Gustavo Adolfo González Rodríguez - La muerte de la bailarina
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Después le preguntó por una casa de pensión donde conseguir albergue y así llegó, enviada por el almacenero, hasta la residencial de doña Eufrasia, una casona de dos pisos a tres cuadras de la plaza principal y a cinco del cabaret donde ella encontraría trabajo al día siguiente. Allí ocupó el último cuarto al final del pasillo que atravesaba toda la segunda planta, frente al baño común.
Doña Eufrasia le tomó simpatía desde el comienzo, porque era tan educada y gentil a pesar de trabajar en la vida nocturna. Siempre discreta, incluso para concurrir a misa los domingos con un recatado chaleco celeste que le cubría el escote. Se sentaba en las últimas bancas, lejos de las miradas incómodas de las feligresas que acompañadas por sus maridos e hijos se ubicaban cerca del altar. Con esa misma discreción, nunca se atrevió a comulgar en domingo, en cambio con toda regularidad iba el segundo jueves de cada mes a confesarse.
El padre Jacques, su confesor, un cura belga taciturno y ya anciano, pronunció un responso de circunstancia en el cementerio durante el funeral de la bailarina y jamás nadie escuchó de él algún comentario sobre la difunta y sus periódicas confesiones. Fiel a su ministerio, el sacerdote guardó los secretos del confesionario, con lo cual canceló, según supusieron muchos, el único camino de esclarecimiento del pasado y de las razones de la muerte de la mujer.
Los socios del club de rayuela, que a menudo se daban cita al caer la tarde en el restaurante contiguo al negocio de don Luis, iniciaron sus propias rondas de confesiones, a veces con el propio cabo Carrasco, ya incorporado en sus corrillos como un contertulio más. Así, muchos revelaron, mientras lanzaban miradas de soslayo hacia la calle por donde podrían irrumpir imprevistamente sus esposas, que más de alguna vez fueron hasta el cabaret a ver a la bailarina en su estriptis. Contaron que al desnudarse adoptaba un aire profesional, con movimientos increíblemente sensuales para su edad, mientras fijaba en su rostro una inexpresiva sonrisa de muñeca. Más de alguna vez la invitaron a su mesa y ella siempre aceptaba, pero a la pregunta de qué va a servirse, respondía invariablemente «una gaseosa, si me hace la fineza», tal cual la escuchó el almacenero la primera vez.
No parecía alcohólica, aunque su abstinencia no era garantía de que alguna vez no lo hubiera sido. El cabo Carrasco, reservado como siempre, escuchaba a quienes proclamaban su recaída en el trago que la arrastró al suicidio y a los que suscribían la versión de que su asesino la obligó a tragar un litro de vino antes de darle muerte. En las discusiones no faltaban quienes reivindicaban la versión ya más tradicional de que bebió para darse valor y tragar el veneno para ratas.
Los que compartieron alguna vez la mesa con ella en el cabaret la calificaban indistintamente de hipócrita, recatada o mojigata, recordando que esa misma mujer, que minutos antes se había desnudado en el escenario a la vista de todos, se sonrojaba al escuchar cualquier chiste o comentario obsceno, limitándose a esbozar una tímida sonrisa y bajar los ojos como reacción. Hablaba muy despacio, con un hilo de voz apenas inteligible entre los ruidos de la música y las botellas y el estruendo de los zapateos de los bailarines. Ella, que se contoneaba una noche al son de un ritmo árabe en el número de los siete velos y otra con una movida rumba para el estriptis del trópico caliente, no bailaba junto a los demás y se disculpaba elegantemente con los hombres que la invitaban a salir a la pista.
Cuando la bailarina aceptaba ir a una mesa, se defendía también con discreción y efectividad de quienes intentaban abrazarla y desviaba suavemente, y a la vez enérgica, las manos de los que estaban sentados a su lado y pretendían acariciarle las rodillas o muslos por debajo del mantel. Claro que esto nadie lo mencionaba en las tertulias crepusculares de recuerdos sobre la muerta.
Tal vez por respeto a esa invariable conducta de ella, don Nicolás, el dueño del cabaret, se abstenía de sumarse al coro de comentarios sobre la mujer y su muerte que se montaba cada noche en su local. Deducía que, a la postre, nadie la conocía, con la excepción de él mismo y, posiblemente, del cura Jacques y doña Eufrasia. Ninguno de los que especulaban sobre su muerte se interesó alguna vez por conocer el verdadero nombre de la bailarina, que unas noches era la Odalisca del Oriente y otras la Pantera del Trópico, según los ya desteñidos carteles que se colgaban a la entrada del cabaret.
También sabía y recordaba su nombre el joven cajero del único banco local, donde la bailarina llegaba cada comienzo de mes a cambiar por efectivo el cheque extendido a su nombre por don Nicolás. Un cheque austero, como lo definió el propio cajero ante el juez Correa cuando fue interrogado. Porque la bailarina cobraba poco, le bastaba con tener dinero para pagar puntualmente el cuarto de pensión y comprar escasas provisiones en el almacén de don Luis. Ella misma lavaba su ropa a mano en la artesa instalada en el patio de la residencial y recurría a doña Eufrasia para que le prestara su plancha de carbón y su costurero cuando necesitaba remendar alguna prenda.
Como era ajustada en sus gastos, las vecinas y vecinos insistían en que amasaba pacientemente una fortuna, con billetes que escondía bajo el colchón de su pobre cuarto de pensionista. Por eso, tras su muerte el juez Correa dispuso una revisión a fondo de los enseres de la difunta, incluso con autorización para que los carabineros indagaran en sus espacios más íntimos.
Fue inútil. No se encontraron fajos de billetes ni alcancías repletas de monedas. Por eso, la hipótesis del asesinato con fines de robo cobró fuerza, aunque siempre quedó espacio para otras especulaciones que descartaban la posibilidad, muy cierta, de que la bailarina fuera irremediablemente pobre, sin posibilidades de ahorrar ni esconder un centavo.
Así lo atestiguaban también sus escasos bienes, que cabían en su valija de cartón. Cuatro mudas de ropa interior, incluyendo las enaguas. Un traje de dos piezas y un abrigo más bien gastado para el invierno. Dos faldas, tres blusas, el chaleco celeste y un vestido veraniego de un modelo pasado de moda. Sus trajes profesionales, el de los siete velos, el disfraz de pantera y los dos bikinis de lentejuelas, quedaron en el cabaret y el juez no se preocupó de reclamarlos.
Entre las pertenencias de la difunta había tres libros, ya ajados por las continuas lecturas: Desolación , Mujercitas y El Conde de Montecristo . De entre las páginas del segundo se deslizó un gastado recorte con la reproducción de una acuarela que representaba a una bailarina clásica. Había también un cuaderno de cien hojas, de las cuales ochenta estaban ocupadas por una perfecta caligrafía de letra pequeña, con prosas y poemas supuestamente escritos por la difunta. El juez revisó minuciosamente los textos, se conmovió por la tristeza que transmitían la mayoría, pero no encontró señales que contribuyeran a aclarar los vínculos familiares de la bailarina o posibles desajustes emocionales que la hubieran conducido a la muerte. Finalmente accedió a los ruegos de la dueña de la pensión y le entregó la valija «en custodia» hasta que apareciera un pariente de la difunta a reclamarla.
«Pobre, pobrecita», repetía doña Eufrasia. Insistía en que la bailarina era la mujer más buena que había visto, aunque nunca pudo dar seguridades de que la conocía a fondo, de que alguna vez se hubieran contado sus respectivas vidas o que al menos cebaran un mate sincerándose mutuamente acerca de sus dichas y desgracias. Como obviamente doña Eufrasia no participaba en los conciliábulos masculinos del pueblo, compartía sus juicios acerca de la difunta con sus escasos pensionistas a la hora del almuerzo, las demás vecinas que acudían día a día al almacén de don Luis, o con quienes coincidía los sábados en la feria libre o los domingos en la salida de la misa.
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