En África, Europa y Asia, donde los animales tenían una larga experiencia evolutiva con los humanos, la mayoría de las especies de gran tamaño sobrevivieron. Pero la invasión humana relativamente reciente de Australia y América parece que contribuyó a numerosas extinciones. Más tarde, los primeros colonizadores de algunas grandes islas, encontraron y eliminaron las grandes aves del planeta, como el ave elefante de Madagascar, un animal masivo de aspecto peculiar de 3 metros de alto y 400 kilogramos de peso, y las igualmente impresionantes moas de Nueva Zelanda. Así, la expansión de Homo sapiens durante el periodo del Pleistoceno, aproximadamente hace 50 mil a 12 mil años, se caracterizó por una serie de extinciones de la megafauna de varias regiones del planeta.
Luego, a partir del inicio de la revolución agrícola hace cerca de 10 mil años, la población humana comenzó a crecer, primero lentamente y después vertiginosamente. Enormemente. Por increíble que parezca, nuestra población se ha incrementado más en el último siglo que en toda la historia de la humanidad. En 1930 el total de la población humana era de 2 mil millones de personas, y para 1960 la población había crecido a 3 mil millones. Hoy hay más de 7,800 millones de personas en el mundo y este número aumenta en alrededor de 300 mil personas por día. Los demógrafos proyectan una población de 9 mil millones para 2045 y más de 11 mil millones para el año 2100, aunque es muy posible que la población se estabilice entre 8 y 9 mil millones de personas.
Con respecto a la diversidad biológica del planeta, la correlación más obvia es la siguiente: más personas equivale a menos especies. Para sobrevivir, todos los organismos (incluidos los seres humanos) deben poder extraer recursos críticos de su medio, liberar desechos al ambiente y tener espacio para realizar esas actividades. A medida que las poblaciones humanas aumentan (salvo algunas excepciones), el espacio que es vital para otros organismos, los recursos y los sumideros (reservorios naturales que absorben, descomponen y reciclan desechos o restos inutilizables) disminuyen. Algunas excepciones son aquellos organismos que los humanos han domesticado para su uso como los pollos, los cerdos, el ganado vacuno, los caballos y algunas variedades de granos y vegetales; o aquellos que han aprendido a vivir junto a la humanidad como las ratas, los piojos, los virus del dengue y varias hierbas. La actual sexta extinción masiva se extiende desde el siglo XX al siglo XXI. A este periodo los científicos lo llaman el Antropoceno. Este término reconoce que la población humana enorme y creciente ha sido la fuerza principal que define las características de la biósfera, que es como se conoce a la capa superficial de la corteza terrestre, incluyendo la región oceánica, la atmósfera y la vida que se desarrolla en ellas.
Las evidencias señalan que las aves elefante eran numerosas en Madagascar antes de la llegada de los seres humanos. Muchos restos de huevos, incluyendo huevos enteros, se han encontrado en varios sitios en la isla. Los enormes huevos tienen un volumen similar o mayor al de ¡150 huevos de gallina! Aquí, un miembro de la tribu Antandroy del sur de Madagascar sostiene un huevo fosilizado de un ave elefante.
Las proporciones cambiantes de gases atmosféricos del Antropoceno están terminando con el clima tan favorable que los seres humanos han disfrutado por 10 mil años. Ese clima gracias al cual la agricultura y la civilización pudieron desarrollarse. En el Antropoceno también se han visto dramáticas alteraciones ambientales en la superficie terrestre y en los océanos, especialmente en el siglo pasado. En cierto modo, los cambios por los que el planeta está pasando son distintos a los anteriores, pero hay aspectos que recuerdan también a los eventos catastróficos pasados. Así como se piensa que un asteroide devastó la vida hace 65 millones de años, nosotros podríamos terminar por aniquilar más de 70 por ciento de las especies del mundo, incluidos los humanos.
La tesis de que el ser humano está causando la sexta extinción masiva es fácil de respaldar. La perturbación y fragmentación de los hábitats; la sobreexplotación por la caza o extracción; la desenfrenada contaminación; la introducción de especies invasoras y de enfermedades; el consumo desmesurado y, ahora, cambio climático, son causas bastante claras con impactos evidentes en otras formas de vida para cualquiera que analice los datos con frialdad. ¿Qué tan malo es? Los científicos que trabajamos en temas de conservación hemos concluido que cada año millones de poblaciones y miles de especies están siendo aniquiladas globalmente. A esto le hemos llamado la aniquilación biológica.
El quetzal es un ave espectacular de México y Centroamérica. Los aztecas en el centro de México y otros grupos mesoamericanos lo asociaban con la “serpiente emplumada”, Quetzalcóatl, ya que al volar las colas largas y verdes de los machos parecen una serpiente. Es el ave nacional de Guatemala, aparece en su uniforme militar y su moneda lleva su nombre. La pérdida de los bosques de niebla donde habita está causando la desaparición de muchas poblaciones de esta especie.
¿Por qué nos deberían interesar esas desapariciones si hay miles de millones de poblaciones y especies de plantas y animales conocidas para la ciencia y millones más sin catalogar que aún faltan por describir? ¿Qué importa un vaso de agua cuando tienes una cubeta entera?
En primer lugar, las extinciones causadas por el ser humano son catastróficas por razones éticas. Cada especie es una entidad única, un producto de miles de millones de años de evolución. Una vez que se extingue, se ha ido para siempre; es improbable que el universo vuelva a ver ese ensamble particular de genes. Además, la pérdida de cualquier especie puede llevar a la pérdida de otras que coexisten con ella. Las plantas, animales y microorganismos que habitan un área determinada interactúan entre ellos y con su medio físico, para crear y mantener las condiciones necesarias para la vida. La desaparición de cualquier especie conllevará consecuencias para las otras.
Los abejarucos euroasiáticos están ampliamente distribuidos y son depredadores de insectos, especialmente abejas y avispas. Las especies de aves que se alimentan de abejas se habían mantenido relativamente estables en el inicio de la sexta extinción masiva, pero ya están sufriendo debido a su caza asociada a actividades deportivas y la procuración de alimento, la canalización de ríos que destruye las orillas donde hacen sus nidos y, potencialmente, por reducciones en la disponibilidad de presas debido al uso extendido de pesticidas.
En segundo lugar, la vida genera nuestro recurso más esencial: el oxígeno. Este recurso es una creación biológica que no estaría disponible sin la ayuda de algunas especies. Las plantas y algunos microorganismos capturan la energía proveniente del Sol en el complejo proceso bioquímico llamado fotosíntesis. Mediante este proceso, estos organismos producen químicos ricos en carbohidratos y, al mismo tiempo, liberan oxígeno a la atmósfera. Nosotros y todos los demás animales (así como las plantas que lo producen) necesitamos oxígeno para quemar (oxidar) los carbohidratos que las plantas producen y nosotros consumimos en forma de alimento, con lo cual obtenemos energía para todas nuestras funciones celulares. Cuando alteramos los elementos de los ecosistemas que proveen oxígeno, podríamos estar, literalmente, amenazando la vida de nuestros descendientes distantes, porque a pesar de que por el momento hay mucho oxígeno en la atmósfera, a largo plazo podría agotarse.
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