Conan Arthur - Sherlock Holmes

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Sherlock Holmes: краткое содержание, описание и аннотация

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Sir Arthur Conan Doyle escribió cuatro novelas con Holmes como protagonista y Watson como narrador: Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville y El valle del terror. Su lectura resulta valiosa tanto por el placer que nos procura una aventura interesante y bien contada como porque, a través de ella, recibimos enseñanzas adicionales de historia y geografía y, sobre todo, de técnica narrativa y lógica de la investigación. Nos queda, pues, nuestra tarea de lectores: seguir paso a paso —y de la mano de un excelso narrador, Watson— a Sherlock Holmes en cada una de sus observaciones y razonamientos, hasta lograr resolver los misterios más insondables. Se trata de una aventura que pone en tensión nervios y músculos, y que abre nuestras mentes hacia la investigación de lo cognoscible y la imaginación de lo imposible.

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—En ese caso, es ciertamente nuestro deber con la justicia tomarle la declaración —dijo el inspector—. Una vez más, señor, queda usted en libertad de contarnos los hechos, aunque debo recordarle que estos serán anotados.

—Si me lo permiten, tomaré asiento —dijo el prisionero llevando a cabo la acción enunciada con sus palabras—. Este aneurisma hace que me canse más rápido, y el forcejeo de hace media hora no ha hecho nada para mejorar mi salud. Estoy a un paso de la tumba, y no me siento muy inclinado a mentirles. Cada palabra que pronuncie será la verdad absoluta, y la manera en que ustedes usen la información me tiene sin cuidado.

Con estas palabras, Jefferson Hope se recostó en su silla y emprendió su memorable declaración, que a continuación reproduzco. Habló de manera calmada y metódica, como si los eventos que narrara fueran comu­nes y corrientes. Puedo avalar la precisión del recuento adjunto, pues he tenido acceso a la libreta de Lestrade, donde se consignaron con exactitud las palabras del prisionero mientras hablaba.

—A ustedes no les importa mucho por qué yo odiaba a esos hombres —dijo—; será suficiente decir que eran culpables de la muerte de dos seres humanos, un padre y una hija; y que, por lo tanto, habían perdido el derecho a vivir. Luego del lapso que ha pasado desde sus crímenes, me fue imposible asegurar para ellos una condena en cualquier corte. No obstante, yo estaba seguro de su culpa, y determiné que yo mismo sería su juez, jurado y verdugo, todo en uno. De haber estado en mi lugar, si es que tienen algo de hombría, ustedes habrían hecho lo mismo.

»La muchacha de la que hablo estaba prometida para casarse conmigo hace veinte años, pero la obligaron a contraer matrimonio con Drebber, y eso le rompió el corazón. Yo tomé el anillo de bodas de su dedo sin vida, e hice la promesa de que los ojos moribundos de Drebber se posarían en él y que sus últimos pensamientos serían del crimen por el que lo estaba castigando. Lo he llevado conmigo, y los he seguido a él y a su cómplice por dos continentes, hasta que logré cazarlos. Ellos pensaron que me cansarían, pero nunca lo lograron. Si muero mañana, como parece casi una certeza, lo haré sabiendo que mi misión en este mundo está cumplida, y muy bien cumplida. Ellos han fallecido, y por mi propia mano. Ya no tengo ninguna esperanza, ni deseo alguno.

»Ellos eran ricos, y yo, pobre, de manera que seguirlos no fue una tarea fácil. Cuando llegué a Londres mis bolsillos estaban prácticamente vacíos, y comprendí que debía buscar algo para sobrevivir. Conducir y montar son asuntos tan naturales para mí como caminar, así que me presenté en una oficina de coches y pronto obtuve un empleo. Todas las semanas tenía que llevarle una suma al dueño, y todo lo que excediera esa suma podía quedármelo. Rara vez sobraba algo, pero de alguna manera me las arreglé para ir arañando pequeñas cantidades. Lo más difícil del trabajo fue aprender a desplazarme, pues estimo que de todos los laberintos que existen, esta ciudad es el más confuso de todos. No obstante, en todo momento llevaba conmigo un mapa, y una vez ubiqué los principales hoteles y estaciones, pude moverme bien.

»Pasó un tiempo para que pudiera averiguar dónde se quedaban los dos caballeros; pero pregunté y pregunté hasta que di con ellos. Se hospedaban en una pensión en Camberwell, del otro lado del río. Una vez los localicé, supe que los tenía a mi merced. Me había dejado crecer la barba, y no había chance de que me reconocieran. Los acosaría y los perseguiría hasta que viera mi oportunidad. Estaba determinado a no dejarlos escapar de nuevo.

»Aunque casi se me escapan. Dondequiera que fueran en la ciudad de Londres, yo les seguía la pista. Algunas veces los seguía en mi coche, y otras a pie; lo mejor era seguirlos a pie, pues de esta forma no podían escabullirse. Solo me era posible obtener mi sustento en la mañana o tarde en la noche, de manera que comencé a quedarme corto con mi empleador. Esto no me importaba, desde luego, siempre y cuando pudiera poner mis manos sobre los hombres que acechaba.

»Pese a todo, eran tipos listos. Sin duda, pensarían que había alguna probabilidad de que los estuvieran siguiendo, así que nunca salían solos, y jamás después de la caída de la noche. Por dos semanas conduje detrás de ellos todos los días, y nunca los vi separarse. Drebber iba borracho la mitad del tiempo, pero Stangerson siempre se mantenía alerta. Estuve tras ellos en las tardes y en las mañanas, pero nunca vi clara una oportunidad. Esto no me desanimó, no obstante, pues algo me decía que la hora se acercaba. Mi único temor era que lo que sea que tengo en el pecho estallara antes de lo previsto y dejara inconcluso mi trabajo.

»Por fin, una tarde conducía por Torquay Terrace (así se llama la calle donde ellos se quedaban), cuando vi un coche que llegaba a su puerta. Al poco tiempo Drebber y Stangerson salieron cargando su equipaje, se subieron al coche y este arrancó. Agité a mi caballo de tal modo que los pudiera tener a la vista; me sentía inquieto, pues temía que fueran a cambiar de alojamiento. Se bajaron en Euston Station; encargué a un chico de que vigilara mi caballo y los seguí por el andén. Los escuché preguntar por el tren hacia Liverpool, y el encargado respondió que uno acababa de salir y que el siguiente saldría en algunas horas. Me dio la impresión de que la información no le cayó bien a Stangerson, pero a Drebber se le veía más complacido que otra cosa. En medio del bullicio me les acerqué tanto que pude escuchar todo lo que se decían. Drebber dijo que tenía un asunto que atender, y que si su compañero decidía esperarlo, pronto se reunirían de nuevo. Stangerson desaprobó esta iniciativa y le recordó que habían acordado no separarse. Drebber respondió que se trataba de un asunto delicado y que tendría que ir solo. No pude escuchar lo que Stangerson respondió a eso, pero Drebber comenzó a soltar una grosería tras otra y le recordó a su compañero que no era más que un sirviente con sueldo, y que no debía darle órdenes. Ante esas palabras, el secretario debió de pensar que, en efecto, era un trabajo muy malo y se limitó a señalar que si perdía el último tren, debían encontrarse en el hotel Halliday; a lo cual Drebber respondió que estaría de vuelta en la estación antes de las once, y se fue.

»El momento por el que había esperado tanto tiempo por fin llegaba. Tenía a mis enemigos a la mano. Juntos podían protegerse, por separado estaban a mi merced. Pese a ello, no actué de manera precipitada. Ya tenía un plan. No se obtiene ninguna satisfacción de la venganza a menos que el infractor tenga tiempo de saber quién es la persona que lo golpea y por qué se lo está castigando. Según lo tenía dispuesto, era necesario que yo tuviera la oportunidad de hacerle entender al hombre que me había perjudicado que su viejo pecado lo alcanzaba. Por casualidad, en días pasados un caballero a quien conduje a ver unas casas en Brixton Road había dejado olvidada una de las llaves en mi coche. Esa misma noche la reclamó, y se la devolví; pero en el intervalo había sacado su molde y alcancé a encargar un duplicado. Gracias a ello tenía acceso al menos a un lugar de esta gran ciudad donde pudiera encontrarme libre de interrupcio­nes. Ahora me enfrentaba al problema de cómo llevar a Drebber hasta allá.

»El hombre caminó por la calle e ingresó a un par de bares. Se quedó cerca de media hora en el segundo negocio. Cuando salió se tambaleaba y, evidentemente, estaba borracho. Justo enfrente de mí había un coche de alquiler, y Drebber le hizo una seña. Lo seguí tan de cerca que, durante todo el recorrido, la trompa de mi caballo se mantuvo a menos de un metro de su conductor. Cruzamos traqueteando Waterloo Bridge y luego atravesamos kilómetros de calles hasta que, para mi sorpresa, llegamos al mismo sitio en el que se había quedado. No podía imaginar cuáles eran sus intenciones al volver allí, pero seguí de largo y me estacioné a unos cien metros de la casa. Drebber ingresó al sitio, y su conduc­tor se marchó.

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