Julian Gloag - La casa de nuestra madre

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La casa de nuestra madre: краткое содержание, описание и аннотация

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"Madre murió a las cinco cincuenta y ocho." Así comienza esta historia de siete niños extraordinarios que, frente a la escalofriante posibilidad de enfrentar los horrores del orfanato, deciden guardar el secreto de la muerte de su madre y enterrarla en el jardín. Y todo transcurre en tensa y espeluznante normalidad hasta que, producto de otra tragedia inesperada, aparece un extraño amenazante: Charlie, quien dice ser su padre. Éste accede a guardarles el secreto y a partir de ese momento la atmósfera de la novela se transforma: al principio, su llegada parece una cuerda salvavidas y los niños aprenden a quererlo tal vez al grado en que querían a su madre; no obstante, las cosas pronto empeoran al descubrir que Charlie está muy lejos de ser el padre ideal. ¿Qué harán los niños a medida que su situación se vuelve cada vez más desesperada? El lector se topa con un desenlace impredecible y espectacular. «Leí este libro con gran placer y profunda admiración.» Evelyn Waugh "
La casa de nuestra madre me cautivó desde la primera página y no pude soltar el libro sino hasta llegar al final. Una historia penetrante y profundamente conmovedora." Christopher Fry "Con reminiscencias de la obra maestra de William Golding, 
El señor de las moscas, esta novela estalla en alturas insospechadas."
The London Magazine

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—¡Sé un hombrecito! —masculló entre dientes. No había dejado de verter el chocolate. Llenó la última taza con mano firme. Luego llevó la olla al fregadero y la llenó de agua fría.

—¡Está listo! —anunció.

Elsa se puso de pie para ayudarlo, y entre los dos repartieron las tazas. Los niños les agradecieron en voz baja.

—Gracias, Hu.

—Gracias.

—Gracias, Elsa.

—Gracias.

Mantenían la mirada baja. Sólo Gerty tuvo la audacia de darle un sorbo.

—Más azúcar —pidió mientras Hubert y Elsa tomaban asiento. Ambos la miraron, sin responder. Tenía un bigote blanco alrededor de los labios—. Bueno —agregó—, es que no está lo suficientemente dulce.

—Silencio, que falta la plegaria.

—Sí, la plegaria —dijo Elsa. Echaron las sillas hacia atrás y se pusieron de pie, cabizbajos. Hubert clavó la mirada en la mesa. En la superficie de su chocolate comenzaba a formarse una nata. Con delicadeza le sopló y vio cómo se arrugaba—. Señor —arrancó Elsa—, te damos gracias por estos dones…

—¡Escuchen! —la interrumpió Jiminee.

—¿Pero qué te…?

—¿Qué es…?

—¡Escuchen!

—Alguien está tocando la puerta.

Todos escucharon hasta que el sonido se repitió. Hubert se dirigió a la puerta abatible de la cocina y la abrió. El sonido era inconfundible. Quizá paraba unos diez segundos para luego reiniciar. Toc, toc, toc.

—¿Quién podría ser? —murmuró Gerty.

—Tal vez sea la señora Stork —dijo Diana.

—La señora Stork no haría ese alboroto —intervino Elsa—. Además, no le toca venir en viernes.

Jiminee esbozó una sonrisa pícara.

—Recuerdo que v-v-vino un viernes, v-v-vino a…

—¿Por qué no puedes recordar las cosas importantes por una vez en la vida? —preguntó Dunstan con una furia repentina, proveniente de la tenebrosidad de sus fantasías macabras.

Por lo regular no viene en viernes, Jiminee. Además —agregó Elsa—, ¿por qué vendría la señora Stork a estas ho­ras de la noche?

—A lo mejor es el repartidor.

—A lo mejor se ir-irán si no abrimos—dijo Jiminee.

—A ver —intervino Hubert—, sea quien sea tenemos que ir a ver.

—Por supuesto —dijo Dunstan.

Todos voltearon a ver a Elsa.

—Está bien —dijo—. Voy yo.

—Creo que debería ir un hombre —señaló Gerty de repente, con voz arrogante.

—A nadie le importa lo que tú creas —contestó Dunstan, furioso—. No eres más que una niña tonta. —Nadie le respondió. El silencio se quebró con otro arranque de golpes a la puerta: toc, toc, toc. Desde la puerta, Hubert notó que Dunstan palidecía y le temblaba el labio al caer en cuenta de que era su responsabilidad por ser “el mayor” de los varones. Poco a poco, la discreta fuerza de las opiniones infantiles se asentó sobre sus hombros—. A nadie le importa lo que creas —repitió, casi titubeante.

¡Toc, toc! ¡Toc, toc!, tocaron a la puerta.

—¿P-p-por q-q-qué no vas, Dun? —preguntó Jiminee.

—Porque le da miedo —contestó Gerty—. Eso creo yo.

Dunstan apretó los puños encima de la mesa refregada y meneó la cabeza gacha y tensa.

—Claro que no —susurró.

—Bueno, entonces, ¿por qué no…? —empezó a decir Gerty, pero Hubert la interrumpió.

—Iré yo —dijo—. De cualquier forma, estoy más cerca. —Salió al pasillo y la puerta abatible se agitó a su paso. Por un instante se quedó quieto, atento al silbido de la puerta. Una vez que ésta se detuvo, Hubert siguió andando por el pasillo y subió los escalones que llevaban al vestíbulo principal.

En la puerta había un hombre robusto; traía un uniforme azul claro y un gorro bien puesto en la cabeza, cuya visera le tapaba los ojos.

—¡Pero bueno! ¡Ya era hora! Eres más lento que un sepulturero viejo y bruto —dijo entre risas.

—Hoy no, muchas gracias —respondió Hubert y empezó a ce­rrar la puerta.

—Espera, espera —intervino el hombre—. Ni siquiera me preguntaste a qué vine.

—Bueno, ¿a qué viene?

—A ver a Vi.

—¿A Vi?

—Sí, a Vi. La señora de la casa. —Cruzó el umbral de un paso—. Imagino que será tu madre, amiguito.

—Me temo que no está en casa.

—¡Ja! ¿Cómo que no está? Pero este es el número 38, ¿no?

—Sí, pero me temo que no es la casa que busca.

—En eso tienes razón. No es la casa lo que busco —dijo y volvió a reírse—. Sólo dile a Vi que la busca el Sargento de Vuelo Millard. Apuesto a que para el Sargento de Vuelo Millard siempre está en casa.

—No…

—Mira, llevo un tiempo lejos, ¿sabes? ¡Y en Adén… ca­rajo! —Se asomó al vestíbulo y sonrió—. Lo recuerdo muy bien. Nunca olvidaría algo tan bueno. Es mi primer permiso en un año y vine directo aquí.

—Creo que no conocemos a nadie llamado Miller.

—¡Millard! No Miller, Millard. —El Sargento de Vuelo Millard se puso tenso, pero luego se relajó—. Bueno, quizá no recuerde mi nombre, pero dile que… dile que trate de re­cordar…, veamos…, la noche del 18 de enero del año pasado. —Soltó una risotada—. Memoria de fichero. Así se llama, amiguito. Presiono un botón, saco un archivo y ahí tengo la respuesta. ¡Bum! Así nomás. —El Sargento de Vuelo Millard de pronto avanzó medio metro de un brinco y azotó la palma de la mano sobre la mesita de la entrada—. ¡Así nomás!

Hubert permaneció quieto.

—Madre no está en casa.

—No me vengas con eso, amiguito —dijo el hombre en voz baja—. No me vengas con eso. Eso dicen todas… “No quiero volverte a ver.” Pero no hay que hacerles caso, ¿sabes? Hay una sola cosa que debes saber sobre las mujeres, niño, y te lo digo desde el fondo de mi corazón: siempre dicen lo contrario a lo que en realidad quieren decir. —Miró a Hubert fijamente a los ojos—. Así que no me hagas perder el tiempo y ve a buscarla, ¿de acuerdo?

—Lo siento mucho, pero Madre no está en casa.

—A ver, amiguito. No vengo con malas intenciones. Si tu mamá no está en casa, pues no está en casa y ya. Pero no se atrevería a dejar a un crío de tu edad solito, ¿o sí?

—Pero es que no está. En serio.

El Sargento de Vuelo Millard se acercó más a Hubert.

—No me vengas con eso, hijo. Soy un hombre paciente. Sólo entra y dile que estoy aquí.

Hubert reculó ante la amenaza implícita en la voz del desconocido.

—Creo que debería irse, si no le molesta.

El Sargento de Vuelo alzó la mano de golpe.

—Ándale, niño, ve, ve —dijo y bajó la mano un poco—. No tienes papá, ¿verdad? Tu papá no está en casa, ¿o sí?

—No tenemos…, digo…

El hombre lo tomó de los hombros.

—¿Es eso? ¿Tu papá está en casa?

Hubert intentó zafarse, pero el hombre lo sostuvo con fuerza y lo sacudió. Hubert percibió el olor a cerveza en su aliento.

—Sí. Eso es.

—Pequeño demonio, ¿por qué no lo dijiste desde el principio? —Soltó al niño de forma abrupta—. Vengo desde Victoria, ¿eh? —Se asomó de nuevo al vestíbulo—. Qué idiotez —murmuró. El reloj del vestíbulo marcaba las nueve y media—. Bueno, al menos sigue estando abierto. —Se dirigió hacia la puerta y se detuvo un instante para mirar a Hubert. La luz de la lámpara encima de la puerta iluminaba el piso recién pulido sobre el que estaba, de modo que su figura robusta parecía estar parada a la orilla de un mar de oro—. Qué idiotez… —repitió Millard lentamente—. Bueno, le dejaré un recuerdito mío, para que no me olvide. —Dio un paso al frente, alzó una de sus pesadas botas y la azotó con toda su fuerza sobre los tablones del suelo.

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