—¿Cómo estás mi bella señora?
—¡Ya te he dicho mil veces que no me llames así! – le respondió Clara simulando enojo.
—Eres preciosa cuando te enojas, aunque sea de mentira como ahora – dijo tomando su rostro entre sus manos para besarla suavemente en los labios.
—¡No tienes remedio Alfredo! – riendo ambos al unísono y tomados de la mano siguieron caminando por el bosque que circundaba el castillo de Agnes.
—Me duele mucho ver la tristeza con que observas a tu madre; es como si haberte enterado que está sana y salva no fuese suficiente para aminorar el dolor que sufriste cuando creías que la habías perdido.
—Es muy difícil de explicar Alfredo ya que tengo sensaciones encontradas. Por un lado, me siento inmensamente feliz por haberla recuperado, pero por otro…
—¿Por otro qué mi amor?
—Por otro, la felicidad de tenerla es tan fugaz que me duele el corazón toda vez que la veo sumirse en sus recuerdos nuevamente. Es como si no la hubiese recuperado realmente.
—Pero sabes que sí lo has hecho. Tu madre está aquí entre nosotros y está sana.
—¿Estás seguro Alfredo? ¿Está verdaderamente entre nosotros? ¿Acaso sabe quién soy?
—Por unos instantes sabes que sí, que te reconoce y te acaricia como lo hacía cuando eras una niña.
—Es verdad, pero… sus ojos, ¡por Dios sus ojos!
—Sus ojos ¿qué mi amor?
—Sus ojos muestran tanta tristeza y dolor que me cuesta mantener su mirada. Si bien es cierto que me reconoce por unos instantes, pensé que, con el paso de los días, el tiempo en que lo hace iría creciendo de a poco, pero en realidad siempre es lo mismo; me ve, me acaricia, pero mi presencia no es suficiente para desear mantenerse conmigo por más tiempo. Y eso me duele mucho.
—¿Por qué te duele tanto Clara?
—Es muy duro para una hija saber que no eres lo suficientemente importante en la vida de tu madre como para que quiera seguir viviendo.
—No seas tan dura contigo Clara.
—No lo soy Alfredo, solo soy realista. Recuerda que aún soy una científica y la evidencia muestra que mi presencia no alcanza para que mi madre tenga ganas de vivir. No lo fue antes mientras estábamos juntas y tampoco lo es ahora. Por eso debo hallar a mi padre si es que aún está con vida, y traerlo de nuevo a Bellitania, para que ella nuevamente vuelva a vivir.
—Pero… ¿y tú? ¿dónde quedas tú? ¿dónde quedan tus deseos y necesidades?
—Recuperar a mi padre, pedirle disculpas por haberlo odiado durante tanto tiempo de una manera tan injusta creyendo de él lo peor, lograr su perdón y devolverlo a su tierra, a mi madre y a toda su familia, es mi mayor deseo y mi mayor necesidad.
Notó que Alfredo se separaba de ella mirándola con ojos incrédulos mezclados con gran tristeza y decepción. Entonces, rápidamente y sin dudarlo agregó:
—Obviamente que esto no lo podré lograr si tú no estás a mi lado.
—¿Solo por eso?, ¿porque me necesitas en esta nueva empresa que implica una peligrosa aventura que tienta tus motivaciones más profundas?
—¡No solo por eso, tonto! Te necesito, no por esta empresa, sino simplemente porque ¡TE AMO! –dijo tomándolo de la mano.
—Y ni esto, ni nada que decida emprender de ahora en adelante, peligroso o no, tendrá sentido si tú no estás para siempre a mi lado.
Esas fueron las palabras que sosegaron el corazón de Alfredo; era lo que necesitaba escuchar para saber que estaba ante el único ser con el que quería compartir su vida y planear un futuro posible. La única elfa/mujer que había despertado en él la necesidad de proyectar un futuro en común para completar su vida y prepararse para lo que vendría.
—Como te dije el día que llegaste aquí y decidiste quedarte, te lo repito una vez más: ¡CUENTA CONMIGO PARA SIEMPRE!
Al promediar la tarde Cristina y Altamira regresaron a las caballerizas agotadas pero felices por tan agradable paseo. Durante el mismo, no pudo dejar de pensar en esos maravillosos ojos grises, casi transparentes como veía que era el alma de ese joven al que acababa de conocer.
No sabía bien por qué, pero sentía que lo conocía de toda la vida y que podía confiar plenamente en él. Ella era una joven que podía ser catalogada como rebelde para la época, debido a que no comulgaba con lo que se esperaba de una joven de la sociedad. Detestaba lo acartonado de su padre, así como a todas sus amistades aburriéndose tremendamente con las conversaciones vacías que escuchaba toda vez que había reuniones en su casa.
Lo único que se esperaba de las mujeres era lograr un prometedor matrimonio que no solo consolidase el poder familiar, sino que lo acrecentase con el paso del tiempo. No importaba el amor, eso era una tontería que no conducía a nada bueno. Por el contrario, el amor era considerado el enemigo de un buen matrimonio pues la mayoría de las veces nublaba el entendimiento y la razón.
Por ello, las jóvenes eran prometidas casi desde el momento de nacer o en su niñez temprana con muchachos provenientes de las familias más prominentes de la comarca, los cuales eran presentados en el momento de anunciar sus compromisos para evitar que lo que sus padres habían arreglado de antemano pudiese verse frustrado por algo tan poco racional como el amor.
Cristina detestaba esa situación. Su madre era la única que la entendía y apañaba ya que sabía muy bien el dolor que provocaba casarse con alguien sin amor, por haberlo vivido en carne propia. Por ello, cada vez que su padre arreglaba una reunión para presentarle un joven casadero, ella se confabulaba para disculparla diciendo que se encontraba indispuesta. Esto no satisfacía a su padre en absoluto, pero entre las dos armaban una escena propia de grandes actrices donde Cristina simulaba delirar de fiebre y su madre una gran preocupación. Todo con la ayuda de Gertrudis, su nana, quien desde pequeña secundaba a su madre en estas decisiones.
Las tres constituían un grupo sólidamente pertrechado contra las ideas retrógradas de su padre, con un accionar tan bien organizado, que había dado muy buenos resultados hasta aquella trágica noche.
Cristina llevaba varias horas acostada cuando los gritos de su padre la despertaron. Sentándose en la cama intentó escuchar a qué se debían, y pudo así darse cuenta que, una vez más sus padres discutían acaloradamente.
Ante su desesperación intentó salir al pasillo, pero fue retenida por Gertrudis quien dormía enfrente tal como lo hacía desde que Cristina había nacido.
—¡Mi niña, no salgas!
—¡Quiero estar con mi madre Gertrudis!
—No es conveniente que te entrometas cuando tu padre se pone de esta manera. No es lo que tu madre quisiera que presenciases.
—¡Pero es justamente por ella que quiero intervenir! ¿No escuchas acaso que le está gritando de una forma terrible?
—Confía en mí mi niña. Sé que tu madre no quisiera verte mezclada en algo tan desagradable.
—¿Acaso crees que alguien puede permanecer ajeno a esta discusión? le está gritando de una manera espantosa. Si él no quisiese que yo escuchase no gritaría de la forma que lo hace.
—Bien dices mi pequeña, ¡él!, pero tu madre no quiere que presencies una situación tan desagradable.
—¡Pero es que no puedo permitirle a mi padre que la trate de esta manera; mi madre no se lo merece Gertrudis! ¿Acaso no escuchas la forma en que le habla? Da miedo escucharlo.
—Ya pasará Cristina, te lo aseguro, tu madre querría…
Las palabras de Gertrudis fueron interrumpidas por un grito terrible de su madre que provocó que Cristina corriese hasta la puerta de su cuarto, siendo detenida por su nana.
—¡Espera aquí pequeña; yo iré!
—Pero…
—¡Prométeme que esperarás aquí! Iré a ver lo que pasa y vendré a contarte.
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