Gustavo Adolfo González Rodríguez - La muerte de la bailarina
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–Señor juez, yo pagué de mi bolsillo el ataúd, modesto, pero digno al fin, porque yo quería mucho a la pobrecita, que vivió y murió tan sola en este pueblo. Y además, usted comprenderá que ya necesito sacar el cadáver del living de la pensión, antes que los demás alojados se empiecen a enojar.
El expediente se completa con las declaraciones de la propia dueña de la pensión, del cabo Carrasco y de Nicolás Kaforis, dueño único y administrador del cabaret Noches de París, quien dejó constancia de que Laura Vega Corrales prestó servicios como artista en su local durante doce meses según un contrato de palabra, que él honró puntualmente pagándole cada mes con un cheque al portador. Esto fue corroborado, en otra declaración, por Ramiro Durán, cajero de la sucursal local del Banco del Estado, donde la occisa, en efecto, cambiaba regularmente el cheque de su salario.
Cierra la carpeta del expediente y la devuelve a su anaquel. Este día no hay audiencias que atender y recuerda que tiene pendiente desde la semana anterior una conversación con don Pelayo Eguiguren, quien lo viene sondeando para que sea candidato a regidor en las elecciones municipales del año próximo, una vez que se jubile en el Poder Judicial. Le ordena entonces a su ayudante que lo lleve en la camioneta del Juzgado hasta el fundo La Esperanza.
El latifundista lo trata de magistrado, no de señor juez como el resto de la gente. Cree sentirse honrado con ese tratamiento, pero a veces duda, según el tono que emplee don Pelayo.
–Usted sabe, magistrado, que las cosas se están poniendo complicadas en el campo. Muchos campesinos ya no quieren ser medieros y se están organizando en sindicatos para reclamar tierras, porque dicen que habrá una reforma agraria. No falta el que escucha noticias en la radio o lee periódicos que circulan por ahí y se enteran que hasta el gobierno gringo quiere cambios. Y qué decir de los curas, incluso este padre Jacques, un viejo que parece tan manso. Menos mal que está por irse. Cuentan que quiere pasar a retiro y volverse a Bélgica.
El juez Correa lo escucha mientras comparten un whisky como aperitivo.
–No sé si usted lo habrá advertido, magistrado, pero de vez en cuando aparecen agitadores por los pueblos y caseríos. Muchas veces fingen ser vendedores de telas o de enciclopedias, pero también andan con sus revistas que hablan de Cuba y otras patrañas. Figúrese usted que mi padre donó el primer terreno aquí para una escuelita rural donde los lugareños aprendieron a leer y a escribir, ¿y de qué les sirven ahora esos conocimientos? Nada menos que para dejarse envenenar por esa propaganda.
El juez acota discretamente que se necesitan algunos cambios, que los campesinos quieren honestamente progresar.
–Cierto, magistrado, de eso se trata –lo interrumpe don Pelayo–, de progresar honestamente entre todos, no de lanzar por la borda lo que hemos construido con años y años de esfuerzo, sin caer en la anarquía. Usted, que es un hombre culto, entiende lo que quiero decir.
–Le entiendo muy bien.
–Por eso –retoma su discurso el dueño de La Esperanza– queremos contar con gente como usted entre las autoridades de la comuna.
Correa le recuerda que faltan diez meses para los próximos comicios municipales y que él está próximo a jubilarse en el Poder Judicial.
–Usted, un hombre joven aún, con vocación de servicio, tiene todavía mucho que entregar a su comunidad. El municipio es esencial muchas veces para aclarar litigios de tierras, como usted bien lo sabe. Necesitamos un regidor que sepa y nadie mejor que usted, que es un hombre independiente, pero que contará con el apoyo nuestro si se presenta de candidato. No le pediremos que firme los registros de mi partido. Pero en el futuro, quién sabe, usted puede ser un alcalde de lujo o hasta diputado.
En ese momento entra en la sala doña Susana. El juez se pone educadamente de pie.
–No se pare, no se pare, solo quiero saludarlo y pedirle que le dé mis buenos recuerdos a su señora esposa, magistrado.
«Ella también con esa palabrita y ese tonito», piensa el juez Correa, mientras estrecha la mano regordeta de la mujer.
–Dígale que no se olvide de la velada del próximo mes con las damas rotarias.
–No faltaba más, señora Susana, ella lo tiene muy presente.
–No les quito más tiempo. Sigan conversando sus asuntos. En verdad es una generosidad de su parte venir hasta acá con la cantidad de trabajo que debe tener en el Juzgado.
–Bueno, uno se organiza, mi estimada señora.
–Tantas cosas que pasan y le caen a la justicia –agrega la dueña de casa–. Todo el mundo no para de hablar de la muerte de la tipa esa, la que bailaba en el cabaret… Ay, mejor me retiro porque si no le puedo estar dando lata sin parar, ¿verdad, Pelayo? Siéntase en su casa.
–«La muerte de la tipa esa, la que bailaba en el cabaret…» –remeda con humor don Pelayo cuando su esposa los deja solos–. Mi mujer es como todo el pueblo, vive de las habladurías. Si no hubiera tantas copuchas, este sería un pueblo de mudos.
–Sí, pues, usted sabe que… –empieza a decir calmadamente el juez.
–Sí, lo sé ¿que me atribuyen amoríos con la bailarina? ¿que mi mujer la mandó a matar? ¿que contrató al asesino más profesional y sanguinario que ha pisado la tierra? –se ríe don Pelayo–. Por favor, magistrado (otra vez el tonito), espero que usted no crea esas patrañas.
–Mi tarea como magistrado (subraya y alarga la palabra) no es creer o no creer, sino proceder cuando hay pruebas y los chismes no son ni siquiera testimonios, menos aún elementos probatorios. Todo este embrollo se armó porque el doctorcito Zúñiga no hizo su pega. Mañana mismo, don Pelayo, cerraré el expediente.
«Mejor que lo cierre de una vez», se dice don Pelayo, mientras rememora que visitó tres veces el cabaret en el último año. Kaforis, como él lo llama, lo recibió siempre con la máxima discreción, acomodándolo en la mesa de un altillo que el griego llama pomposamente «palco reservado», convenientemente oscurecido y oculto de las miradas de los otros parroquianos y con vista privilegiada hacia el escenario.
Allí los instalaba con Segundo, su fiel capataz y guardaespalda. En la segunda y tercera visitas, el propio Segundo bajó, siempre cauteloso, hasta el camarín de la estriptisera para invitarla a la mesa de su patrón y ella aceptó. Don Pelayo hace ahora frente al juez un gesto con que se sacude a la vez una mosca y esos recuerdos. Da por seguro que Kaforis no mencionó estas visitas en su declaración, y que si las hubiera mencionado, el magistrado las obvió.
Terminan de beber el segundo whisky . El juez Correa declina amablemente la invitación de compartir el almuerzo.
–No se olvide de mi oferta, lo necesitamos. Hay un sillón de regidor en su futuro.
–Lo pensaré, don Pelayo, lo pensaré.
Regresa al pueblo pasado el mediodía, con ganas de cerrar la oficina e irse a almorzar. Pero en la sala de espera está Ramiro Durán, quien lleva cuarenta y cinco minutos aguardándolo, le cuenta su secretaria.
–Es que mire, señor Correa, me escapé del trabajo para venir a verlo.
–¿Quiere rectificar, cambiar o anular su declaración, Durán?
–No, señor juez, no se trata de eso, aunque sí hay algo de eso.
–Explíquese, hombre.
–Es que tengo una amiga que trabaja en la oficina del Correo.
–¿Una amiga o una noviecita? –bromea el magistrado.
–No, pero, bueno, sí…
–¿Y entonces?
–Ella se llama Teresa Acosta y es también cajera, como yo, pero en el Correo.
–Claro, no va a ser en el banco, ¿y qué pasa con ella?
–Es por el caso de doña Laura Candelaria Vega, la bailarina del cabaret, la muertita.
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