Ingmar Bergman - La buena voluntad

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La primera entrega de la «trilogía familiar» de Ingmar Bergman reconstruye, a partir de fotografías, especulaciones y frases dichas a media voz, los primero años de la turbulenta relación de sus padres. Una relación llena de epifanías y decepciones, malherida por los prejuicios y el hostigamiento familiar, si no por los mismos impulsos que la hicieron nacer.La inmensa estatura de Bergman como cineasta ha eclipsado a menudo su también inmensa importancia como escritor. Concebida como un epílogo al filme «Fanny y Alexander» y convertida en serie de televisión y largometraje por Bille August como «Las mejores intenciones» (ganador, a su vez, de la Palma de Oro en Cannes), «La buena voluntad» es quizá el título más importante de la obra de Bergman como escritor.La cercanía sentimental del autor con lo narrado y el peso de los protagonistas en la formación de su propia sensibilidad convierten esta novela en la más íntima de sus indagaciones en las pasiones humanas, un testimonio rotundo de la conducta de hombres y mujeres que Bergman aprovecha para revisar y fijar la nómina completa de sus obsesiones: la incomunicación, la mentira, la culpa, el vértigo sexual, las relaciones de poder en el seno de la familia, la convivencia en pareja, la esperanza (o la fe) y su pérdida; y el rencor, como un incesante y mórbido baile de máscaras.

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Justus Bark entra sin llamar. Tiene la misma edad que Henrik pero es bajo y corpulento, de ojos oscuros, nariz grande, pelo negro. Habla con acento de la región de ­Hälsingeland y tiene los dientes mellados. Va pulcramente vestido con un traje oscuro, camisa blanca, cuello y puños postizos, ­corbata negra y zapatos desesperadamente brillantes, pero gastados.

justus: Ecclesia invisibilis, ecclesia militans, ecclesia pressa, ecclesia regnans y, finalmente y sobre todo, ecclesia triunphans. ¿Sabes qué es lo peor de todo con el viejo Sundelius? Me lo contó Gyllen ayer por la tarde. Gyllen falló en lo ecuménico porque no sabía que la Iglesia católica romana había celebrado veinte concilios, pero que la Iglesia católica griega solo reconocía los siete primeros. ¿Qué concilios reconocían los griegos?

henrik: Nicea, año 325; Constantinopla, 381; Éfeso, 431; Caledonia, 451. Constantinopla, otra vez años 553 y 680; y Nicea, 787.

justus: Bravo, bravo, señor bachiller. Gyllen no lo sabía y el temible Sundelius le suspendió. Primera pregunta, respuesta errónea, fuera. Ahora tenemos miedo, miedo de verdad, he tomado demasiado café, de ese brebaje que llaman café. ¿Tienes unas hojas de té que prestarme? Me arde el estómago como el infierno.

henrik: En el armario, Justus. Nos vemos dentro de diez minutos. Abajo, al pie de la escalera. Y despiertos.

justus: Gyllen es rico. Le suspende Sundelius a los tres minutos de examen, se encoge de hombros y se va de vacaciones después del baile de la primavera. Y se prepara la Historia de la Iglesia para Navidad. ¿Me harías el favor de…?

henrik: No, gracias. Amicus.

justus: ¿Qué es ese cardenal que tienes en el pecho?

henrik: Es Frida. Muerde.

justus: Nos vemos dentro de diez minutos.

henrik: Pax tecum.

Cuando Justus abandona la habitación, Henrik se queda desnudo unos instantes en la intensa luz solar, trata de respirar despacio y dice en voz muy baja: ¿Me ayudarás, Señor? Como salga mal hoy, será una catástrofe. Ya se podía poner enfermo el viejo Sundelius y mandar al bueno del auxiliar. No sería la primera vez.

Pero justamente esa mañana, el temible profesor ­Sundelius no está en absoluto enfermo, más bien al contrario. A las ocho menos diez hay tres examinandos esperando sentados en el espacioso vestíbulo. Porque el profesor se ha casado con una mujer rica y vive en un suntuoso piso de doce habitaciones en la plaza Vaksala. La puerta del comedor está abierta, dos sirvientas uniformadas de azul y blanco quitan la mesa del desayuno. La esposa del profesor, majestuosa pero algo coja, se deja ver durante unos segundos. Echa una mirada rápida e impertinente a los pálidos examinandos que se levantan y se inclinan respetuosamente con lisonjera sonrisa —como si fuera a servirles de algo—. El reloj de la sala da las ocho con sordas campanadas: «No escuches el reloj de tu sepulcro que te llama a comparecer ante Dios o ante Satán», piensa Henrik citando a Macbeth, acto segundo, primera escena. El secretario del profesor (porque tiene secretario, es muy rico, se dice que será ministro en la próxima remodelación del Gobierno), el secretario, pues, es una persona bastante desabrida, sufre de soriasis, tiene los ojos acuosos y disfruta en secreto del terror que propaga cuando, con humilde entonación, llama a los tres jóvenes al despacho del profesor.

El profesor Sundelius es un hombre gallardo de unos cincuenta años, con un rostro franco, cutis sonrosado, abundante pelo entrecano y barba. Viste un bien cortado batín que pone de relieve lo proporcionado de su figura. Anda a paso rápido sobre la alfombra oriental, extiende sonriendo una mano musculosa y saluda cordialmente a los delincuentes.

El despacho es grande pero bastante oscuro. Pesados cortinajes dejan fuera el luminoso día de primavera. Aquí dentro imperan los olores y el silencio de los libros. Un escritorio enorme como un castillo. Muebles de piel. Tres sillas barnizadas de oscuro con asiento de mimbre y respaldo recto, preparadas, lámparas brillantes, oscuros cuadros de marcos dorados y un tenue resplandor de cuerpos femeninos.

El catedrático se sienta ante el escritorio e invita a los jóvenes a hacer lo propio en las tres sillas. Escoge un habano (el primer habano después del desayuno) de una caja de plata, le corta cuidadosamente la punta y lo enciende.

profesor sundelius: No hay nada comparable al puro del desayuno. En confianza les diré que este es un habano auténtico. Fíjense lo bien que prende. Fíjense lo bien que absorben el fuego los finos nervios de la hoja de tabaco y lo suavemente que se convierten en ceniza.

El catedrático y sus examinandos meditan unos segundos acerca de la belleza de fumar puros, seguidamente Sundelius se inclina y extiende en silencio su manaza. Los estudiantes entienden al momento que deben entregarle sus boletines de notas. El profesor los coloca en fila sobre la carpeta.

profesor sundelius: ¿Quién de ustedes quiere empezar? ¿Quién quiere parar el primer golpe? Como ustedes seguramente saben, tengo fama de exigente. No es mala voluntad, sino una actitud bien pensada que, con los años, me ha proporcionado muchos epítetos poco halagüeños. Bueno, sea por lo que sea, la cuestión es que hay demasiados teólogos vagos, torpes y mal formados. Yo quiero contribuir a mejorar la fama y la situación de ustedes manteniendo unas exigencias razonables. Con frecuencia se dice: un sacerdote es un pastor de almas, ¿de qué le sirve a sus feligreses que sepa algo de Bonifacio VII y de la que armó? Ese es un razonamiento capcioso y erróneo. Un buen dominio de la Historia de la Iglesia exige aplicación, interés, visión de conjunto, buena memoria y disciplina. Cualidades todas ellas buenas en un sacerdote. Yo manejo una criba para que no pasen los idiotas, los vagos y los charlatanes. Algo es algo, ¿no les parece, señores?

Tres pálidas sonrisas y algunos asentimientos ahogados; después, silencio. El tercero de los tres, Baltsar, carraspea. No hay mucho que decir de él. Es uno del grupo que va a comer a Kalla ­Märta, está delgado y tiene la piel de un amarillo enfermizo, ojos saltones, apagados y mal aliento. Baltsar ya no se cuenta entre los vivos. Apenas un año después de este día se introdujo un cartucho de dinamita en la boca y explotó entre los famosos y recién abiertos lirios del valle de la ciudad. No quedó mucho que enterrar.

profesor sundelius (de buen humor): Bien, muy bien, señor Bejer. Vamos a hablar de escolástica, materia amplia y rica donde las haya, y vamos a empezar por la llamada escolástica primitiva, cuyos primeros representantes fueron…

baltsar: … Juan Escoto Eríugena y Anselmo de Canterbury. En la Alta Edad Media. Año 900.

p. sundelius: Más o menos. Sí. ¿Y qué es lo que caracterizaba a estos dos señores?

baltsar: Juan Eríugena sostenía que la verdadera religión y la verdadera filosofía son una misma cosa. Anselmo de Canterbury afirmaba que los conceptos universales, es decir, las ideas, son realidades y no solo palabras. Credo ut intelligam.

p. sundelius: … Nihil credendum nisi intellectum.

baltsar: Eso no lo dijo Anselmo sino, en cierto modo, su adversario Abelardo. Según él, la razón desempeñaba un papel fundamental. Pretendía limitar la fe en la autoridad que juzgaba peligrosa. Eso le ganó poderosos enemigos.

p. sundelius: Volveremos a la antigua escolástica y a Tomás de Aquino enseguida. Señor Bergman, su tema será lo apostólico. ¿Quiere enumerar algunos de los padres apostólicos? ¿Qué autores se consideran los primeros discípulos de los apóstoles?

henrik: Bernabé.

p. sundelius: Exacto. Pero hay algunas otras figuras muy importantes.

henrik: Clemente de Roma. (Pausa). Policarpo.

p. sundelius: Otros tres, señor Bergman.

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