De repente, ya casi finalizando la noche, vi pasar a un grupo de chicos, entre los cuales uno me miró y yo también, y se retiraron. A los dos minutos los teníamos frente a nosotras sacándonos a bailar. Yo estaba junto a Carolina y justo un rato antes ella nos dijo: «Si en esta media hora no nos saca alguien a bailar, nos vamos», así que justo se dio. Salimos las dos a bailar con ellos. Ella bailó dos canciones y se retiró. En cambio, yo seguí y resultó que esa persona con la que bailé, es hoy mi esposo. Así fue el ¡flechazo! Al finalizar la fiesta, fuimos el grupete caminando a casa junto a él que nos acompañó y quedamos en salir otro día.
Volvimos a salir unos días después, fuimos a cenar y luego regresamos a mi casa. Pasaron unos meses hasta que nos volvimos a reencontrar en otra fiesta, en el mismo lugar y organizada por la misma universidad. El año 1989 fue un año triste por lo de mi papá, pero a su vez alegre porque lo conocí, y también porque en agosto comencé a trabajar en tribunales. Esto me ayudó a poder independizarme económicamente, y a comenzar la vida de trabajadora y estudiante. Lo negativo de todo eso era que se me complicaba el poder estudiar, ya que estaba acostumbrada a cursar de mañana con mis compañeras, que nos habíamos hecho amigas desde el primer año. Ya no las volvería a ver e iba a tener que cursar en las tardes o noches. Era demasiado: la casa, pagar los impuestos, cuidar de mi perra, estudiar y trabajar. Pero siempre tuve una fuerza interior que me impulsó a no bajar los brazos, aunque hubo momentos en mi vida que los bajé, pero rápidamente los volví a subir.
En noviembre, mi mamá y mi papá regresaron. Ya habían pasado casi siete meses desde que mi mamá se había ido. Yo no sabía cómo iba a ser el reencuentro, ya que la última vez que lo había visto estaba bien de salud. El mismo fue devastador, era otra persona, delgadísimo, con un bastón y con un brazo inmóvil y su pierna izquierda con un aparato desde la rodilla hasta debajo del talón para no permitir que su pie se doblara. Un cuadro muy triste, pero según mi mamá, un cambio de ciento ochenta grados desde el día en que ella llegó y lo vio. Era una persona inmovilizada, no podía hacer nada ni caminar, etc., y en ese momento ya lo podía hacer.
Fueron días duros, especialmente a la hora de comer. Él tenía un tenedor especial para poder cortar su comida que era curvo y lo manejaba bastante bien. Pero a veces quería alcanzar algo y se le caía o movía, y ahí esos momentos se tornaban tensos. Siempre quería ayudarlo, pero a veces había que dejarlo solo para que aprendiera. Era difícil ver a un ser querido que toda la vida fue fuerte e independiente y de repente verlo tan frágil y dependiente. Pero a pesar de su discapacidad, supo salir adelante sin ninguna ayuda, manejando un auto y trabajando como vendedor en una mueblería y que, en algún momento, sus dueños fueron sus competidores directos.
Comenzó mi familia, nuevamente, a reunirse los domingos en las tardes. Era como una costumbre que nos juntáramos. Mis hermanas mayores llevaban facturas, tortas o lo que fuese para tomar el té. Mi mamá preparaba café, chocolatada, alguna torta, scones o galletas. Y así al menos charlábamos de todo, y estábamos todos con mi papá.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.