Descubrir el Reino hace desaparecer los temores, superar las ansiedades, olvidar los fracasos… Permite descubrir virtudes, vencer adversidades, revivir sueños… Ayuda a enfrentar la existencia humana con seguridad, fortaleza, valor… Hace que se pueda vivir con dignidad, misericordia, integridad… Motiva a comunicarnos con valor, respeto y humildad con personas de todas las religiones, razas, credos, teologías, culturas, ideologías, posiciones sociales... Incentiva el perdón, la misericordia y la solidaridad… Propicia el ayudar a las personas caídas, apoyar a la gente menesterosa, consolar a los hombres y las mujeres que lloran… Permite vivir de pie ante los grandes desafíos de la vida, ante los retos de la naturaleza, ante lo inconmensurable del cosmos… Y fomenta las manifestaciones plenas de amor ante las inmisericordias humanas, los prejuicios personales y los cautiverios espirituales.
Además, Jesús anuncia la llegada de un singular monarca que irrumpe en la historia de forma novel y definitiva. Esa intervención extraordinaria de Dios se produce en medio de las realidades religiosas, espirituales, sociales y políticas del pueblo. Esas dinámicas que, servían de contexto literario e histórico a Jesús, propician la transformación de las estructuras religiosas y políticas palestinas que generan el cautiverio, la desolación, el dolor, la desesperanza, el llanto y la opresión.
El lenguaje que utiliza Jesús de Nazaret para la predicación del Reino es uno poético de resistencia y rechazo a las políticas, estructuras y vivencias judías y romanas que incentivaban el dolor y el cautiverio de la comunidad. También esa palabra del Reino es de esperanza y futuro, de porvenir grato y liberación próxima, de mañana y vida abundante.
El Reino y las parábolas
Y como el Reino es así, amplio, inclusivo, desafiante, grato y pertinente, para estudiar las parábolas que articulan ese tema, vamos a utilizar de fundamento metodológico los valores y las enseñanzas que esas narraciones presentan, los asuntos que discuten y las teologías que articulan. La base fundamental de nuestro estudio es permitir que las parábolas nos hablen, pues deseamos escuchar la voz del joven rabino galileo que decidió invertir toda su vida en la presentación de un Reino que llegó a la historia para transformar y redimir personas, comunidades, culturas y estructuras.
El Reino de Dios en el mensaje de Jesús, aunque presentaba la extraordinaria oportunidad divina de redención histórica y escatológica, recibió la oposición pública de algunos sectores de la comunidad judía. Para los líderes religiosos, y también para los sectores que ostentaban el poder político y económico, Jesús representaba una amenaza a la hegemonía de autoridad y poder que tenían. El estilo abierto, imaginativo y dialogal del Señor estaba en clara oposición a las estructuras rígidas y tradicionales de los sectores religiosos y militares del Templo de Jerusalén. Y esos grupos de poder religioso judío estaban de acuerdo con las autoridades políticas y militares del imperio romano, que era la potencia real que gobernaba en la región. La finalidad era mantener un tipo de orden social que fuera conveniente a sus intereses.
Lo que comenzó con una serie de desafíos teóricos, discusiones hermenéuticas y conflictos teológicos, de parte de los grupos fariseos y publicanos, prosiguió con una serie continua de amenazas privadas y públicas, que continuamente aumentaban de tono e intensidad. Ese ambiente de tensión religiosa y sospechas políticas se complicó, y se convirtió en el cuadro ideal para organizar el complot para asesinarlo, que llevaron a efecto la semana de celebración de la Pascua judía por el año 30 d.C.
El rechazo directo al mensaje del Reino que anunciaba Jesús, fue el contexto amplio de su ejecución. Ante los desafíos que representaba un profeta galileo itinerante al gobierno de los Herodes, a las autoridades del Templo y al imperio romano y sus representantes en Jerusalén y Galilea, se unieron esos sectores de poder y decidieron eliminarlo. El objetivo era callar la voz del profeta que atentaba contra el status quo . La finalidad era eliminar las enseñanzas de un joven maestro galileo e itinerante que tenía gran éxito con sus palabras elocuentes y su doctrina alterna. No ejecutaron al Señor por alguna falta religiosa, por dificultades teológicas o por alguna incomprensión interpersonal: lo crucificaron porque amenazaba la autoridad y hegemonía política de Roma en Palestina.
Mientras las autoridades oficiales del Templo y del imperio rechazaban abiertamente el mensaje del Reino anunciado por Jesús en sus parábolas, la “buena noticia” del evangelio era muy bien recibida por los sectores más necesitados y dolidos de la sociedad. Para la gente enferma, rechazada, desposeída, cautiva y oprimida; esas predicaciones de Jesús significaban esperanza, sanidad, salvación y futuro. Las enseñanzas del Reino le devolvían los deseos de vivir a quienes ya no tenían fuerzas, energías ni apoyo ¡para llegar a las aguas del estanque de Betesda y ser sanados! (Jn 5).
Sin embargo, para los sectores que se aprovechaban de esas injustas estructuras sociales, económicas, religiosas y políticas, las “buenas noticias” del evangelio del Reino no eran tan “buenas”. La predicación de Jesús significaba la terminación de los privilegios que mantenía a un pequeño sector de la sociedad en control de la vida del pueblo. La teología del Reino rechazaba las políticas públicas que traían la desesperanza y el dolor a individuos y comunidades. Las enseñanzas del Señor en sus parábolas no estaban acordes con la política oficial del judaísmo de la época, pues desafiaban las interpretaciones de la Ley que propiciaban o permitían que el pueblo anduviera “como ovejas que no tenían pastor”.
Las enseñanzas del Señor presentaban una alternativa teológica y ética que brindaba esperanza y futuro, no solo a las personas heridas y marginadas del pueblo, sino para la humanidad entera, independientemente de las realidades geográficas, históricas, étnicas, sociales, religiosas, políticas y espirituales. El mensaje de Jesús proclamaba un Reino que era capaz de transformar las estructuras de poder, para implantar sistemas que permitieran a las personas explotar todo el potencial espiritual e intelectual y vivir en ambientes de seguridad, prosperidad y esperanza. El Reino era el ambiente necesario para vivir una espiritualidad feliz, sana, responsable y fructífera. Las parábolas de Jesús anuciaban ese Reino que era capaz de devolverle la paz, la salud y la felicidad al pueblo, que ciertamente es la voluntad divina para la humanidad.
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