Robert Brasillach - El vendedor de pájaros

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El vendedor de pájaros: краткое содержание, описание и аннотация

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El vendedor de pájaros es una novela que reúne personajes inolvidables, cuyas vidas se entrelazan en un barrio parisino a principios de los años treinta. Un misterioso vendedor de pájaros; Isabelle, una joven estudiante universitaria, y sus compañeros de clase; Marie Lepeticorps, una tendera solitaria y gruñona, y un par de niños perdidos forman parte de este universo de figuras que, con especial delicadeza, describe, en su tercera novela, un joven Brasillach.
Isabelle había notado, desde hacía mucho tiempo, que su amigo el vendedor de pájaros era un artista y que habría desesperado si hubiera tenido que liquidar su mercadería. Se abastecía en la calle Du Vieux-Colombier: lo querían y le consentían precios. Solo paseaba sus pájaros dos veces al día, como mucho, por la mañana antes del mediodía y por la tarde durante dos horas antes del atardecer. El resto del tiempo, los dejaba en su ventana, abierta en verano, cerrada en invierno, y se dedicaba a sus ocupaciones que seguían siendo misteriosas para Isabelle.

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Cuando su hija hubo pasado los veintidós años, declaró con un tono sin réplica que había que casarla. Lepetitcorps, que no era un mal hombre, por primera vez, intentó levantar la voz y quiso que una hija única no se casara al azar con el primero que apareciera. Fue una hermosa escena, donde no podía llevar la delantera. Marie comprendía muy bien que su madre quería deshacerse de ella lo más rápido posible y que nadie resistiría a ese deseo. La madre Lepetitcorps anunció que ya había comenzado los trámites y que un primo lejano, un tal Joseph Lepetitcorps, sobrino de los Poyet, los fabricantes de galette, estaría dispuesto a casarse con Marie con una dote extremadamente reducida. Dejó entender que este no estaba en buen estado de salud, que sin duda tenía una enfermedad grave y que no resistiría mucho. Por otro lado, tenía un almacén muy pequeño en París. Los viajes eran complicados y caros, y era poco probable que Marie pudiera venir a ver a su familia con frecuencia. No se atrevió a añadir que eso era mejor, pero el padre y la hija se miraron y comprendieron lo que quedaba sobreentendido.

Para no dar que hablar en la región, el casamiento fue anunciado con grandes pompas y celebrado con las ceremonias habituales. Marie se entregaba con mucha indiferencia. Su prometido tenía quince años más que ella y parecía mucho más del doble. Una sonrisa de par en par fijada de una vez por todas sobre los labios, con grandes ojos saltones que salían de la cabeza, parecía golpear con una irremediable idiotez. Sin embargo, como llevaba con orgullo largos bigotes que caían, todo el mundo estuvo de acuerdo en proclamar que era un hombre apuesto. La boda fue celebrada con mucho ruido, y se remarcó que, por primera vez en mucho tiempo, la señora Lepetitcorps sonreía y parecía estar feliz. Sin duda, era por ver partir a su hija. En el postre, después del almuerzo, se levantó incluso con bastante buena voluntad para cantar una canción, cuyo estribillo fue retomado por los comensales.

Dos días después, Joseph y Marie Lepetitcorps partieron para París. Debían volver muy pocas veces al pueblo, y los padres no hicieron el viaje sino una sola vez. Con la costumbre, el marido se había revelado como un idiota sin duda y holgazán, pero también mostraba tendencias a la crueldad y una especie de sadismo ingenuo que solo su extrema cobardía no le permitía mostrar con suficiente fuerza. Marie Lepetitcorps, luego de algunas semanas de estupor, descubrió que él era muy fácil de dominar y se la hizo pagar caro. Ella contaba las monedas de su tabaco y de sus ómnibus, le controlaba las distracciones. Sin embargo, ella no podía impedirle ir al café y, por cierto, parecía aceptarlo: cuando volvía ebrio, lo acostaba con mucho desagrado aparente, pero se sentía liberada del borracho durante una jornada entera y liberada con alegría.

El padre y la madre Lepetitcorps murieron pronto, con algunos meses de distancia, hacia comienzos de la guerra. La herencia fue de poco valor, la mayor parte de la fortuna fue colocada en fondos rusos. Una vez arreglados los asuntos de la granja y desterrados los recipientes de cerámica donde la señora Lepetitcorps había escondido el oro, no le quedaba gran cosa a Marie. De esta manera, fue satisfecho el deseo secreto de su madre. En cuanto al oro, lo guardó y debió venderlo en 1927, cuando el luis se pagaba hasta ciento setenta francos en el Banco de Francia. Por eso, de todos modos, no hizo un mal negocio.

El almacén que tenía Joseph Lepetitcorps tampoco era un mal negocio. Sin generar sumas considerables, les permitía a los dos esposos, que no tenían gustos muy caros, vivir cómodos. Fuera de los escasos viajes que ella hizo para ir a ver a sus padres y, a veces, los domingos de verano un paseo por Meudon o por Joinville, jamás Marie Lepetitcorps dejó París. O más exactamente Montsouris. Pues ella consideraba París con una desconfianza de campesina y no le gustaba mucho esa gran ciudad llena de movimiento que escuchaba agitarse detrás de sus espaldas. Muy pocas veces iba allí y no se atrevía a cruzar la avenida D’Orléans. De hecho, el desierto de la avenida Reille y de la avenida Du Parc de un lado, del otro los bulevares exteriores, que contaban entonces entre los de más mala reputación de París, con su zona, su albergue y sus terrenos baldíos, la aislaban en su estrecho territorio. Tenía como clientes frecuentes a algunos rentistas retirados, que vivían de las casitas en los alrededores del parque, al borde de las calles que subían, pavimentadas como en provincia. Tal vez, es lo que le había permitido no sentirse demasiado desorientada al llegar a París. Sin duda, para mayor tranquilidad, su marido, con el respaldo de quince o veinte años de vida parisina, se había creído obligado, los primeros tiempos, a llevarla al teatro. De esta manera, ella había conocido L’Ambigu y la Porte-Saint-Martin e incluso había visto actuar a Sarah Bernhardt, que no la deslumbró. Pronto había tenido la restricción de sus gastos desconsiderados y, durante todo el tiempo de matrimonio, se contentó con salir, aproximadamente, una vez cada dos años, en las cercanías de la Navidad. Hay que decir que, en el Parc Montsouris, se llevaba entonces una existencia bastante particular, que recordaba la de las afueras. Para entrar en relaciones con la capital, se debía ir hasta el Lion de Belfort o hasta la Porte d’Orléans. De ese lado de estas fronteras, se vivía en un mundo cerrado, encantador por cierto, lleno de árboles y de luces.

Joseph y Marie Lepetitcorps no habían tenido hijos y Marie sabía que ella debía echarle la culpa, seguramente, a esa misteriosa enfermedad de la que fue víctima su marido, como se lo habían advertido. Enfermedad que no le impidió perdurar alegremente: con todas sus discapacidades, él habría llegado, sin duda, a muy viejo, si, hacia 1921, no hubiera tomado frío, una noche de borrachera, y no hubiera muerto inmediatamente. Marie se había resignado desde hacía mucho tiempo. Los acontecimientos la atravesaron sin que estuviera atenta. La propia guerra no había sido más que una época en la que las mercaderías habían aumentado de precio de manera súbita sin que se supiera muy bien por qué. De hecho, realizó bastantes buenos negocios al comienzo, principalmente con los viejos rentistas enloquecidos que querían abastecerse de azúcar. Luego, en la época de las tarjetas, hubo momentos difíciles, pues Marie Lepetitcorps no era lo suficientemente buena para el contrabando y le temía al peso de la ley. También estaban las alertas nocturnas, que le impedían dormir, las metrallas de la Bertha y los aviones. Todo eso era bastante desagradable, especialmente porque Joseph, que era de temperamento miedoso, temblaba como una hoja y pegaba grititos durante horas enteras.

Un buen día, Marie Lepetitcorps se encontró, por lo tanto, exactamente sola en el mundo: sus padres y su marido, desaparecidos; solo tenía algunos primos lejanos de los que casi había olvidado el rostro y que no le interesaba volver a ver. Su único horizonte estaba limitado por esa tienda verdosa, que ella hacía repintar del mismo color cada cinco años y cuyo olor de café, de petróleo y de galletitas viejas resumía para ella todo el universo. Se encariñó con cierta obstinación.

Ahora, se parecía completamente a su madre. Al igual que ella, vestía de negro, con esa multitud de enaguas y polleras cuya costumbre había conservado de su infancia campesina. Como ella, era a la vez ávida de ganancias e indiferente. Y, como si ella tuviera misteriosas revanchas que tomar, no sonreía casi nunca y atendía a sus clientes con una brusquedad bastante arrogante.

Sobre su rostro triste, ondulado de pequeñas arrugas, uno no notaba, en principio, nada. Era un rostro de campesina francesa, flaco y redondo, sin mucha carne, con un mentón duro y dientes feos. Pero tan pronto como uno conocía su mirada esquiva, era sorprendido por ojos sin color, extrañamente vacíos, que jamás miraban y a menudo se volvían fijos como ojos de ciego.

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