Gustavo Adolfo González Rodríguez - La muerte de la bailarina

Здесь есть возможность читать онлайн «Gustavo Adolfo González Rodríguez - La muerte de la bailarina» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

La muerte de la bailarina: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La muerte de la bailarina»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Un pequeño pueblo ve convulsionada su vida cotidiana tras encontrar muerta a una mujer de 40 años, la bailarina del cabaret, en la pensión donde vivía. Su muerte repentina es un misterio que desata fabulosas conjeturas en los lugareños.

La muerte de la bailarina — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La muerte de la bailarina», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

«Murió de pena y soledad», reiteraba doña Eufrasia, aunque nunca admitió ni negó que las penas y soledades la hubieran llevado al suicidio o a la descabellada relación con el asesino que la ultimó, en la variante del crimen por encargo de la despechada esposa del latifundista prendado inexplicablemente de la cabaretera, lo cual a su vez constituía otra especulación de incierto asidero.

Al final lo que había era eso: un desparramo de especulaciones más un elenco de hipótesis de casi imposible encadenamiento. Sin relación causa-efecto, la muerte de la bailarina era apenas una muerte, alimentada pueblerinamente por fantasiosos dramatismos de asesinato o suicidio. Pero por lo menos era además un misterio. Un misterio sumergido en un mar de secretos, donde todos ignoraban el pasado de la difunta, apenas unos pocos conocían su nombre y solo un cura mal genio sabía de sus posibles pecados.

Con la excusa de la investigación en curso y del secreto de sumario, también el juez Correa alimentaba misterios y especulaciones. Secreto de sumario sobre la autopsia. Lo mismo en cuanto a la declaración del cabo Carrasco, quien se sentía cómodo con ese silencio impuesto que lo ponía a salvo del acoso de los contertulios para que contara cómo lucía el cadáver de la bailarina cuando entró a su pieza y le permitía eludir aclaraciones sobre el posible pago de doña Eufrasia para que descolgara y vistiera precariamente el cuerpo ya sin vida.

No faltaban entonces las sospechas de que el propio magistrado forzara el secreto de sumario y diera largas infinitas a la investigación con vistas a archivar algún día el caso sin sentencia, para que pasara al olvido. Sospechas que muchos tenían pero que no se atrevían a manifestar por respeto a la ley y el temor a ser encausados por desacato o calumnia, porque el solo hecho de suponer segundas intenciones al juez implicaba apuntarlo como involucrado, sino en la muerte, al menos en pasajes de la vida reciente de la mujer.

El secreto de sumario sobre la supuesta autopsia alimentó también las murmuraciones acerca del doctor Zúñiga. El joven médico, que hacía su internado en el pequeño hospital del pueblo, era no solo reservado sino irremediablemente tímido. Así resultó natural que se sometiera disciplinadamente a la orden del juez Correa, guardando un hermético silencio sobre lo que fue su examen del cadáver de la bailarina y los fundamentos de su diagnóstico de cirrosis hepática terminal.

Doña Ester, una cuarentona de prominente busto, esposa de don Domingo, contaba divertida en su coro de amigas que el médico era en esos días un atado de nervios. Fue a verlo al consultorio a propósito de una posible bronquitis e intentó sonsacarle información sobre la muerta sin resultados. Cuando debió auscultarla, ella se desprendió de la blusa y le preguntó con su mejor sonrisa: «¿Doctorcito, me saco también el sostén?».

–Entonces –contaba doña Ester– a él se le cayó el estetoscopio de puro susto y me dijo «no, no, no. No es necesario», y le temblaba la voz con aquello de expire y exhale. Hasta tuvo que hacerme dos veces la receta porque la primera vez escribió mal el nombre del remedio… –remataba su relato entre carcajadas.

Algunos días después se comentaba que don Domingo se enteró de la jugarreta de su esposa. Doña Zunilda se lo reveló a su marido, don Rodolfo, quien, un tanto escandalizado, se lo hizo saber con toda la discreción del caso a su compadre. A don Domingo no le hizo ninguna gracia y le ordenó dos cosas a su mujer: primero, que se portara con decoro y no hablara de eso con sus amigas. Segundo, que ni por broma volviera a coquetear con el doctorcito Zúñiga. Se decía que rubricó ambas prohibiciones con cuatro golpes en las nalgas y la espalda de su esposa. Claro que esta fue una anécdota menor, rápidamente olvidada, en el maremágnum de habladurías sobre la bailarina y su muerte.

Mucho antes

Un domingo especial: 8 de diciembre. Temprano la vistieron con el traje de primera comunión, toda blanca, con la cabellera rubia parcialmente oculta por el velo. Tenía ocho años, nunca antes se había sentido tan hermosa, tan parecida a María, la virgen que la observaba desde el altar mientras se arrodillaba para recibir la hostia. Luego, las fotos de rigor en la plaza del pueblo. «No te muevas, mira el pajarito». Tres tomas le hizo el fotógrafo con su cámara de cajón y fuelle. En la primera estaba sola, con el blanco misal entre las manos. La segunda, junto a sus padres y la tercera con sus tres hermanos y su hermana, cinco años menor que ella.

Su madre colocó diligentemente las tres imágenes en el álbum familiar, antes de afanarse en los últimos preparativos del gran almuerzo. La mesa se armó bajo el parrón, con tablones sobre caballetes y un gran mantel blanco que tapaba las rústicas maderas. Llegaron tías, tíos y primos a festejar a la niña, junto a los abuelos maternos. El cura, que también fue invitado, compartió la empanada de entrada y bebió discretamente un vaso de vino, antes de marcharse para atender otras invitaciones de feligreses en ese día tan especial. «Una pena que no pueda quedarse a almorzar con nosotros, padre. No sabe lo que se pierde: el asado de cordero está riquísimo», le dijo su madre al sacerdote.

«Venga, mi niña linda», la llamó su padre cuando terminaron los postres y la hizo sentar en sus rodillas. Entre orgullosa e incómoda escuchó cómo la elogiaba ante los familiares, al tiempo que la estrechaba en sus brazos y le transmitía su aliento a vino y tabaco. La más rubiecita, la primera de su curso en la escuela, la más inteligente de todas, que ya a los cinco años sabía leer y escribir. «Será doctora o abogada, ¿verdad, mi amor?», dijo mientras le estampaba un ruidoso beso en la mejilla y le palpaba los muslos por sobre el vestido blanco de primera comunión.

«Ni doctora ni abogada, quiero ser bailarina», pensaba ella. Guardaba en su velador una lámina a colores con la reproducción del cuadro de Degas: la esbelta mujer inclinada, atándose la zapatilla de ballet . Fue con sus hermanos al único teatro y cine del pueblo cuando se presentó una compañía de danza clásica venida de la capital y quedó fascinada con las evoluciones de bailarinas y bailarines al ritmo de piezas musicales que jamás había escuchado.

A falta de música culta en su hogar, ensayaba frente al espejo con cualquier tema que transmitía la radio, desde pasodobles, tangos, polkas, milongas, mambos y rancheras, hasta charlestón y fox-trot . A menudo era sorprendida en sus fantasías bailables por Evaristo, su vecino y amigo que cada día saltaba la pequeña tapia que separaba los dos patios para jugar con ella.

Jugaban a todo: a las adivinanzas, al luche, al salto del cordel, a la cocina con pasteles de barro e incluso a juegos masculinos como las bolitas o el trompo. Pero ella prefería sobre todo bailar para Evaristo, aunque el niño, un año mayor, se burlara a veces, pero generalmente terminaba aceptando ser su pareja, tomarla de la cintura y ensayar torpemente los pasos de un ritmo que igual podía ser un vals, un corrido o un bolero. Bailar para acompañarla, siempre torpe, en un pasodoble de Los Churumbeles de España, en un mambo de Pérez Prado o en un chachachá de la Sonora Matancera.

Jugaban y bailaban con inocente alegría, riéndose de sí mismos, desatendiendo los llamados de sus madres para hacer las tareas escolares, aunque respondían cumplidamente a los llamados para compartir unas onces de té con leche y pan con palta.

Un micromundo infantil poblado de ilusiones sobre el futuro. Ella le aseguraba a Evaristo que tal vez sería doctora o abogada solo para satisfacer a su padre, pero que al mismo tiempo seguiría con la danza y el ballet para llegar a ser la primera figura de una gran compañía. Más práctico, el niño le decía que su anhelo era ser dueño de un inmenso camión, ganar mucha plata y comprar y comprar más camiones hasta poseer una gran flota de transporte, porque no quería ser un simple empleado de la estación del ferrocarril como su padre. Ella tampoco se veía criando niños y cocinando todo el día como su madre. Se burlaba de su amigo y calificaba sus sueños de vulgares, usando una palabra recién aprendida en la escuela. Y él le respondía que era demasiado ambiciosa, que no hay doctoras ni abogadas que a la vez hagan danza o ballet en los escenarios en giras por todo el mundo y que con suerte terminaría bailando en un circo o en una taberna.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «La muerte de la bailarina»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La muerte de la bailarina» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Gustavo Adolfo Bécquer - Bécquer - Obras completas
Gustavo Adolfo Bécquer
José Vicente Rodríguez Rodríguez - Los papiros de la madre Teresa de Jesús
José Vicente Rodríguez Rodríguez
Gustavo Adolfo López Álvarez - Microeconomía básica
Gustavo Adolfo López Álvarez
Ana María González González - El claroscuro catalán
Ana María González González
Gustavo Rodríguez Espada - Pensamiento Estético en Musicoterapia
Gustavo Rodríguez Espada
Oscar Rodriguez González - Familia laboral
Oscar Rodriguez González
Rafael Gonzalo Gallegos Rodríguez - Elaboración de productos de bollería. INAF0108
Rafael Gonzalo Gallegos Rodríguez
Gustavo Adolfo García Cediel - Comercio informal callejero
Gustavo Adolfo García Cediel
Marcos David González Fernández - Muerte en el crepúsculo
Marcos David González Fernández
Adolfo Rodríguez Gallardo - Ética bibliotecaria
Adolfo Rodríguez Gallardo
Отзывы о книге «La muerte de la bailarina»

Обсуждение, отзывы о книге «La muerte de la bailarina» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x