Cristina asintió con la cabeza y Gertrudis abandonó la habitación, pero un nuevo grito de su madre seguido de un ruido fuerte y seco, hizo que Cristina saliese corriendo de su habitación.
Al llegar al final del pasillo de los dormitorios donde comenzaba la balaustrada que daba al salón principal pudo ver a Gertrudis sollozando de rodillas. Más allá, su padre miraba perplejo hacia el salón. Gertrudis al verla intentó detenerla tomándola de las piernas, pero Cristina, de un rápido movimiento eludió los brazos de su nana y al llegar al lado de su padre pudo ver con horror el cuerpo de su madre yaciendo en el piso del gran salón.
Primero quedó paralizada, sin poder articular palabra ni mover alguno de sus músculos. Solo atinó a mirar inquisidoramente a su padre quien evitó cruzarse con sus ojos. En un momento comenzó a ver como una creciente mancha de sangre se esparcía más y más debajo de la cabeza de su madre.
Fue en ese momento en que se dio cuenta de la horrible verdad. Su madre, su querida madre había perdido la vida en esa espantosa noche, y de algo estaba segura, su padre había tenido mucho que ver.
—¡Madre! ¡Madre! – comenzó a gritar desesperada mientras corría escaleras abajo, al llegar e intentar arrodillarse a su lado fue retenida por su padre, quien, sosteniéndola por la cintura intentó evitar que se arrojase sobre su cuerpo.
—¡Cristina!, ¡déjala hija!, no podemos hacer nada.
—¡No! ¡Mamá! ¡Déjame! – gritaba intentando desprenderse infructuosamente de los fuertes brazos de su padre.
—¿Qué ha pasado padre?
—Tu madre… tu madre se ha quitado la vida.
—¿Qué estás diciendo?
—Sé que es muy doloroso hija mía, pero… tu madre ha tomado esta terrible decisión.
—Pero… ¿por qué? Esta mañana entró radiante a mi habitación cuando Gertrudis me trajo el desayuno, y estuvimos conversando animadamente de que la señora Brennan, en su tienda del pueblo había recibido hermosas telas e iríamos mañana para encargar algunos vestidos. ¡No mostró ninguna señal que permitiese aventurar semejante actitud!
—Hace tiempo que tu madre estaba muy deprimida hija.
—¡Eso no es cierto!
Su padre, Mac Eoinn, era un hombre muy fuerte y malhumorado al que no recordaba haber visto jamás sonreír, al menos en su presencia; como tampoco guardaba en su memoria ningún gesto galante con su madre. Si bien con su hija era un poco más amable, tampoco podía decirse que fuese un amante padre, ya que no recordaba haberla sentado en sus rodillas para contarle alguna historia, ni tomarla de la mano para caminar por los jardines que rodeaban la casa.
Sin embargo, esa sí era una actitud frecuente en su madre Elena a la que veía y escuchaba reír cuando estaban juntas, o cuando charlaba con Gertrudis quien también había sido su propia nana.
Elena amaba profundamente a Gertrudis encontrando en ella a la madre de cuyos brazos había sido arrancada cuando apenas tenía catorce años para casarse con su padre, ya que su abuelo O` Brien, había arreglado su matrimonio cuando ella apenas caminaba. Por suerte su abuela había logrado negociar con su abuelo que Gertrudis acompañase a Elena en su nueva vida.
Era terrible observar cómo se reproducía generación tras generación la opresión de las mujeres por parte de padres primero y esposos después.
Con ayuda de Elena, Cristina había escapado hasta entonces de tan cruel mandato, pero… ¿qué ocurriría ahora? Todo esto pasaba por su cabeza a una velocidad vertiginosa y solo entendía que, a partir de ese momento estaría sola para enfrentar los terribles designios pergeñados por su cruel padre.
Todo esto pensaba mientras intentaba deshacerse de los brazos de ese hombre hasta que logró zafar y arrodillarse al lado de su madre notando como su blanco camisón comenzaba a teñirse de rojo en la medida que la sangre de su madre fluía por la herida.
Lejos de impresionarse por ello, se recostó sobre su pecho permaneciendo así mientras aún podía sentir el calor materno que tanto la había reconfortado toda su vida. Nada existía a su alrededor; no dejó que nada se interpusiese entre su cuerpo y el de su madre, como tratando de grabar a fuego en su alma y su corazón ese binomio amoroso que habían construido y que juró vengar.
—¡Juro ante ti madre que descubriré lo que ha pasado y me vengaré del culpable! ¡Sea quien sea, aunque haya sido mi propio padre! – pensó en silencio.
Pedro despertó abruptamente por los ruidos que provenían de la casa. Se levantó de su cama armada en el ático de la propia caballeriza para estar cerca de donde descansaban los caballos.
Subido a un arcón para poder mirar por la ventana que se encontraba casi en el borde de la pared con el techo, pudo reconocer el carruaje del doctor Benton, el médico de la comarca, por lo que intuyó que algo grave estaba pasando.
Se vistió rápidamente y bajó por la escalera de madera que llevaba al piso de la caballeriza, y cuando estaba por abrir el portón fue detenido por Héctor.
—Pero, ¿qué haces muchacho? ¿Acaso estás loco?
—¡Algo debe haber pasado Héctor!
—Por supuesto que algo debe haber pasado, pero lo que haya sido no te incumbe en lo absoluto– ¿Quién te crees que eres?
En esos momentos Pedro se dio cuenta que no podía explicar sus actos sin demostrar sus sentimientos hacia Cristina, lo que no conduciría a ningún buen puerto. Por ello decidió no insistir, permaneciendo callado donde estaba intentando dar alguna explicación racional que disimulase sus actos.
—Es que tal vez el señor Mac Eoinn nos necesite.
—Acaso crees muchacho que si el amo nos necesitase ¿no nos lo habría hecho saber personalmente? Si no lo ha hecho, es porque no quiere. ¿Te queda claro?
—Sí Héctor, ¡me queda claro! – expresó Pedro de mala gana.
—Entonces vuelve a tu cama que debemos levantarnos antes del amanecer para cumplir con todo el trabajo necesario.
Así Pedro subió nuevamente a su lugar intentando ver por la ventana del ático algún movimiento en la casa que diese alguna idea de lo que estaba pasando; sin embargo, todo parecía tranquilo no pudiendo darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.
En lo más profundo de su alma sabía que Cristina lo estaba necesitando, pues percibía en carne propia la congoja que estaba oprimiendo el corazón de su amada. No podía explicarlo, pero se le dificultaba la respiración, sentía su pecho latir descompasadamente con una gran angustia que iba apoderándose de a poco de todo su ser. ¡Sabía que algo terrible había pasado! ¡Estaba seguro de ello!, y lo peor de todo era que él no podía hacer nada.
Quedó recostado en la cama sin mudar sus ropas para estar listo por si Cristina lo necesitaba, no pudiendo conciliar el sueño ya que su cerebro y su corazón estaban preocupados por lo que en aquella casa pudiese haber ocurrido.
Esa mañana llovía a cántaros en la Universidad; Ana llegó temprano como todos los días antes que tanto el director como el resto de los investigadores hiciesen su aparición. Por ser lunes solían llegar un poco más tarde de lo habitual, como respuesta a la modorra propia que sigue a un fin de semana largo ya que el viernes había sido feriado.
Pasó por su escritorio para dejar su bolso antes de dar la consabida vuelta por las oficinas revisando que todo estuviese correcto. Si bien María, la nueva ordenanza, llegaba media hora antes que ella para encender las luces y limpiar las partes comunes del Instituto, sentía que debía dar un vistazo previo a que llegasen los investigadores para revisar el correo, preparar los documentos que debía repartir a cada uno y porque sentía que debía estar antes que todos como corresponde a toda buena secretaria.
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