»Necesito un poco de agua, por favor. Se me seca la boca de tanto hablar.
Le pasé un vaso de agua y se lo tomó todo.
—Me siento un poco mejor —dijo—. Bien: esperé allí un cuarto de hora, tal vez un poco más, cuando, de repente, de la casa salió un sonido como de reyerta. Al momento la puerta se abrió de un golpe y aparecieron dos hombres, uno de los cuales era Drebber. El otro era un joven a quien yo nunca había visto antes. El joven sujetaba a Drebber por el cuello, y cuando llegaron a la base de las escaleras le dio un empujón y una patada que por poco lo dejan del otro lado de la calle.
»—¡Perro! —le gritó blandiendo un palo—. ¡Le enseñaré a no insultar a una chica honesta!
»Estaba tan enojado que pensé que azotaría a Drebber con su garrote, pero el desgraciado corrió calle abajo con toda la velocidad que le permitían sus piernas. Llegó hasta la esquina y en ese momento vio mi coche, me hizo una seña y se subió.
»—Lléveme al hotel Halliday —dijo.
»Cuando lo tuve dentro de mi coche, mi corazón se agitó tanto que por un momento pensé que mi aneurisma explotaría. Conduje despacio, sopesando en mi mente cuál sería el mejor curso de acción. Habría podido llevarlo al campo, y allí mismo, en cualquier carretera angosta, llevar a cabo nuestra última entrevista. Casi me había decidido por ello, cuando él mismo me resolvió el problema. Sus ganas de beber habían tomado el control de nuevo, y me ordenó detenerme junto a un bar de ginebra. Antes de entrar, me advirtió que lo esperara. Allí se quedó hasta que cerraron, y cuando salió estaba tan ido que en ese momento supe que lo tenía a mi merced.
»No piensen ustedes que yo pensaba matarlo a sangre fría. Sé que, de haberlo hecho, habría sido estricta justicia; pero no me decidía a hacerlo de ese modo. Estaba resuelto a darle la oportunidad de salvar la vida, si es que la tomaba. Dentro de los muchos trabajos que tuve en los Estados Unidos durante mis años errantes, trabajé como conserje y encargado del aseo en uno de los laboratorios de York College. En una clase, uno de los profesores impartió una clase sobre venenos, y les mostró a sus estudiantes un alcaloide, según lo llamó, que había extraído de la punta de una flecha venenosa en Suramérica. Era tan poderoso este veneno que la consumición del gramo más ínfimo derivaba en una muerte instantánea. Yo nunca perdí de vista la botella en que se mantenía la preparación, y cuando todos se fueron, tomé un poco. También tengo experiencia como boticario, así que dispensé el líquido en pequeñas píldoras, y puse cada una de las píldoras en una caja que, a su vez, contenía otra píldora libre de veneno. Desde entonces establecí que cuando tuviera enfrente a uno de los caballeros, les haría elegir una píldora de una de las cajas, y yo me tomaría la otra. Sería tan mortal y ciertamente menos ruidoso que disparar un arma a través de un pañuelo. Así que desde ese día he llevado conmigo las cajas, y ahora tenía la oportunidad de usarlas.
»Ya estábamos cerca de la una de la mañana, y la noche se presentaba lóbrega y salvaje, con viento pesado y lluvia torrencial. Pese a que la intemperie hacía todo funesto, yo estaba contento por dentro, tan contento que habría podido gritar de exultación. Si alguno de ustedes, caballeros, ha añorado algo, y lo ha añorado por veinte largos años, y de repente lo encuentra a su alcance, solo de esta manera podría entender mi sentir. Encendí un puro y lo fumé para calmar los nervios, pero las manos me temblaban y las sienes me palpitaban de emoción. Mientras conducía podía ver al viejo John Ferrier y a Lucy mirándome desde la oscuridad; ambos me sonreían, lo veía con tanta nitidez como los veo ahora a ustedes en esta habitación. Durante todo el camino estuvieron delante de mí, cada uno de un lado del caballo, hasta que me detuve en la casa de Brixton Road.
»No había un alma, ni se escuchaba nada más que el caer de la lluvia. Cuando miré hacia dentro del coche, vi a Drebber acurrucado durmiendo el sueño de los borrachos. Lo sacudí por el hombro.
»—Es hora de bajarse —dije.
»—Muy bien —dijo.
»Supongo que pensó que habíamos llegado al hotel, pues se bajó sin decir ninguna palabra, y me siguió por el jardín. Tuve que caminar a su lado para mantenerlo firme, pues aún se tambaleaba. Les doy mi palabra: durante todo el recorrido, el padre y la hija caminaron delante de nosotros.
»—Está infernalmente oscuro —dijo tratando de hacer pie.
»—Pronto habrá luz —dije mientras prendía un fósforo y encendía la vela que había traído conmigo—. Ahora, Enoch Drebber —proseguí encarándolo e iluminándome el rostro—, ¿quién soy?
»Por un momento me miró con los ojos nublados de un borracho, y luego de un instante vi cómo el horror se apoderaba de ellos, hasta hacer convulsionar todos sus rasgos. Esto, desde luego, demostró que me había reconocido. Se tambaleó hacia atrás con el rostro lívido, y vi cómo el sudor le comenzaba a caer por la frente, mientras que sus dientes rechinaban. Ante esta vista, me recosté en la puerta y me reí ruidosamente y por largo tiempo. Siempre supe que la venganza sería dulce, pero nunca esperé la alegría que invadía mi alma.
»—¡Canalla! —le dije—. Lo he perseguido de Salt Lake City a San Petersburgo, y siempre se ha escabullido. Ahora sus andanzas han llegado a su fin, pues alguno de los dos no verá el sol de mañana.
»Mis palabras lo hundieron aún más, y en su cara pude ver que pensaba que yo estaba loco. Y quizá lo estuviera entonces. Las pulsaciones me retumbaban en las sienes como martillos, y creo que habría sufrido algún tipo de ataque si la sangre no se me hubiera comenzado a venir por la nariz, lo que me trajo alivio.
»—¿Qué piensa de Lucy Ferrier ahora? —exclamé cerrando la puerta y blandiendo la llave en su cara—. El castigo se ha demorado en llegar, pero por fin ha llegado.
»Vi cómo sus labios cobardes comenzaron a temblar. Habría rogado por su vida, pero sabía que sería inútil.
»—¿Me va a asesinar? —tartamudeó.
»—No hay asesinato —respondí—. ¿Dónde se ha escuchado que se asesine a un maldito perro? ¿Acaso tuvo usted piedad con la mujer que amé cuando se la arrebató a su padre muerto y la llevó a hacer parte de su desvergonzado harén?
»—¡Yo no maté a su padre! —gritó.
»—¡Pero fue usted quien rompió su inocente corazón! —chillé y le arrojé la caja—. Que Dios sea nuestro juez. Elija una y cómasela. En una de las píldoras hay vida; en la otra, muerte. Me tomaré la que quede. Veamos si hay justicia en esta Tierra, o si todo es producto del azar.
»Drebber se encogió de miedo gritando salvajemente y pidiendo por su vida, hasta que saqué mi cuchillo y se lo puse en la garganta. Entonces obedeció. Luego yo me tomé la que había quedado, y por algo más de un minuto nos quedamos frente a frente en silencio, esperando a ver quién iba a vivir y quién iba a morir. ¿Olvidaré alguna vez la mirada que se apoderó de su rostro cuando los primeros espasmos de advertencia le avisaron que el veneno estaba en su sistema? Me reí cuando lo vi, y le puse el anillo de matrimonio de Lucy delante de los ojos. Fue tan solo un momento, pues la reacción del alcaloide fue rápida. Un espasmo de dolor lo hizo contorsionarse; lanzó los brazos hacia adelante, se tambaleó y con un grito ronco cayó pesadamente contra el piso. No se movió más. ¡Estaba muerto!
»Entretanto, la sangre me seguía cayendo por la nariz, pero yo no lo había notado. No sé por qué se me ocurrió usarla para escribir en la pared. Quizá haya sido alguna idea maliciosa para tratar de despistar a la Policía, pues me sentía desenfadado y contento. Me acordé de un alemán que fue encontrado en Nueva York; alguien había escrito la palabra “RACHE” encima del cadáver, y en los periódicos se planteó la teoría de que su asesinato era obra de sociedades secretas. Supuse que lo que intrigaba a los neoyorquinos intrigaría a los habitantes de Londres, así que me mojé el dedo con mi propia sangre y procedí a escribir en un lugar conveniente de la pared. Luego caminé hasta mi coche y comprobé que no hubiera nadie por allí; el clima seguía golpeando la ciudad con inclemencia. Me había alejado unas calles cuando me tanteé el bolsillo donde suelo llevar el anillo de Lucy, y me di cuenta de que no estaba. Por supuesto, me llevé un gran sobresalto, pues es el único recuerdo que conservaba de ella. Suponiendo que se me había caído cuando me incliné ante el cadáver de Drebber, conduje de vuelta, dejé el coche en una calle lateral y caminé resueltamente hasta la casa. Estaba listo para enfrentarme a cualquier cosa antes de perder el anillo. Al llegar, me tropecé de frente con un oficial de policía que salía de la casa, y solo pude desviar sus sospechas fingiendo una borrachera antológica.
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