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¿Así que usted no quiere escribir?
No, no quiero escribir. Existen muchas razones por las que no quiero escribir. Es absurdo e inútil escribir. Es inútil, porque, ¿para quién voy a escribir? Escribir, a mí, me parece como hacer una carta sin conocer la dirección. ¿Cómo la puedo poner en un sobre y despacharla sin conocer la dirección?
Una declaración siempre va dirigida. Escriben aquellos que quieren dirigirse a las masas. Ésa es la manera en que se dirigen a una multitud desconocida. Pero entre más desconocida es la multitud, menor serán las cosas que se pueden decir. Y entre más cercano y más conocido sea a lo que se dirige el individuo, más profundo podrá ser el diálogo.
Las verdades profundas sólo pueden ser dichas a una persona en particular. A una multitud sólo se pueden decir cosas simples y temporales. Mientras más grande sea la multitud, menor será el entendimiento, y entre más desconocida sea la multitud, más debe actuar uno con la suposición de que no habrá entendimiento. Entonces, mientras más dirigida a las masa sea la literatura, más deberá ser aterrizada y simple. No es posible volar por los cielos con esta clase de literatura.
Si encuentran matices delicados en los significados de la poesía de Kalidas y no los encuentran en la de los poetas modernos, esto no es debido a ninguna diferencia entre Kalidas y los poetas modernos. Esto es porque la poesía de Kalidas era dirigida y recitada en la presencia de un emperador y unas pocas personas selectas, mientras que la poesía moderna se imprime en el periódico. Se puede leer el periódico mientras se toma té en una casa de té, y al mismo tiempo se comen cacahuates, y se fuma. Al poema sólo se le da un vistazo. ¿Para quién fue escrito entonces? Al poeta moderno no le importa saber. Él escribe para todos, para el menor denominador común. Mientras escribe, debe tomar en cuenta a todos.
Mi problema es que me resulta difícil relatar la verdad aun a aquellos que son los mejores entre nosotros. Para aquellos que son menos que los mejores, para el hombre común, no aparece la posibilidad de que sea relatada la verdad. Sólo aquellos de nosotros que estamos entre los pocos elegidos podemos entender los asuntos más profundos. Pero aun dentro de estos pocos elegidos, noventa y nueve de cien no percibirán lo que he dicho. Entonces, no tiene sentido decir tales cosas a una multitud, y sólo se escribe para una multitud.
También hay otra razón para no escribir. Creo que como el medio hace uso de los cambios, el contenido también cambia. Con los cambios del medio, el asunto subjetivo no permanece igual. El medio tiene sus propias condiciones y cambia lo que se ha dicho.
Esto no es fácilmente entendible. Cuando estoy hablando, hay un tipo de medio. Toda la línea de comunicación está viva. El escucha está viviendo y yo también estoy viviendo. Cuando yo hablo, el escucha no sólo escucha: también ve. Los cambios de expresión de mi rostro, los cambios diminutos reflejados en mis ojos, mi dedo levantándose y bajando; él ve todo. No sólo escucha mis palabras, también ve el movimiento de mis labios. No sólo son mis palabras las que hablan, también son mis labios los que hablan. Mis ojos también dicen algo. El escucha toma todo esto. El contenido de lo que he dicho será diferente en la mente de un escucha que en la mente de un lector, porque todo se habrá vuelto parte de esto.
Cuando alguien lee un libro, entonces, en lugar de mí, sólo habrá letras y tinta negras; nada más; yo y la tinta negra no somos equivalentes. No hay un dar y recibir. En los caracteres no aparecen los gestos y los cambios de expresión, no son creadas las imágenes o las escenas. No hay vida; es un mensaje muerto. Cuando alguien está leyendo un libro, se pierde una parte muy significativa del mensaje que permanecería viva mientras estoy hablando. En las manos del lector sólo hay declaraciones muertas.
Es interesante hacer notar que un lector podrá estar menos atento de lo que ha de estar un escucha. Cuando una persona escucha, el grado de atención que está poniendo es mucho mayor que cuando lee. Mientras se escucha, uno debe poner completa atención y concentración, porque lo que se ha dicho no será repetido. No se pueden revivir partes que no fueron entendidas o parcialmente entendidas: éstas se pierden. Cada momento que estoy hablando, lo que se está diciendo se pierde en un abismo sin fondo. Si lograron atraparlo, lo atraparon. De otra manera, fluye lejos y no regresará.
Mientras se lee un libro, no hay ese temor, porque pueden releerlo, la misma página, una y otra vez. Entonces, mientras se lee un libro, no hay necesidad de estar muy atento. Es por eso que el día en que las palabras empezaron a escribirse fue el día en que se disminuyó la atención. Estaba destinado a ser así.
Con un libro, si no han entendido algo, pueden volver la página y leerla de nuevo. Pero no es posible regresar lo que hablo. Lo que se dejó pasar se perdió. El conocimiento de lo que se dijo se pierde para siempre; si se pierde, no puede ser repetido. Esto mantiene su atención en el punto más alto. Ayuda a mantener su conciencia en alerta máxima. Cuando leen en el ocio, no hay daño si algo se pierde, lo pueden leer otra vez. Con un libro, el entendimiento es menor y se incrementa la necesidad de repetición. En la medida que decrece la atención, el entendimiento también decrece.
Por tanto, no es por falta de razón que Buda, Mahavira, y Jesús, todos, escogieron el discurso como el medio para transmitir su mensaje. Ellos pudieron haber escrito, pero escogieron este método. Lo hicieron por dos razones: una, porque la palabra hablada es un medio que abarca todo; más se puede decir. Hay muchas cosas adheridas a las palabras que se pierden en la escritura.
Si piensan en esto, notarán que las novelas perdieron importancia el día que empezaron las películas. Esto se debe a que las películas hacen que las cosas cobren vida. ¿Quién leería una novela? Es una cosa muerta. La novela no puede vivir mucho tiempo. Podría volverse un arte perdido debido a que ahora tenemos medios que están más vivos, lo que McLuhan llama medios “ calientes ”. La televisión y las películas son medios vivos, medios “calientes”. Hay calor en su sangre.
Pero la palabra escrita es un medio frío, muerto y frío. En él no hay vida; no fluye la sangre. Hasta su teléfono será obsoleto tan pronto como aparezca la fonovisión, tal como el radio se volvió obsoleto con la llegada de la televisión. El radio se ha vuelto un medio comparativamente frío, mientras que la televisión es un medio caliente. Y para mí, hablar es un medio caliente; en él hay calor y sangre.
Hasta aquí no hemos podido encontrar suficientes formas de enfatizar más sobre las palabras que son escritas. Si quiero enfatizar algo mientras hablo, puedo hablar un poco más fuerte. Puedo cambiar los matices de mi voz, su ritmo; entonces se dirige un énfasis. Pero no hay forma de hacer esto en las palabras de un libro. Las palabras sólo están muertas. En un libro, la palabra amo r es amor, ya sea que esté escrita por una persona que esté haciendo el amor, o por alguien que no lo esté haciendo, o por alguien que vive enamorado, o por alguien que no sabe lo que es el amor. No hay matices, ni ritmo, ni ondas, ni vibraciones. Está muerto.
Cuando Jesús dice la palabra plegaria , su significado no es el mismo que cuando otra persona escribe la misma palabra en un libro. Toda la vida de Jesús es una plegaria, desde el principio hasta el fin. Cada partícula de él es una plegaria; cada pulgada de su cuerpo está llena de ella. Entonces, lo que Jesús transmite cuando dice la palabra plegaria es muy diferente a lo que transmite la palabra en un diccionario.
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