ya te lo dije: en realidad no tenemos padre. No debe importarte, Hu. Madre dijo que no habría hecho ninguna diferencia. No te importa, ¿verdad? A mí no. Le prometí a Madre que no me importaría.

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