Finalmente, las poblaciones de plantas y animales están estrechamente conectadas en secuencias ecológicas de alimentación llamadas cadenas tróficas. Por ejemplo: pasto → vaca → humano → mosquito → murciélago. Claramente muchas otras especies (como roedores e insectos que también consumen pasto) están involucradas y conectadas entre sí. La energía y los nutrientes se transfieren de una especie a otra a través de las cadenas, las cuales se entrelazan en complejas redes tróficas. A su vez, cuando la muerte interviene y las plantas pierden sus hojas o los animales cambian su piel y eliminan líquidos y residuos sólidos, otros organismos llamados descomponedores sobreviven obteniendo energía a través de los carbohidratos, grasas y otros compuestos orgánicos de cadáveres y sus desechos. Estos organismos convierten esas sustancias en productos químicos inorgánicos más simples como nitrógeno, potasio, fósforo y varios oligoelementos que pueden ser reciclados por varias especies y sus futuras generaciones. Cuando provocamos la desaparición de especies interrumpimos este proceso cíclico de la vida, la muerte y la renovación.
Estas tres razones nos parecen convincentes y podemos resumirlas en la siguiente frase: “protege los ecosistemas de la Tierra o muere”. Todos vivimos en y con los ecosistemas, que son unidades definidas de tamaño variable que albergan formas de vida. Por ejemplo, tu boca es un ecosistema que contiene miles de millones de bacterias, hongos, virus y otros microorganismos, algunos benéficos y otros perjudiciales para tu salud. Tu ecosistema se mantiene por la energía proveniente del Sol que eventualmente obtienes a partir de plantas e, indirectamente, de los animales que consumes. La cuenca del río Amazonas es un ecosistema mucho más grande, pero opera bajo principios similares y, como casi todos los ecosistemas, al igual que tu boca, el Amazonas es alimentado por el Sol y contiene incontables organismos, incluidas personas. La energía viaja a través de los ecosistemas y sin ella se desintegrarían rápidamente. Con la constante entrada de energía las formas de vida pueden prosperar y los descomponedores pueden reciclar los materiales que todos los seres vivos necesitan.
Los humanos, al igual que todos los demás organismos, son completamente dependientes del funcionamiento de los ecosistemas del planeta, aunque algunos preferirían pensar diferente o no pensar en ello en lo absoluto. Sin costo alguno los ecosistemas naturales realizan una amplia serie de funciones esenciales que incluyen mantener la combinación respirable de gases en la atmósfera; el abastecimiento de agua fresca; el control de inundaciones; la generación y reposición de suelos; la eliminación de residuos; la polinización de cultivos y protección de plagas; el suministro de peces para alimentación y deporte; la dotación de plantas medicinales y comestibles; y además evitar que nos volvamos neuróticos al proveernos con lugares de recreación y reflexión. Incluso los ecosistemas creados y administrados por humanos, como las granjas, se benefician críticamente y necesitan la ayuda de los ecosistemas naturales en los que se encuentran.
La pérdida de incluso una sola especie puede tener efectos importantes en un ecosistema. Las llamadas especies clave son formas de vida que tienen un impacto mayor en el ecosistema de lo que podría inferirse a partir únicamente de su abundancia. Por ejemplo, los perritos de la pradera de cola negra o perros llaneros son ardillas grandes terrestres que viven en colonias de miles o decenas de miles de individuos en los pastizales de Norteamérica (aunque sus colonias eran de millones de individuos en el pasado). Los perritos llaneros se alimentan de pastos y hierbas, y crean sistemas complejos de madrigueras subterráneas. Sus actividades son benéficas porque destruyen las semillas, plántulas y pequeñas plantas de arbustos desérticos invasores como el mezquite, cuyo crecimiento descontrolado convierte los pastizales áridos en matorrales desérticos. El sistema de madrigueras también provee refugio y protección a una plétora de animales desde insectos hasta zorrillos, ayuda en la aireación de los suelos y aumenta la infiltración de agua promoviendo la fertilidad del suelo y previniendo deslaves e inundaciones.
Una serie de estudios realizados a principios de los años noventa acerca de los perritos de la pradera en el suroeste de Estados Unidos demostró que, a pesar de ser considerados plaga por los ganaderos, estos animales son esenciales para el mantenimiento de la productividad de los pastizales. Por ello, la desaparición de perritos de la pradera —principalmente por envenenamiento— tuvo como consecuencia la proliferación e invasión del matorral y la desertificación del ecosistema, la cual terminó por destruir el valor de la tierra para actividades de pastoreo.
Los perritos de la pradera de cola negra fueron alguna vez uno de los mamíferos más abundantes de la Tierra con una población estimada de miles de millones de individuos. Esta especie es fundamental para mantener la salud de los ecosistemas de pastizales y proporcionar servicios ecosistémicos como el almacenamiento de carbono en los suelos y la recarga de mantos acuíferos. A pesar de ello aún siguen siendo envenenados en su área de distribución y son susceptibles a la introducción de enfermedades como la peste bubónica.
Los servicios ecosistémicos de los que depende la humanidad son generados a escala local por las poblaciones de organismos. Por lo tanto, es igual de importante preocuparnos por las altas tasas de destrucción de poblaciones que por las pérdidas de especies. Después de todo, si una especie de murciélago insectívoro disminuye y sólo una población sobrevive, no ocurrirá la extinción de la especie, pero las personas que vivan en las áreas donde este murciélago ha desaparecido padecerán más picaduras de mosquitos y sufrirán una mayor prevalencia de las enfermedades que esos insectos dañinos propagan.
Por lo general, la mayoría de las poblaciones de especies ampliamente distribuidas desaparecerán antes de que sus especies eventualmente se extingan. Así sucedió, por ejemplo, con muchas poblaciones de palomas pasajeras, que en 1880 ya habían desaparecido debido a la caza comercial excesiva, por lo que ya no era rentable cazarlas. Sin embargo, la especie resistió 30 años más para finalmente desaparecer debido a la ausencia de las gigantescas bandadas que eran indispensables para su reproducción. Una posible consecuencia de la desaparición de miles de millones de estas aves fue el aumento en la disponibilidad de alimento para ratones silvestres, los cuales solían competir con estas palomas, ya que ambos se alimentaban de las bellotas de los encinos. La explosión poblacional de esos roedores resultó, además, perjudicial para muchas personas ya que los ratones son el principal reservorio de la enfermedad de Lyme, un serio padecimiento bacteriano transmitido a los humanos por medio de la picadura de las garrapatas que proliferan en los ratones.
En la sobrepoblada Ruanda, las laderas erosionadas se pueden identificar por el color rojo fangoso de los ríos que erosionan los suelos agrícolas. La biodiversidad de Ruanda está confinada a pequeñas reservas que están bajo el asedio constante de personas de bajos recursos desesperadas por extraer madera, alimento o establecer pequeñas granjas. Desde el horrible genocidio de 1994 se han plantado árboles en cada espacio de tierra no destinado a la agricultura, carreteras o urbanización, pero en su mayoría estos árboles son eucaliptos exóticos. Si bien los eucaliptos proveen ciertos servicios ecosistémicos, son inútiles para reconstruir la biodiversidad del devastado paisaje. Sin embargo, esos paisajes podrían parecer bien conservados para las personas sin una buena educación ecológica.
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