Robert Brasillach - El vendedor de pájaros

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El vendedor de pájaros: краткое содержание, описание и аннотация

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El vendedor de pájaros es una novela que reúne personajes inolvidables, cuyas vidas se entrelazan en un barrio parisino a principios de los años treinta. Un misterioso vendedor de pájaros; Isabelle, una joven estudiante universitaria, y sus compañeros de clase; Marie Lepeticorps, una tendera solitaria y gruñona, y un par de niños perdidos forman parte de este universo de figuras que, con especial delicadeza, describe, en su tercera novela, un joven Brasillach.
Isabelle había notado, desde hacía mucho tiempo, que su amigo el vendedor de pájaros era un artista y que habría desesperado si hubiera tenido que liquidar su mercadería. Se abastecía en la calle Du Vieux-Colombier: lo querían y le consentían precios. Solo paseaba sus pájaros dos veces al día, como mucho, por la mañana antes del mediodía y por la tarde durante dos horas antes del atardecer. El resto del tiempo, los dejaba en su ventana, abierta en verano, cerrada en invierno, y se dedicaba a sus ocupaciones que seguían siendo misteriosas para Isabelle.

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Entre esos amigos —para los más afortunados, ella ignoraba hasta los nombres de estos—, a ella le gustaba acordarse, ante todo, de los momentos de necesidad, de horticultores y de floristas de la calle D’Alésia. Los había conocido un día en el que estaba verdaderamente abandonada por la suerte. A la mañana había roto una cigüeña de vidrio que le servía de fetiche; su amigo Daniel, que debía llevarla la noche anterior al cine, la había dejado esperar sola una hora en un café y le había enviado, finalmente, unas palabras por el más imbécil de sus compañeros de la Sorbona; la amiga que venía a ver a la Ciudad Universitaria para pedirle ayuda no estaba allí. Isabelle era traicionada. Fue entonces que los vendedores de la calle D’Alésia habían comprendido. Le habían gritado sus verduras y sus flores, no para que ellas las comprara, sino como declaraciones de amistad. “¡Manzana!”, decía uno. “¡Naranja!”, exclamaba otro. Y aquel: “¡Rosa! ¡Violeta! ¡Flor fresca!”. E Isabelle sentía tan claramente, como si lo hubiera visto escrito, que no había s en todos esos sustantivos que se dirigían a ella. No había ni siquiera en los que gritaban “¡Coliflor!” o “¡Zanahoria!” alguno que no expresara ingenuamente su afecto y su deseo de consolarla. Pronto, además, esas declaraciones anónimas no habían sido suficientes y, de cada pequeño coche, una fruta, una flor habían sido tendidas a Isabelle, lapidada bajo los homenajes de amistad. Se le había pedido volver, mientras que uno deslizaba un huevo fresco en el bolsillo derecho de su impermeable y un cangrejo de río en el bolsillo izquierdo. Había tenido un atado de perejil para su revés, un ramo de violetas para su canesú, una naranja en su bolsa, una banana para comer de inmediato. Y cada uno gritaba mirando sus orejas: “¡Qué pena no estar en la estación de las cerezas!”. Una mujer rolliza empujaba hacia ella su carreta como un carro, le pidió elegir como si le hubiera ofrecido joyas sin nombre y le dijo:

—Cuando quieras volver, mi pequeña, solo tendrás que preguntar dónde estoy. Yo soy Alexandrine, llamada Sandrine, y he cantado en la Opéra-Comique.

Cuando ella volvió a su casa, colmada, Daniel la esperaba para hacerse perdonar, con una cigüeña de vidrio parecida a la primera, y su amiga lo invitaba a venir a verla.

Por lo tanto, un poco más tarde, ella había recibido con alegría la idea de ir a vivir a Montsouris. De vez en cuando, salía a pie para la Sorbona, de manera tal de encontrar a Alexandrine y decirle buen día. Y pronto había aparecido en su universo el vendedor de pájaros. Ella se hacía esa idea, poco a poco, de que el barrio había recibido una bendición especial y de que uno había enterrado, al pie del primer árbol plantado del parque (con la ceremonia conveniente, la Marsellesa, el Consejo municipal y el representante del presidente de la República o del emperador), que uno había enterrado un poco de tierra del paraíso. Ella no sabía que esa tierra la encontraría, sin duda, por todos lados por donde fuera.

Mientras que Isabelle volvía a subir hacia las Residencias Universitarias, su amigo el vendedor de pájaros bajaba los caminos en pendiente del Parc Montsouris y dejaba a lo largo de su paso una gran estela de admiración. Los niños, sobre todo, le seguían el rastro, los ojos fijos en las jaulas milagrosas, el dedo en la boca y sin ver las piedras y las temibles trampas dispuestas, alrededor del césped, para las rodillas. Si las cotorras, como lo hacen a veces, lanzaban un gritito, a ellos ya no les importaba: se precipitaban hacia sus madres, mostrando de la mano al hombre maravilloso, y lloraban, porque las maravillas hacen llorar a los niños. Sin ver las catástrofes que sembraba al pasar, continuaba su ruta, un poco preocupado, porque pensaba en el precio de los alimentos o porque por la noche refrescaba.

Nunca se detenía, y uno puede suponer que apenas se interesaba por los niños. Pero jamás sabremos lo que nos depara el futuro, y el vendedor de pájaros, que tenía el aspecto, sin embargo, de un viejo brujo, no lo sabía más que nosotros. Esa noche había sido una noche más como todas las otras, y había dejado a Isabelle a la misma hora. Y, no obstante, esa noche no era como todas las otras, y se podría arriesgar a decir que muchas cosas fueron cambiadas en su vida, simplemente porque caminaba más preocupado que de costumbre y que no había visto algún obstáculo que se levantara frente a él. Tropezó, casi pierde el equilibrio, arrojó un vistazo angustiado sobre sus jaulas. Las cotorras tenían ese aspecto extremadamente desconcertado que adoptan las personas importantes ante quien se ha dejado escapar un gesto incongruente. Murmuró algunas palabras y vio a un niño al lado suyo.

Ese desafortunado niño llevaba una gorra mucho más grande que le tapaba las orejas y casi los ojos. Su pantalón, claramente hecho para un hermano mayor, subía hasta las axilas: pero, por el contrario, le cubría los tobillos. Una pequeña chaqueta corta, prendida por un solo botón cerca del cuello, completaba esa vestimenta extraña. Vestido de esa manera, sin embargo, parecía seguro en su compostura y en sus dichos y, echando hacia atrás su gorra, le mostró al vendedor de pájaros gordas mejillas bien frías, esas mejillas sorprendentes y paradójicas de niño parisino y grandes ojos negros un poco burlones. Al mismo tiempo, señalaba las jaulas con el dedo.

—¿Es suyo eso?

—¿De quién quieres que sea? —gruñó el anciano.

—De otros, ¡por supuesto! Hay gente que roba, usted sabe. También hay otros que pasean animales. Conozco un viejo que pasea perros. Todos los días. ¿Por qué usted no pasearía pájaros?

El viejo se echó a reír, enternecido por esa idea descabellada.

—No se pasean los pájaros.

—¿Por qué?

—No sé.

El niño levantó los hombros, como si esa falta de lógica lo irritara profundamente. Luego, soltó:

—Los pasea bien, usted.

Vuelto humilde, el vendedor de pájaros no supo qué responder.

—En todo caso, no están mal —retomó el niño—. Me pregunto cómo hace para no volcar el agua de su bañera, al pasearse de esa manera.

Se levantó en puntitas de pie.

—Por otro lado, usted la vuelca. Pero, en fin, no demasiado. No hay nada que decir, usted es hábil.

El hombre se puso a pensar una gran cantidad de cosas bastante difíciles de expresar: entre otras, que si el agua de las bañeras se hubiese volcado, era precisamente culpa de ese niño que se metía sin discernimiento en las piernas de las personas; que el propietario de los pájaros habría debido odiar enormemente a ese niño y, tal vez, incluso darle una patada en el trasero o tirarle de las orejas y, en todo caso, no responder a sus preguntas; que, en verdad, no sabía por qué no había hecho nada de eso e incluso no tenía ninguna intención de hacerlo. Por lo tanto, en vez de buscar desenmarañar con palabras sentimientos tan confusos, prefirió callarse.

El niño pareció reflexionar un instante, echó un poco más para atrás su gorra, la hundió con cuidado y puso las manos en sus bolsillos.

—¿Dónde vive?

—Bastante lejos de aquí, cerca de la calle Mouffetard. No debes conocer.

El viejo no sabía por qué había respondido con tanta facilidad. Por lo general, no le gustaba dar su dirección. Salvo, naturalmente, a los agentes de la fuerza pública, con quienes siempre se mostraba muy educado, como se debe.

—Sí —valoró el chico—. Bastante lejos. No puedo acompañarlo. Pero, en su lugar, me sentaría un rato en este banco. Así, tendría tiempo de mirar los pájaros. Me dirá qué comen y cómo los cría.

El otro se sentó, aunque la hora en la que hacía volver a sus pensionistas estuviera un poco pasada. Y, lentamente, como si se presentara a un examen difícil, se puso a explicar cómo los pájaros duermen la mayoría del tiempo sobre una pata, lo que comen, lo que prefieren, la época de los amores y la época de la puesta de huevos. Como le hablaba a un niño, para designar la época de los amores, decía la del matrimonio.

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