Kike Ferrari - Lo que sabemos y lo que somos

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Antología realizada por Kike Ferrari con relatos breves de: Ezra Alcazar, Diego Ameixeiras, Raúl Argemí, Bruno Arpaia, Elia Barceló, Jorge Belarmino Fernández, Julián Ramón Biedma, Pino Cacucci, Imanol Caneyada, Juán Carrá, Marc Cooper, Bernardo Fernández BEF, Kike Ferrari, Fritz Glockner, Fermín Goñi, Francisco Haghenbeck, Lorenzo Lunar, Rafael Marín, Andreu Martín, Alfonso Mateo-Sagasta, Nahum Montt, Rebeca Murga, Guillermo Orsi, Rodolfo Pérez Valero, Elena Poniatowska, Alexis Ravelo, Sébastien, Rutés, Carlos Salem, Juán Sasturain y Gabriel Trujillo Muñoz.
"Como en la tradición de los grandes detectives, detecta los signos de parálisis lírica que envuelven al mundo, para poder descubrir también que esos males eran sus secretos tesoros, guardados como sarcasmo dolido en su propia conciencia" (Horacio González).

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La mujer tumbó el rey mientras ejecutaba un paso de baile y se volvió sin mirar a su contendiente para recoger los billetes que le tendía un anciano con pajarita.

Vestía como una gótica de los ochenta pero con las tetas más gordas y la mirada mucho más afilada.

Me interpuse en su camino cuando buscó la escalera, sin saber cómo identificarme pero no fue necesario.

—Eres SU hijo —afirmó.

—Me han dicho que venía a verte jugar al ajedrez.

—Tienes el corte de su rostro pero te falta la maldad y la retranca —la reseña es para sí misma.

—¿Podemos hablar un momento?

—Lo siento, jefe; me están esperando fuera, un chingado con mucha guita me ha contratado para una partida privada. Hasta me ha enviado un pinche auto para buscarme.

—¿Cuándo podríamos vernos? Mi padre me llamó hace un par de días pero cuando llegué había muerto. A lo mejor usted puede ayudarme a comprenderle.

—¿Muerto? —la carcajada obligó a volverse a más de un rostro—. No sea pendejo, hombre. El diablo no se muere nunca.

—... —No sabía si recriminarle la risa o sumarme a ella.

—Mire, ahorita tengo que irme, pero venga mañana y platicamos.

Un nuevo paso de ballet para esquivarme y se perdió escaleras arriba.

***

Hasta que fui a pagar el bocata de calamares en la madriguera oriental situada junto a la pensión donde me alojaba, no me percaté de que me habían robado la cartera con toda la documentación, seguramente en el garito del ajedrez. Estaba demasiado cansado para desplazarme a una comisaría donde interponer la denuncia, así que aboné la cuenta con unas monedas que conservaba en el pantalón y volví a mi habitación para compartir la cama con los piojos que me estarían echando de menos.

Por suerte había dejado los billetes de tren en la maleta, así que no tendría que quedarme para siempre en aquella ciudad demente.

***

Dediqué la mañana a dar de baja la documentación y a proceder con la denuncia del robo ante un policía que me miraba con asco mientras tecleaba con un dedo artrítico en el ordenador; creo que al final ni siquiera guardó los datos del documento porque se quedó medio dormido mientras le contaba mi historia.

Como aún quedaban varias horas para la salida del tren, tenía tiempo de pasarme por el Apertura Eslava de Rey, lo que no tenía era dinero ni para tomarme una caña.

Cuando vi al tipo de la pajarita, que parecía el encargado de organizar las apuestas le pregunté, por la gótica ajedrecista.

—¿Viene usted a jugar o a apostar? —desconfiado.

—A ninguna de las dos cosas. Hemos quedado para charlar sobre un tema.

—Pues no va poder ser.

— ...

—Murió anoche.

—¿Qué ha dicho?

—Degollada —estaba claro que esa palabra lo aclaraba todo para él y que también debía ser suficiente para mí, por que me dio la espalda y siguió con sus negocios.

***

A la salida del antro, las calles parecían moverse como una montaña rusa y eso que no había tomado una cerveza en todo el día.

Estaba pensando en que, quizás, aquel vértigo se debiera precisamente a que no había tomado nada desde ayer, cuando alguien me siseó desde un portal.

Adrián Berdeles, el compañero de la residencia de ancianos de mi padre, me esperaba oculto entre las sombras con un periódico en una mano y una maleta en la otra.

Haciéndome señas de que no hiciera ruido, me condujo al interior de un portal.

—Sabía que vendrías por aquí —me susurró.

—¿Se marcha? —Le señalé la maleta.

—Y tú deberías hacer lo mismo —me tendió el periódico y encendió una cerilla para que pudiera leer el titular de un breve, donde se constataba que El nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador crea una comisión para investigar los crímenes paramilitares contra la insurgencia en México.

—No entiendo nada.

—Una vez, solo una vez, hace unos pocos días, no sé si fue el tequila, la soledad o el aburrimiento, tu padre se sinceró conmigo —no dejaba de mirar hacia la calle, estaba claro que alguien lo perseguía o que él se imaginaba en peligro—. Me enseñó este artículo y me dijo que hace quince años lo mató en el DF un detective tuerto y cojo tirándolo por unas escaleras. Se reía. Que desde entonces había vivido feliz e invisible en Madrid, pero que ahora se había acabado todo.

—No lo entiendo

—Al día siguiente de su... confidencia, me miró de forma extraña y no volvió a hablar conmigo —vistazo al exterior—. Ayer intentaron atropellarme. A la ajedrecista le han cortado el cuello.

—Sigo sin entender nada.

—No conozco a nadie que haya visto el cadáver de tu padre en la residencia. A nadie.

—¿Insinúa que no está muerto?

—Insinúo que tenía que desaparecer y que tú y yo nos hemos convertido en sus últimos cabos sueltos.

***

En el tren de vuelta a Barcelona, el dolor de cabeza y las náuseas me mantenían con un pie a cada lado del sueño, alternando imágenes distorsionadas de las cocinas del Hotel Reina Sofía, donde trabajaba mi madre, el hotel en el que Morales la sedujo a cambio de unos billetes y un poco de atención, con otra secuencia en la que me veía en el escenario, sentado ante mi batería pero incapaz de encontrar las baquetas mientras el público me abucheaba.

Al final, me quedé profundamente dormido y desperté con el vagón en penunmbra y completamente desierto; me habían robado la maleta y el teléfono móvil.

No había un alma en la estación y yo me encontraba demasiado enfermo para quedarme allí ni un minuto más, así que decidí marcharme a casa y posponer una denuncia que, con toda seguridad, no serviría para nada.

***

Cuando llegué andando a mi casa, de madrugada, estuve a punto de pasar de largo.

Lo más asombroso fue la falta de sensación de asombro.

La vivienda había ardido hasta los cimientos. Eso sí, el fuego estaba tan bien dirigido que apenas había afectado a las de alrededor.

Pensé en que tal vez Morales no era el verdadero nombre de mi padre y en que si Moriarty, el Napoleón del crimen, hubiera nacido en Latinoamérica, muy podría haberse llamado Morales.

Me quedé allí, mirando los restos calcinados de mis últimas pertenencias, de todo lo que había sido.

Y llegué a la conclusión, casi con alivio, de que había dejado de ser un cabo suelto.

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