Gustavo Adolfo González Rodríguez - La muerte de la bailarina

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La muerte de la bailarina: краткое содержание, описание и аннотация

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Un pequeño pueblo ve convulsionada su vida cotidiana tras encontrar muerta a una mujer de 40 años, la bailarina del cabaret, en la pensión donde vivía. Su muerte repentina es un misterio que desata fabulosas conjeturas en los lugareños.

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Ahora

Son casi las ocho de la noche. Se reúnen, como suelen hacerlo casi todos los viernes, alrededor de la mesa mayor de la fuente de soda-bar-restaurante, que es también la sede del club de rayuela. Ya están todos al tanto de que el juez Correa fue hasta las casas patronales del fundo La Esperanza para reunirse con don Pelayo Eguiguren.

–¿Vieron? –comenta don Enrique–, yo les dije que por ahí había una pista.

–¿Entonces fue doña Susana la que mandó a matar a la bailarina? –inquiere don Domingo casi en un susurro.

–Una dama como ella no se va a rebajar a eso –interviene don Desiderio.

–¿Habrá participado doña Susana en la entrevista del juez Correa con don Pelayo? –pregunta don Rodolfo.

–Dicen que es una vieja muy, pero muy celosa, que tiene cortito a su marido, pero don Pelayo siempre se las arregla para escapársele –contraataca don Enrique.

–No era nada de fea cuando se casaron, pero con los años se dejó engordar y se echó a perder –opina don Lisandro.

–Sí, pues, con razón don Pelayo sale a echar sus canitas al aire.

–Claro, una vez lo vi donde las Morales, siempre acompañado por el Segundo ese, su fiel capataz –recuerda don Domingo.

–¿Y usted en qué andaba donde las Morales, mi estimado? –lo interroga socarronamente don Desiderio.

–En nada, yo solamente pasaba de casualidad por ahí –se defiende don Domingo.

–Sí, seguro que así fue –dice ahora con ironía don Desiderio.

–No me embrome. ¿Acaso usted, acaso alguno de los que están en esta mesa, no han ido jamás donde las Morales?

Don Rodolfo advierte que se están saliendo del tema y, en tono conciliador, subraya que a don Pelayo lo vieron al menos tres veces en el cabaret.

–¿Y quién no anduvo alguna vez por ahí? ¿Quién de esta mesa puede decir que nunca vio empilucharse a la bailarina? –interroga, al borde de la carcajada, don Desiderio.

–Pero tampoco eso sería razón para mandar a matar a una persona –reflexiona don Domingo.

Hacen una pausa para ordenar dos botellas más de vino y una pichanga de picles, quesos y trozos de arrollado como picoteo.

–¿Y por qué el juez Correa no citó a don Pelayo a su oficina para tomarle declaración en vez de ir hasta La Esperanza? –pregunta don Rodolfo.

–Porque en este país los ricos mandan hasta a la justicia –le responde don Desiderio.

–Ya pues, no se me ponga comunista –lo reconviene amistosamente don Enrique.

–Tal vez fue hasta el fundo en una visita social, de amigos –lanza don Domingo.

–¿Visita social en su horario de trabajo? Esa sí que no me la creo –le refuta don Enrique.

–O fue por otro asunto, sin relación con la muerte de la bailarina, tal vez un trámite de herencia o una denuncia de robo de ganado

–insiste don Domingo.

–Esa me la creo menos todavía –sigue contradiciéndolo don Enrique–. Yo digo que este fue un crimen por encargo.

–Eso nunca se va a aclarar –le responden casi a coro los demás contertulios.

–No te cleo, le dijo el chino al piano –acota don Domingo.

–Dicen que dos días antes de la muerte de la bailarina anduvo por La Esperanza un tipo muy sospechoso –vuelve a la carga don Enrique.

–¿Y quién lo dice? –pregunta alguien.

–Lo escuchó don Luis en su negocio.

–¿Pero quién era el tipo sospechoso? ¿Quién dice que lo vio?

–insiste don Desiderio.

–Se cuenta el milagro, pero no el santo –señala don Enrique, encogiéndose de hombro.

–Yo escuché que apareció en esos días un hombre con aspecto de facineroso, que nadie había visto antes por el pueblo, pero que no rondaba La Esperanza, sino la pensión de doña Eufrasia –relata don Domingo.

–Está buena la pichanga, ¿pedimos otra? –consulta don Lisandro.

–Bueno –asiente don Rodolfo–, y también otra botellita, ¿seguimos con el Santa Emiliana?

Mucho antes

Ya tiene catorce años y va en el tercer año de la secundaria. Los negocios de su padre marchan bien, aunque él bebe demasiado. Cuando llega a casa borracho, generalmente los sábados de noche, es más agresivo verbalmente con su mujer, que sumisa le sirve la cena y no le contradice en nada. Pero él insiste en esos desplantes autoritarios como si el hecho de reafirmar su condición de jefe de familia, de proveedor y patriarca hogareño fuera un recurso para disimular la borrachera o, si se quiere, proclamar que tiene derecho a emborracharse todas las veces que le venga en gana.

Los tratos de compra y venta de ganado van tan prósperos que su padre decidió invertir en ampliar la casa. Hizo construir un segundo piso con cuatro dormitorios: uno para el hijo mayor, un segundo cuarto para los otros dos hijos varones y dos dormitorios aparte para las niñas. Su hermana menor tiene un cuarto más pequeño, mientras que ella, en su nuevo dormitorio, tiene espacio para un escritorio donde puede hacer sus tareas escolares y estudiar en paz para que llegue a ser, le recalca su padre, una gran abogada o una famosa doctora.

«Soy enérgico porque es la única forma de que ustedes lleguen a ser algo en la vida», les suele recitar a sus hijos. A veces cuando llega bebido les lanza ese discurso con aires de amenaza e incluso con castigos físicos. Un viernes golpeó a su hijo mayor porque en su libreta de notas trimestrales apareció con calificaciones deficientes en dos asignaturas.

A ella también la golpeó, pero fue hace dos años, cuando se peleó con su hermana menor a propósito de una revista de historietas y esta, en desquite, corrió a acusarla con su padre porque estuvo bailando otra vez con el Evaristo. «¿Es verdad? –la interrogó él–. Mírame a la cara cuando te hablo, ¿es verdad?». «Sí, pero fue apenas un ratito», se defendió. «¡Ni un ratito ni nada!». Se sacó el grueso cinturón de cuero para darle azotes una y otra vez en las pantorrillas, mientras gritaba enardecido que se merecía ese castigo, que así aprendería a no mover las piernas con cualquiera. Esa misma noche fue a verla, ya acostada. La abrazó y la besó en la frente. «No me haga rabiar, mi niña, no me haga rabiar».

Ahora

El juez Correa revisa una vez más el expediente. Es una carpeta con pocas hojas. La primera es la copia del certificado de nacimiento, donde consta que hace cuarenta y tres años llegó a este mundo Laura Candelaria Vega Corrales, hija de Amílcar Vega y Candelaria Corrales. Otras fotocopias, un tanto borrosas, conseguidas diligentemente por el cabo Carrasco, reproducen parte de la libreta de familia para establecer que fue la tercera de cinco hermanos, detrás de Amílcar Luis y Carlos Alberto, y antes de Roberto Alfonso y Angelita María, a quien le llevaba cinco años de ventaja.

El juez Correa relee asimismo el certificado de defunción, donde se detalla que Laura Candelaria era soltera, sin hijos. Allí consta como presunta causa de muerte un paro cardiorrespiratorio, provocado supuestamente por una ingesta excesiva de alcohol y asociado a una cirrosis hepática avanzada. Así lo escribió el joven doctor Zúñiga, quien se declaró incompetente para realizar una autopsia. Este doctorcito, piensa el juez, que con su incompetencia me dejó este embrollo lleno de presunciones. Esta misma mañana le informaron que el joven médico ya no está en el pueblo, que terminó su internado y ayer regresó a la capital. Mejor que se haya ido, reflexiona el magistrado y recuerda que fueron dos días de espera inútil de un médico legista que abriera el cadáver.

Finalmente el juez Correa dio la autorización para el funeral, aunque quedó flotando en los corrillos del pueblo una autopsia que nunca se hizo. Permitió la sepultación atendiendo los ruegos de doña Eufrasia, quien le insistió que su pensionista murió de pena, que no había más vueltas que darle al asunto. Y, claro, doña Eufrasia tenía un cierto derecho a solicitar que no se atrasara el entierro.

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