Habían pasado más de seis meses desde la tragedia en que el doctor Dumas había perdido la vida, junto a Clara…
Lamentó lo ocurrido al ex director, el doctor Dumas; si bien era bastante cascarrabias ella sabía que era solo una coraza, ya que debajo de esa actitud se escondía además de un gran investigador una gran persona. Recordó todo lo que había aprendido a su lado y lo orgullosa que estaba por pertenecer a un instituto científico tan prestigioso.
Recordó también que Dumas estaba siempre en la búsqueda de la excelencia y por ello exigía de todos en general el mayor espíritu de superación como grupo de investigación, sin olvidar requerir de cada uno en particular, por más pequeño espacio que ocupase en la organización, que se esforzase al máximo para hacer de su tarea el mejor trabajo.
Con él habían aprendido que no había trabajadores de primera y de segunda; si bien descansaba y mucho sobre los profesionales investigadores, también se ocupaba de hacer capacitar a todos los que allí trabajasen fuesen del área de la administración, de soporte técnico o bien de maestranza.
Dumas sostenía que los investigadores trabajaban mejor cuanto más eficiente fuese el personal auxiliar alivianándoles las tareas en las que no era necesario que perdiesen tiempo; por ello se ocupaba muy bien de que fuesen realizadas con calidad. Eso generaba en todo el grupo el espíritu de cuerpo necesario para que la excelencia alcanzada fuese resultado del esfuerzo de todos.
—¡Qué diferencia con el doctor Hopkins! – pensó.
El pobre se encontró de golpe, al ser el vicedirector del Instituto en el momento del accidente, con la obligación de hacerse cargo de algo de lo cual siempre había estado ajeno ya que su nombramiento había sido una formalidad; un requisito para cumplir con las estructuras, pero nunca había tenido necesidad de reemplazar a Dumas en ninguna de sus actividades ya que este se las arreglaba muy bien para no dejar nada fuera de su área de gobernabilidad.
Si bien Hopkins era una buena persona y muy buen profesional en su campo carecía totalmente del carisma de Dumas, así como de su capacidad de gestión para que la organización del Instituto siguiese como si nada hubiese ocurrido. Se notaba y mucho, su ausencia.
¡Ni que hablar de cuánto extrañaba a su amiga Clara!; si bien esta le llevaba unos años pues Ana recién acababa de cumplir veintisiete, esa diferencia no pesó a la hora de haberse convertido en excelentes amigas habiendo encontrado en ella la hermana mayor que nunca había tenido.
Recordó cuán devastada estaba al creer que la había perdido para siempre, pero también lo reconfortada que se sintió cuando aquella extraña pareja conformada por el doctor Fermín Thomas y su esposa Marta le entregaron la carta de Clara; ya que, al leerla, supo que no había corrido la misma suerte de Dumas sino que se encontraba sana y salva en… Bellitania.
Repasó en su memoria algunos párrafos de aquella carta…
Mi muy querida Ana:
“Sé que cuando leas esta carta creerás que se trata de una broma de muy mal gusto, pero te aseguro que no lo es. Soy Clara; Clara Frers, tu amiga, y lo primero que quiero decirte es que estoy bien y no me ha pasado nada. Lamentablemente no puedo decir lo mismo sobre el doctor Dumas, quien ya no se encuentra entre nosotros”.
Se alegró de ser la única persona que lo supiese porque en el fondo de su corazón estaba feliz por ella, y porque no tenía que dar explicaciones a nadie de lo sucedido; no sabría cómo hacerlo pues tampoco lo tenía claro. Estaba segura de que así era y eso le bastaba.
Recordó las noticias que habían llegado diciendo que tanto ella como el doctor Dumas, junto a los doctores O’Neill y Collins, habían caído al mar en un accidente de automóvil en los acantilados de Moher, aunque jamás habían sido encontrados.
Desde el día en que ellos le habían entregado la carta y… la cruz, no se separaba nunca de ella llevándola puesta todos los días debajo de la ropa para que nadie pudiese observarla, dado que, por su extraño diseño llamaría la atención de cualquiera que pudiese observarla.
Recordó entonces lo que la carta le revelaba sobre ella:
“Te envío una antigua cruz celta que me ha regalado mi hada protectora Heras. Sí Ana; las hadas existen, no estoy loca. Me ha salvado de difíciles situaciones; úsala todos los días ya que yo aquí, por suerte, no la necesitaré más.
Cuando tengas alguna duda sobre la clase de persona que tengas enfrente, solo voltéala y encontrarás escrita en ella dos palabras: “confía” o “cuídate”. Hazle caso; entrégate completamente si la cruz te dice que confíes, y ¡apártate! sin dudarlo si encuentras la palabra “cuídate”.
Pero… ¿qué haría en el verano cuando usase ropa menos cubierta? ¿cómo haría para evitar que cualquiera pudiese verla? Tendría que pensar en ello y rápido, ya que el invierno estaba por terminar dejando paso a la primavera, y con ella días soleados y cálidos que la obligarían a mostrarse menos abrigada con posibilidad de que pudiese ser vista por cualquiera.
Pasó por delante de la puerta de la oficina de Clara sintiendo la necesidad de entrar como forma de sentirla más cerca.
Buscó las llaves e ingresó. Levantó la persiana y pudo ver como la lluvia que no había aminorado de intensidad, golpeaba contra la ventana comenzando a mojarla rápidamente. Con la mirada fija en las gotas que se deslizaban por el vidrio se dejó llevar hasta los días que había compartido con su amiga, repasando los momentos de alegría vividos tanto dentro como fuera de la Universidad.
Sin embargo, recordó también aquellos turbios, sin explicación racional, que las habían hermanado aún más como mecanismo de defensa contra esas fuerzas desconocidas que las acechaban, uniéndolas más y más haciendo nacer una hermosa amistad que jamás hubiese sospechado.
Y así, mimetizándose con el tiempo exterior permitió a sus lágrimas correr por sus mejillas dejando tanto a la lluvia como a su alma amalgamarse en un abrazo por un lado triste y agobiante por haber perdido la oportunidad de compartir a diario con ella, pero por otro, feliz por saber que a pesar de todo lo ocurrido Clara estaba viva, protegiéndola con esa cruz que le había enviado.
Comenzó a sobreponerse de esos sentimientos enjugando sus lágrimas y luego de unos instantes salió de la oficina lista para comenzar un nuevo día de trabajo. Cuando llegó a su escritorio para revisar la correspondencia hizo su aparición Hopkins.
—Buenos días Ana.
—Buenos días doctor.
—¿Puedes venir a mi oficina?
—¡Enseguida!
—Revisó rápidamente los papeles en su escritorio como para seleccionar aquellos que debía llevarle al director aprovechando su llamado.
—Permiso doctor Hopkins. Aquí le traigo los papeles que necesitan su visado.
—Gracias Ana, pero…no te llamaba por eso, aunque te lo agradezco. Siéntate por favor.
Ana se sentó en uno de los sillones del otro lado del escritorio de Hopkins extrañada de hacerlo ya que jamás, ni siquiera en la época de Dumas, se había sentado en aquella oficina. Quedó callada, mirándolo, esperando lo que tenía para decirle, imaginando sería diferente a lo que estaba acostumbrada a escuchar.
El silencio era abrumador.
—¿Pasa algo doctor?
—No sé cómo comenzar esta conversación Ana.
—¿Acaso está disconforme con mi trabajo?
—¡No Ana! ¡Todo lo contrario!, lo que tengo para decirte si bien es laboral, sé que también es personal para ti, y no sé cómo decírtelo.
—¡Por Dios, me está asustando doctor! ¿Seguro no peligra mi trabajo?
—¡Para nada Ana! Por Dios no he querido asustarte. Tú eres muy importante para este Instituto y no tiene nada que ver con tu desempeño del cual todos estamos muy satisfechos. Es… otra cosa.
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