»Cuando ingresé a la casa pude confirmar esta inferencia. El hombre de finas botas estaba ante mí. El otro, el alto, había cometido el asesinato, si en efecto se trataba de un asesinato. El cadáver no tenía ninguna herida, pero la expresión agitada de su rostro me convenció de que había previsto su destino antes de que este se cerniera sobre él. Los hombres que mueren de enfermedades del corazón, o por cualquier otra causa natural y repentina, nunca exhiben ningún tipo de agitación en sus expresiones. Luego de olfatear los labios del cadáver, detecté un olor levemente agrio y concluí que le habían hecho tragar veneno. Una vez más, deduje que se lo habían obligado a tragar por el odio y el terror que se veía en su rostro. Siguiendo el método de exclusión pude llegar a este resultado, ya que ninguna otra hipótesis se correspondía con los hechos. No crea usted que se trata de una idea insólita. La administración forzosa de veneno no es un asunto nuevo en los anales del crimen. Cualquier toxicólogo citará de inmediato los casos de Dolsky en Odessa y de Leturier en Montpellier.
»Y ahora llega la gran pregunta de por qué. No se trataba de un robo, pues el asesino no se llevó nada. ¿Era entonces un asunto de política, o una mujer? Esta era la pregunta que tenía ante mí. Desde el principio me incliné por la segunda suposición. Los asesinos políticos se conforman con hacer su trabajo y huir. Este crimen, por el contrario, se había llevado a cabo con deliberación, y su perpetrador dejó sus huellas por todo el recinto, lo que demostraba que había estado allí todo el tiempo. Tenía que ser un asunto privado, no uno político, pues se trataba de una venganza con método. Cuando se descubrió la inscripción en la pared, casi me convencí de mi hipótesis. No podía ser de otra manera. Sin embargo, cuando se encontró el anillo, el asunto quedó del todo confirmado. Claramente el asesino lo había usado para recordarle a su víctima alguna mujer fallecida o ausente. Fue en ese momento cuando le pregunté a Gregson si en su telegrama a Cleveland había solicitado información específica sobre la vida anterior del señor Drebber. Recordará usted que respondió negativamente.
»Luego procedí a inspeccionar la habitación con minuciosidad; esto confirmó mi conjetura sobre la altura del hombre, y también obtuve detalles del cigarro Trichinopoly y de la longitud de sus uñas. En vista de que no había señales de lucha, ya había llegado a la conclusión de que la sangre que cubría el piso provenía de la nariz del asesino, a causa de la excitación. Percibí que el rastro de la sangre coincidía con el rastro de sus pasos. Es improbable que un hombre, a menos que sea muy vigoroso, comience a sangrar producto de la emoción, de manera que aventuré la opinión de que el criminal era un tipo robusto y rubicundo. Los eventos posteriores han demostrado que estaba en lo correcto.
»Al salir de la casa, procedí a hacer lo que Gregson pasó por alto. Le envié un telegrama al jefe de policía de Cleveland, limitando mi indagación a las circunstancias referentes al matrimonio de Enoch Drebber. La respuesta fue definitiva. En esta, me decían que Drebber había pedido protección ante la ley por el asedio de un viejo rival amoroso, Jefferson Hope, y que Hope se hallaba en el momento en Europa. Supe que tenía en mis manos la clave del misterio, y todo lo que quedaba por hacer era aprehender al asesino.
»Ya había determinado en mi mente que el hombre que entró en la casa con Drebber era el mismo hombre que manejaba el coche. Las huellas sobre el terreno demostraban que el caballo había errado de una manera que habría sido imposible si alguien hubiera estado al mando de las riendas. En ese caso, ¿adónde podría haber ido el conductor, si no adentro de la casa? Una vez más, era absurdo pensar que un hombre en su sano juicio llevaría a cabo un asesinato deliberado enfrente de una tercera persona, que sin duda lo traicionaría. Por último, suponiendo que un hombre deseara seguir a otro por todo Londres, ¿qué podría ser mejor que adoptar la fachada de cochero? Estas consideraciones me llevaron a la irrefutable conclusión de que podría encontrar a Jefferson Hope entre los choferes de la metrópoli.
»Si había trabajado como cochero, no existía ningún motivo para pensar que ya no lo era. Todo lo contrario: desde su punto de vista, cualquier cambio drástico llamaría la atención. Era muy probable, entonces, que continuara con sus actividades, al menos por un tiempo. No había ningún motivo para suponer que usaba otro nombre. ¿Por qué cambiaría su nombre en un país donde nadie lo conocía? Para ese fin organicé mis cuerpos policiales vagabundos y los envié de manera sistemática a todas las compañías de coches de alquiler de Londres, hasta que dieron con el hombre que buscaba. Aún estará fresco en su memoria el éxito que tuvieron, y la manera rápida en que yo me aproveché de este. El asesinato de Stangerson fue un incidente que me agarró totalmente por sorpresa, pero que no habría podido prevenirse de ninguna manera. Gracias a este crimen, como usted sabe, pude entrar en contacto con las píldoras, cuya existencia ya había inferido. Como ve, todo el asunto no es más que una cadena de secuencias lógicas sin rupturas ni defectos.
—¡Es maravilloso! —exclamé—. Habría que reconocer sus méritos públicamente. Debería usted publicar un recuento del caso. Si no desea hacerlo, yo puedo tomar la posta.
—Haga lo que quiera, doctor —respondió—. ¡Mire esto! —prosiguió pasándome el periódico.
Era el Echo del día, y el párrafo que me señalaba tenía que ver con el asunto en cuestión.
«El público —se leía en él— se ha quedado sin su entretenimiento con la súbita muerte del hombre apellidado Hope, de quien se sospechaba que era el asesino de los señores Enoch Drebber y Joseph Stangerson. Es probable que ahora nunca se conozcan los detalles del caso, aunque buenas fuentes nos informan que el asesinato fue el resultado de una vieja enemistad amorosa, en la que el mormonismo tuvo su parte. Al parecer, ambas víctimas pertenecieron en su juventud a los Santos de los Últimos Días, y Hope, el recientemente fallecido prisionero, también proviene de Salt Lake City. Si este caso no ha logrado ningún otro efecto, al menos pone de manifiesto la notable eficiencia de nuestra fuerza policial y sirve de ejemplo para todos los extranjeros: lo más inteligente es que arreglen sus asuntos en casa, o en todo caso no podrán traerlos a suelo británico. Es un secreto a voces que el crédito de esta inteligente captura les pertenece por completo a los oficiales de Scotland Yard, los señores Gregson y Lestrade. La captura se llevó a cabo, al parecer, en las habitaciones de un señor Sherlock Holmes, quien, en su condición de amateur, ha mostrado cierto talento detectivesco, y con la ayuda de sus instructores podrá, sin duda, con el tiempo, consolidar sus habilidades. Se espera que un reconocimiento de algún tipo recaiga sobre los dos oficiales, como una adecuada recompensa por sus servicios.»
—¿No se lo dije desde el principio? —exclamó Sherlock Holmes antes de soltar una risotada—. Ese es el resultado de todo nuestro Estudio en escarlata: un reconocimiento para ese par de inútiles.
—De ninguna manera —respondí—. He consignado todos los hechos en mi diario, y el público los conocerá. Mientras tanto, usted deberá consolarse con la conciencia de su éxito, como el avaro romano:
Populis me sibilat, at mihi plaudo
Ipse domi simul ac nummos contemplar in arca.4
4. N. del T.: «La gente me silba, pero yo me aplaudo a mí mismo / mientras en casa contemplo las monedas de mi cofre.» (En latín el el original.)
EL SIGNO DE LOS CUATRO
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