Robert Brasillach - El vendedor de pájaros

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El vendedor de pájaros: краткое содержание, описание и аннотация

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El vendedor de pájaros es una novela que reúne personajes inolvidables, cuyas vidas se entrelazan en un barrio parisino a principios de los años treinta. Un misterioso vendedor de pájaros; Isabelle, una joven estudiante universitaria, y sus compañeros de clase; Marie Lepeticorps, una tendera solitaria y gruñona, y un par de niños perdidos forman parte de este universo de figuras que, con especial delicadeza, describe, en su tercera novela, un joven Brasillach.
Isabelle había notado, desde hacía mucho tiempo, que su amigo el vendedor de pájaros era un artista y que habría desesperado si hubiera tenido que liquidar su mercadería. Se abastecía en la calle Du Vieux-Colombier: lo querían y le consentían precios. Solo paseaba sus pájaros dos veces al día, como mucho, por la mañana antes del mediodía y por la tarde durante dos horas antes del atardecer. El resto del tiempo, los dejaba en su ventana, abierta en verano, cerrada en invierno, y se dedicaba a sus ocupaciones que seguían siendo misteriosas para Isabelle.

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Lejos de esta mujer que lo intimidaba, el viejo se aventuró a preguntarle al chico qué hacía y dónde vivía.

—¡Marruecos! —dijo el otro como si la pregunta no se formulara.

En efecto, vivía en esa región de la zona, detrás de los muros de la Ciudad Universitaria francesa. Allí, uno encuentra muchos miserables, que viven con poco en especies de chozas de tablas, en antiguos vagones de la guerra (40 hombres, 8 caballos a lo largo). Otros, a pesar del pintoresco exterior de su habitación, son los burgueses de la región. Era el caso de los padres del pequeño, y él se encargó de hacérselo comprender a su nuevo amigo. Sin duda, su morada era una vieja casilla rodante, que terminaba, detrás del salón de fiestas de la Ciudad Universitaria, su vida errante. Pero, bien calzada sobre sus ruedas ya inmóviles y por ese poco espacio entre ella y el suelo, preservada de la humedad, había sido cuidadosamente reparada y vuelta a pintar. Su chimenea, bajo su pequeño sombrero de chapa, fumaba con normalidad. Las cortinas de sus minúsculas ventanas siempre estaban limpias y repasadas. En los alrededores se extendía un cercado bastante reducido, pero bien conservado, donde se podía alojar una conejera y donde una parcela de coles, una parcela de tomates y una parcela de zanahorias que se comían verdes certificaban que los pasatiempos de los inquilinos les permitían dedicarse a las alegrías de la naturaleza y cultivar su jardín, según el deseo del sabio. No eran propietarios: la mayoría de las casas de la zona pertenecían a explotadores cuya alma casi siempre es feroz y que, por haber vivido una vida miserable en esos mismos lugares, solo aprendieron la severidad para con esas pobres personas. Por suerte, el dueño de la casilla rodante era relativamente honesto y no les robaba demasiado. Por cierto, pagaban regularmente y “tenían con qué”. Sus dos hijas gemelas, mayores que el pequeño, iban a la escuela. Sin duda, eran ropavejeros, como son casi todos los habitantes de la zona. Pero ropavejeros “casi al por mayor”, como decía el pequeño con orgullo. Si bien el padre ponía siempre él mismo manos a la obra, también tenía sus captadores de clientes, sus empleados. En fin, estaba conectado con un gran revendedor a quien le cedía lo que recolectaba de una manera absolutamente regular. Como la mujer era trabajadora, las damas de beneficencia se interesaban por ella y le confiaban, a veces, trabajos de costura. En suma, en ese mundo de la zona, ellos constituían, por más extraño que esto pueda parecer, una verdadera aristocracia. En otra parte, hubiesen sido miserables. Aquí, eran respetados y queridos.

El vendedor de pájaros comprendía perfectamente, con lo que le decía el pequeño, las distinciones elementales que era conveniente respetar. Y no se sorprendía de ver merodear hacia las nueve o las diez de la noche a ese chico vestido como un mendigo, pero como un mendigo de teatro, limpio y cuidado. Pues era, de todos modos, un chico de la zona, semejante a sus compañeros más miserables y semejante al que había podido ser, sin duda, el vendedor de pájaros, unos cincuenta años antes. Y todos los recuerdos de un pasado lejano y los de un pasado más cercano que Isabelle no sospechaba podían unir a los dos nuevos amigos.

El ligero viento pasaba por arriba de la cima de los árboles, empujando hacia Gentilly formas estiradas, demasiado deshechas y fofas. La muchacha, ella, ya había llegado el césped de la Ciudad Universitaria, donde, con grandes gritos, la habían recibido.

—¿De dónde vienes, Isabelle? —preguntó Paulette.

—Sabes perfectamente —dijo Laurent Willecome— que ella fue a ver a su amigo el vendedor de pájaros.

Ella rio y le sonrió a Laurent, porque quería a ese muchacho, largo e indiferente, que tenía un excelente fonógrafo, un acordeón, muchos discos, se burlaba agradablemente de cada uno, siempre alegraba las veladas más lúgubres y, decía, no quería a nadie. Ahora, eran cuatro, como casi todas las noches de ese verano: Laurent Willecome, que era estudiante de Medicina (primer año); Daniel Mauduit, que preparaba sus concursos de Filosofía; Isabelle Archambault, que acababa de terminar su licenciatura, y Paulette Sauvageot, que probablemente estudiaba Derecho y que pasaba su existencia riendo, con mofletes regordetes y hermosos dientes.

La noche había caído completamente. En la cima de esta torre central de las Residencias Universitarias que parodia una iglesia de pueblo alsaciano, se posó un cuerno de luna. Los cuatro jóvenes charlaban y reían en voz baja, porque estaba prohibido hacer ruido después de las diez de la noche. Laurent había detenido su fonógrafo donde todavía giraban discos de 1925 un poco gastados, que le encantaban porque evocaban en su memoria sus catorce años y los últimos años de la escuela secundaria.

Más tarde, Isabelle y los otros se acordarían siempre con una angustia indecible de esas veladas de su juventud, donde no pasaba nada y que seguían siendo para ellos más inolvidables que las más grandes alegrías. Esa velada, y otras por cierto, sobre un césped pisado por jóvenes cuerpos o en otro lado frente a un chorro de agua, con el murmullo retumbante de París a lo lejos detrás de las murallas y la sensación única de que todo es breve y que quedan pocos años. Entonces, a veces, los dientes apretados contra las muñecas, dejarían ir a ellos esas noches agradables, esos anocheceres apenas liberados de un sol que pesa, el olor de los bancos de clase, de barnices viejos, las partículas de polvo desaparecidas, el crujido de un suelo deteriorado, las conversaciones en voz baja que, por lo general, se prolongaban hasta los confines del día. Para comenzar, pensaban en ello. Por cierto, su melancolía futura formaba parte de su placer presente, se instalaba en el centro y, música invisible, advertía en sordina que un solo verano más, tal vez dos, quizá tres, les ofrecerían las gratuitas maravillas de la juventud y que sería necesario pensar inmediatamente en ser sabios.

Los que los rodeaban ya no veían nada, en la agradable noche centelleante, de su apariencia corporal. Solo escuchaban un murmullo confuso, risas ahogadas, el suelo herboso golpeado por un cuerpo invisible. Podían ignorar esos camaradas casuales, que la sombra restituía a lo mejor y a lo esencial de ellos mismos, hacía símbolos solamente, símbolos del momento y de los años efímeros, despojaba de vulgaridades y de fealdades. Era una noche de verano que comenzaba, en ese París que un día abandonarían y donde los menos sensibles sabían que habían encerrado lo más precioso de ellos mismos.

Se callaron. Algún tiempo, Laurent tarareó con la boca cerrada algo venido de Hollywood o de Hawái. Luego, se hizo el simple silencio, en el que todos sueñan con su noche personal, con su encanto incomunicable. Del parque vecino a veces llegaban bocanadas más frescas, enviadas por los altos árboles imponentes, que uno percibía, pegados al cielo estrellado. El reloj sonó, como puede sonar el reloj en la iglesia, en un pueblo desierto, donde solo se enrojece la puerta del panadero. Paulette se estiró y anunció que iba a acostarse. Se desearon buenas noches.

Pronto, Isabelle se encontró sola, en su habitación de arriba, donde por la ventana abierta aún entraban mil perfumes y mil sueños.

Era la hora en la que, casi cada noche, ella llamaba en su ayuda a algunos monstruos. A las muchachas les gustaban naturalmente los monstruos y, alrededor de ella, en las cortinas de grandes flores, entre los libros de los estantes, sobre la copa negra de sicomoro marrón y sobre el pájaro de vidrio hilado, aparecían. Ella no dormía, pero, con la luz encendida, se quedaba bien despierta, recibiéndolos con una sonrisa. Sin duda, se casaría con uno de ellos, un poco más tarde, el hombre con cabeza de gato, o el hombre con doce pies, o ese gran caballo alado cuyos ojos tenían tanta dulzura humana. Sin duda, se casaría con uno de ellos, un poco más tarde, el astuto, el malvado, el sanguinario, el joven con cara de niño que nunca reía más que con su propia crueldad, el bárbaro torcedor de miembros, el sádico o el que no podía querer a las mujeres sino por parejas, el Barba Azul, el devorador de sesos, el Ogro o la Bestia.

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