—Protegernos – se dijo Bogul, – ¿de qué amigo?
—¿Ves esos nubarrones negros que vienen de tierra adentro?
—Si los veo.
—Pues están avisando una fuerte tormenta, por lo que si no estás demasiado cansado sugiero que sigamos avanzando hasta llegar al lugar donde adentrarnos; la playa no es buena consejera cuando una fuerte tormenta se avecina, sobre todo si hay amenaza de rayos tal como parece que ocurrirán.
—¡No me asustes amigo! Mi miedo es mayor a mi cansancio, asique sigamos nomás. Pero sugiero que camines más cerca del agua, allí la arena es más dura y podremos desplazarnos a mayor velocidad.
—Bien pensado enano, tu inteligencia es inversamente proporcional a tu tamaño. Jajajajajajaja.
—Deja ya de burlarte de mí y apuremos el paso, esas nubes cada vez son más negras y están acercándose peligrosamente – dijo Bogul enojado con los chistes de Obus que ya lo tenían bastante cansado. Ante esa reacción el orco no pudo evitar una gran carcajada y acercándose a la orilla comenzó a correr sujetando a su amigo en su cuello, ya que este, en cada salto, sentía que iba a desplomarse al suelo.
—¡No es para tanto Obus! ¡Si no te fijas, llegarás tú solo pues me habrás perdido por el camino!
—No te perderé amigo – dijo Obus sujetándolo con sus brazos sobre el cuello, – no podré lograr nada sin ti.
Bogul se sintió reconfortado por las palabras de Obus, pues sabía que, a pesar de las diferencias de tamaño entre ambos hacían una muy buena pareja para enfrentar a los seres oscuros con los que pudieren toparse.
De ese modo, la “despareja” dupla de amigos aceleraron el paso convencidos de que juntos, por qué no, podrían lograr el objetivo que se habían planteado cuando decidieron no regresar con sus amigos y permanecer en esas tenebrosas tierras para intentar liberar a Sarlo de su maldita victimaria.
Sarlo se encontraba en el exterior del oscuro y tenebroso castillo, mirando hacia donde muchas leguas más allá se encontraba Bellitania. Se paraba allí por horas todos los días intentando calmar la congoja de su alma; necesitaba saber que su sacrificio no había sido en vano, y que la vida de su hermana ya se encontraba fuera de peligro.
Sabía que había perdido a su esposa y a su hija, puesto que a esas alturas del tiempo su ausencia sería más que manifiesta. No soportaba la idea de imaginar el caos que su desaparición habría provocado en su hogar intuyendo que debió haber sido terrible; solo esperaba que, con el tiempo, el sufrimiento de sus amadas mujeres: Eloísa y Clara hubiese ido mutando desde la desesperación inicial hasta el rencor, aunque le doliese terriblemente que sus amadas lo odiasen, pero sentía que ese odio sería el motor necesario para reencausar sus vidas y proseguir el camino.
Hora tras hora, día tras día, se paraba en ese mismo lugar elevándose en puntas de pie, como tratando de encontrar que ese odio había dado paso a nuevas vidas deseando profundamente que encontrasen la paz. Si bien sabía que nada bueno nace del odio, este podría ser el impulso necesario para movilizar sus emociones, dándoles fuerza para buscar un nuevo camino en sus vidas.
Necesitaba creer en ello, necesitaba terriblemente tener esperanzas de que habían comenzado un camino, aunque lleno de lágrimas y rabia, que las ayudase a poder cambiar sus vidas hacia un lugar que les permitiese seguir solas adelante.
¡Sí! ¡Necesitaba creerlo!
Necesitaba confiar, ya que eso y solo eso, le permitiría soportar compartir su vida de ahora en adelante con la perversa Dearg Due, quien no dudó ni un instante en tomar la vida de su amigo Marco y apropiarse de la suya. Nunca imaginó envidiar la suerte de su amigo, ya que hubiese preferido mil veces morir a tener que soportar la idea de verla todos los días en un horror constante que lo acompañaría hasta el fin de su vida.
—¿Qué haces aquí? – escuchó con repulsión.
—Tomo aire.
—¿Todos los días?
—Sí, todos los días.
—Podrías hacer un esfuerzo por disimular tu actitud hacia mí.
—¿Por qué?
—Porque estás cansándome con tanta indiferencia y desprecio.
—Nuestro arreglo fue que debía quedarme aquí contigo para asegurar que mi ejército volviese sano y salvo a Bellitania; y lo estoy cumpliendo. Nada quedó establecido sobre la forma en que debía actuar. Debes darte por bien servida con mi presencia, ya que estoy cumpliendo la palabra empeñada, aunque… nada me asegura que hayas cumplido con la tuya. Nunca tuve la certeza de que la arcadiola haya llegado a Bellitania y mi hermana se encuentre fuera de peligro.
—Si tuvieses el convencimiento de que esto hubiese ocurrido, ¿cambiarías de actitud?
—Jamás.
—¡Pues entonces vivirás con la incertidumbre! ¿Quién te has creído que eres maldito elfo? Si yo quisiese desaparecerías con un abrir y cerrar de mis ojos, o lo que es peor, podría ocuparme de que tu vida sea un constante sufrimiento.
—Acaso no entiendes que mi vida ¡YA ES UN CONSTANTE SUFRIMIENTO! ¿Has creído por un mísero instante que al lado tuyo podría encontrar la felicidad? Date por bien servida que haya cumplido mi palabra manteniéndome aquí todo este tiempo; ¡no pidas nada más!
Dearg Due se mantuvo en silencio, extremadamente molesta por las palabras de Sarlo. No estaba dispuesta a seguir soportando su insultante indiferencia matizada por un insolente desprecio toda vez que ella le recriminaba su actitud. Debía pensar en cómo actuar de ahora en adelante ya que estaba visto que si seguía manteniendo las mismas formas nada iba a cambiar, y, por ende, nada bueno podría llegar a ocurrir.
Decidió entonces retirarse de la presencia de Sarlo dejándolo ensimismado en sus pensamientos, tomar distancia para poder pensar con claridad cómo mejorar la situación; esto que estaba pasando no la satisfacía para nada siendo por lejos todo lo opuesto a lo que se había imaginado cuando, meses atrás, había planeado apropiarse de su vida.
Ingresó con pasos acelerados al lúgubre castillo demostrando su extremo fastidio por el trato que recibía constantemente de parte de Sarlo. Subió con rabia las escaleras deteniéndose de golpe en el descanso, dándose vuelta para mirar desde lo alto el gran salón. De pronto notó lo espantoso del lugar, lúgubre, frío, más parecido a un sarcófago que a un cálido y hermoso castillo que una vez había sido. Una vez cuando era joven, bella y sobre todo felizmente enamorada de Pedro, el joven caballerizo de su padre.
Un muchacho pobre en bienes materiales, pero extremadamente rico de corazón. Un corazón bello que le pertenecía solo a ella, cuando era una jovencita de rizos negros ordenados en una hermosa y brillante cabellera. Se habían conocido una tarde en que, yendo a buscar a su yegua Altamira para dar su consabido paseo diario luego del almuerzo no podía encontrar su silla de montar para colocarle.
Comenzó a buscar por todas partes sin éxito hasta que, entrando a una de las caballerizas encontró a un hombre de espaldas limpiándola.
—¿Qué haces con mi silla?; ¿dónde está Héctor? – refiriéndose al cuidador de Altamira.
Sobresaltado, el joven se volteó para mirar hacia la puerta cruzando ambos sus miradas. Él quedó tan ensimismado que no pudo articular palabra, abrumado por tanta belleza; y ella, Cristina (como se llamaba en su vida real) trató de disimular el embrujo que había sentido ante esos maravillosos ojos grises que, un tanto asustados, la miraban con admiración.
—¡Contéstame! ¿Acaso eres mudo? – dijo insolente, tratando de disimular lo turbada que había quedado por la presencia del joven.
Juntando coraje por fin el muchacho pudo contestar.
—Perdón mi señora, soy el nuevo caballerizo. Héctor ha ido a buscar al veterinario porque uno de los caballos está enfermo y me encomendó acicalar todas las sillas para que estuviesen listas para cuando las requiriesen. Sabía que esta era suya, pero no imaginé que montaría a Altamira ahora. Si me lo permite, solo me faltan unos pocos minutos y estará lista.
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