Julian Gloag - La casa de nuestra madre

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"Madre murió a las cinco cincuenta y ocho." Así comienza esta historia de siete niños extraordinarios que, frente a la escalofriante posibilidad de enfrentar los horrores del orfanato, deciden guardar el secreto de la muerte de su madre y enterrarla en el jardín. Y todo transcurre en tensa y espeluznante normalidad hasta que, producto de otra tragedia inesperada, aparece un extraño amenazante: Charlie, quien dice ser su padre. Éste accede a guardarles el secreto y a partir de ese momento la atmósfera de la novela se transforma: al principio, su llegada parece una cuerda salvavidas y los niños aprenden a quererlo tal vez al grado en que querían a su madre; no obstante, las cosas pronto empeoran al descubrir que Charlie está muy lejos de ser el padre ideal. ¿Qué harán los niños a medida que su situación se vuelve cada vez más desesperada? El lector se topa con un desenlace impredecible y espectacular. «Leí este libro con gran placer y profunda admiración.» Evelyn Waugh "
La casa de nuestra madre me cautivó desde la primera página y no pude soltar el libro sino hasta llegar al final. Una historia penetrante y profundamente conmovedora." Christopher Fry "Con reminiscencias de la obra maestra de William Golding, 
El señor de las moscas, esta novela estalla en alturas insospechadas."
The London Magazine

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La casa de nuestra madre no es explícitamente sobrenatural, e incluso cabe la posibilidad de que no fuera concebida en absoluto como una obra sobrenatural ni gótica; sin embargo, el terror que produce en los lectores es tan intenso como la fascinación y las emociones que genera. La personalidad de cada niño está delineada a la perfección: Elsa, desesperada tanto por mantener el orden como por afianzar su supremacía en la jerarquía familiar; Diana y Dunstan, rígidos, inflexibles y fanáticos religiosos a causa del lavado de cerebro que les hizo su madre; Hubert, quien hace cuanto puede por preservar la unidad familiar, pero sin saber bien cómo, y los niños más pequeños: el tartamudo Jiminee, que trae a casa a un niño abandonado, Louis Grossiter; Gerty, cuyas constantes e inconscientes indiscreciones la conducen al castigo, y Willy, que no comprende del todo lo que en realidad ocurre en esa casa.

La novela fue un éxito inesperado recién se publicó, y el gran Jack Clayton la llevó a la pantalla grande en 1967 con un guion de Jeremy Brooks y Haya Harareet. Clayton, famoso por The Innocents (1961), acaso la mejor adaptación que se ha hecho de Otra vuelta de tuerca , de Henry James, y por varias de sus películas posteriores, como El gran Gatsby (1974), basada en el texto de Francis Scott Fitzgerald, y El carnaval de las tinieblas (1983), adaptada de la novela de Ray Bradbury, se tomó algunas libertades con la novela de Gloag. A pesar de lo anterior, la película es una representación fiel y escalofriante del texto.

Gloag escribió otras novelas centradas en asesinatos y traumas psicológicos, pero ninguna tuvo el reconocimiento ni el impacto apabullante de La casa de nuestra madre . Este libro merece estar en manos de cualquiera que se precie de ser lector de la buena literatura de terror y los mejores relatos de lo extraño.

S. T. JOSHI

No bien los he dejado,cuando encuentro al amor de mi vida.Lo abrazo y, sin soltarlo,lo llevo a la casa de mi madre,a la alcoba donde ella me concibió.

Cantar de los Cantares de Salomón 3:4

PRIMAVERA

La casa de nuestra madre - изображение 6

I

La casa de nuestra madre - изображение 7

MADRE MURIÓ A LAS CINCO CINCUENTA Y OCHO. Lo último que hizo fue estirar el brazo para alcanzar el reloj dorado en la mesilla de noche. Aprisionado sin fuerza entre sus dedos huesudos, el reloj cayó de golpe, y en ese instante cesó su ritmo suave y quedó marcado el minuto preciso, el testimonio de un crimen.

Es posible que Madre viviera unos minutos más, pero no había forma de que se lo hiciera saber a sus hijos. Desde hacía ya varias semanas, era incapaz de musitar más que un par de susurros, y la cuerda bordada de la campana que colgaba sobre su cama llevaba tiempo desconectada del badajo en la cocina.

—No soporto las campanas —había dicho Madre hacía muchos años, cuando alquiló el número 38 de Ipswich Terrace—. Suficiente tengo ya con los domingos y los funerales.

Aun si la campana hubiera servido, estaba demasiado débil para tirar de ella. Su energía antaño inextinguible se había marchitado: no podía siquiera levantar una cuchara sin ayuda de Elsa.

Y Elsa, que había encontrado a Madre dormida al asomarse a su habitación tras volver de la escuela, no se atrevía a perturbar su hora de descanso. Sin embargo, al ser la mayor y, por ende, la responsable de asumir tanto su propia ansiedad como la de sus hermanos, se obligaba a volver a la habitación a menudo para escuchar si Madre despertaba. Pero no oía nada. Había muchos ruidos en la casa: el sonido de platos que chocaban entre sí en la cocina, donde Diana y Jiminee lavaban la vajilla; el gorjeo de la risa de Willy en el cuarto de juegos y la voz de Gerty diciendo “Ya me toca, Willy”; la eterna tos de Dunstan, sentado en la “biblioteca” entre volúmenes de sermones forrados en piel; un súbito estallido de martillazos proveniente de la recámara de Hubert. Elsa los tenía presentes de forma inconsciente (si alguno se hubiera detenido por mucho tiempo, habría ido a investigar), aunque no los escuchara en realidad.

La espera terminó cuando el reloj de abajo marcó las seis y media. Elsa abrió la puerta y entró. La habitación olía igual que siempre: a las viejas cortinas y a las luces nocturnas, al jabón de lavanda, al polvo que se levantaba entre los tablones pulidos del piso y a la cera abrillantadora que venía en unas latas rojas y doradas que una señora les vendía tres veces al año. Madre también olía igual. “Olor a Madre”: el suave perfume que despedía el enorme frasco del tocador.

La cabeza de Madre estaba girada hacia Elsa, con los ojos entreabiertos. Tenía el brazo izquierdo extendido, el codo recargado en el borde de la cama y la mano abierta en señal de recibir. Acariciadas por la brisa nocturna que entraba por la ventana abierta, las puntas que anudaban el turbante en su cabeza ondeaban con el aire como banderolas disparejas.

Elsa atravesó la habitación y se detuvo sobre el tapete de yute junto a la cama. Rodeó la fría muñeca con su mano por un instante. Luego se agachó y recogió el reloj. Estaba muy frío. Lo calentó entre las manos mientras le daba cuerda una y otra vez. La luz de la vela se estremeció y luego volvió a aquietarse. Había que acortar el pabilo.

Afuera, los estorninos trinaban antes de retirarse al cobijo de la noche. Desde el melancólico jardín de altas paredes llegaba el perfume de los lirios del valle que crecían fuertes al otro lado de la ventana. Era un mayo cálido, casi veraniego. El tiempo de los lirios había comenzado antes de tiempo y en breve llegaría a su fin.

Elsa levantó el rostro ligeramente. Escuchó el murmullo de los niños que, al otro lado de la puerta, esperaban a que los llamaran para entrar. Sólo ella sabía de la muerte de su madre, así como sólo ella se había dado cuenta en las últimas semanas de que Madre estaba muriendo poco a poco. Madre también lo sabía, desde luego, pero era un secreto entre ellas que ninguna se atrevía a compartir. Madre no era partidaria de mortificarse por asuntos desagradables.

De pronto Elsa dijo en voz alta:

—Tengo trece años. Tengo trece años —repitió, como para impugnar la creciente sombra de la habitación, tiniebla que aumentaba por culpa de la llamita de la veladora nocturna. Miró el reloj que sostenía en la mano: cinco cincuenta y ocho, decía. Sabía que esa no era la hora. Lo colocó de nuevo en la mesilla de noche, donde pertenecía.

Se dio la vuelta y atravesó la habitación hasta llegar al tocador; tomó el soporte que sostenía la peluca de Madre y lo puso en la mesa en medio de la recámara. Fue a buscar el peine de carey, guardado en el primer cajón junto con los pañuelos de hombre ligeramente perfumados que Madre solía usar. Luego se sentó en el borde de la silla de mimbre y comenzó a peinar la peluca.

Introdujo el peine con firmeza entre los rizos castaños, los estiró hasta alisarlos y observó cómo recobraban su forma. Desde que Madre se había debilitado tanto que no podía moverse, para Elsa se había convertido en la labor de cada noche. Siempre había sabido que Madre usaba peluca, y el resto de los niños lo sabía también: Elsa se lo explicó tan pronto tuvieron edad suficiente para saberlo. Incluso Willy, el más pequeño, lo sabía. No obstante, el tema sólo se había mencionado dos veces en presencia de Madre; la última, cuando Madre dijo:

—Estoy muy cansada esta noche, hija. Por favor, Elsa, cepíllame el cabello y sé una niña buena.

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