En resumidas cuentas, todos esos «niños bien» que acudieron a mi fiesta resultaron ser unos maleducados, ya que ingresaron a mi hogar, provocaron desmanes y luego se retiraron sin hacerse cargo de lo sucedido a un restaurante a cenar, situado en la esquina de la casa, alegando que en la fiesta no hubo comida suficiente. Por otra parte, mis amigas y compañeras de la escuela nueva, quedaron muy sorprendidas ante tales actitudes. Ese día fue el principio y el fin de lo que pensaba que podía llegar a ser nuevamente una amistad con ellos.
Durante el año hubo un par de «asaltos», fiestas o bailes como le decíamos en la casa de una de las chicas. Recuerdo que su casa era de dos plantas, muy espaciosa, con una escalera de mármol. Sus padres y ella habitaban la planta baja, y la planta alta estaba vacía. Allí mismo realizaba sus fiestas. En una de ellas, un grupo de chicas fueron con sus novios, se posicionaron en un rincón y «chaparon» (abrazarse y besarse) durante todos los lentos. Lo más cómico era que su papá daba vueltas constantemente y dejaba las luces encendidas, pero en cuanto se daba vuelta, las chicas las apagaban. ¡Las demás nos asombrábamos de ver ese espectáculo! Imagínense, hoy es una tontería, en cambio en esa época de los ochenta llamaba la atención o por lo menos a nuestro curso. Pero dentro de tantos acontecimientos que sucedían, éramos felices y nos conformábamos con lo que había. Recuerdo que esa noche terminó violenta, ya que existía la famosa: «Barra del Centro», que llegó hasta allí y querían entrar a la fiesta. Como era un segundo piso y con un balcón enorme, todas nos paramos ahí hasta que uno de ellos lanzó un piedrazo al vidrio de la puerta de entrada y lo rajó de lado a lado. Fue terrible, hasta la policía tuvo que intervenir.
Y, finalmente, llegó diciembre. Fue un año escolar de desafíos, pero lo logré. Solo me llevé a rendir tres materias. Obviamente, matemáticas top of the list , ja, ja. En general fue un año divertido, con muchos aprendizajes y adaptaciones a un sistema distinto al de la escuela primaria.

En el patio de la escuela secundaria, 1982.
Capítulo 3
Mis quince, viaje de estudios y graduación
En el año 1983 cumplí mis quince, pero debido a la situación económica no tan buena en casa, lamentablemente, no tuve la posibilidad de realizar una fiesta como las que se acostumbraba en esa época, que simulaban una fiesta de casamiento. Mi mamá me organizó una reunión en casa, muy sencilla, pero con mucho amor y sacrificio. Recuerdo que mi vestido era una solera rosa con dibujos de rosas. Me la hizo una amiga de mi mamá, que en sus épocas había sido modista. La torta era una muñeca con su vestido largo en rosa, espectacular. A veces en la vida no es necesario algo grande y fastuoso para sentirse feliz.
Mis quince, abril de 1983.
Se acostumbraba que la quinceañera usara un vestido largo blanco y entrara al salón del brazo de su padre o el que escogiese, al son de su canción favorita. Recuerdo que el salón de moda en esa época se llamaba: 901. Tenía dos salones, uno arriba y otro abajo y se destacaba por tener un ascensor de vidrio, el cual subía (si la fiesta era arriba) o bajaba (si la fiesta era abajo) y es allí dentro en donde hacían su entrada triunfal. Ese momento era el que más me emocionaba y durante un tiempo me imaginé a mí misma entrando con esos vestidos blancos y del brazo de mi papá al son de una canción de Peter Gabriel, Air Supply o del mismo César Banana Pueyrredón, a quien admiro muchísimo, viendo a todas mis amistades y familia. Pero gracias a Dios se dio cuando me casé, y luego cuando festejé mis cuarenta en Rosario, en un salón rodeada de mi familia y amistades.
Por fin, llegó el año más querido por cualquier estudiante: ¡quinto, el último! Mi familia venía muy golpeada económicamente, ya que mi papá no encontraba un trabajo estable y lamentablemente no tenía la mejor de las suertes. Trabajó casi tres años con su «amigo» en su empresa hasta que un día tuvo una discusión con un empleado, pues él era el apoderado de la compañía y era visto como el malo de la película que, además, de funciones administrativas, se encargaba de la contratación y el despido de los empleados, una especie de gerente de Recursos Humanos. Luego de la discusión, ese empleado fue despedido. Y en represalia se le dio por amenazarnos, especialmente diciendo que a mi hermana y a mí nos iban a secuestrar, etc. Así que, solo recuerdo que hubo un período en que siempre nos llevaban al colegio en auto a pesar de que estábamos a tres cuadras y nos buscaban. Al final, mi papá no pudo más y renunció a la empresa de «su amigo», quien le vendió un trabajo maravilloso que finalizó en forma abrupta, en el que sería el principio de un final anunciado para mi pobre padre, ya que los años que siguieron fueron de mucha lucha y sacrificio para poder a su edad, más de cincuenta años, conseguir otro empleo en la ciudad que lo vio nacer. Recuerdo en una ocasión, llegaron tanto mi mamá como él, a emprender un pequeño negocio de verdulería en un coqueto supermercado de la ciudad por un tiempo para poder sobrevivir. Mi mamá recuerda como una clienta le dijo: «Que linda y elegante se vino vestida la verdulerita». Imagínense tener que aguantar esos comentarios estilo « bullyng », con todo lo que estaban sufriendo, que hoy en día en Estados Unidos, no son tolerados. Esas actitudes de cierta « élite de personas», que se creían muy superiores a otras, porque eran portadoras de un «apellido tradicional», vivían en mansiones o simplemente por ser miembros de un prestigioso « country club». Lamentablemente, aún existen esas personas y existirán, mientras no haya un cambio radical en la mente de las mismas. Por sobre todas las cosas, destaco la valentía de mis padres, que SIEMPRE se ganaron su sueldo dignamente y no como otros que se lo ganaban «de otras maneras».
Además de la situación económica inestable, estaba la salud muy delicada de mi abuela materna, que además de sus problemas cardíacos, sufría de diabetes y pobre circulación venosa. Ya había estado internada un par de veces, y esas cuentas médicas los dejaron a mis pobres padres, al borde del abismo. Así que mi viaje de estudios a Bariloche peligraba, porque era un gasto demasiado elevado y no quería seguir endeudándolos, aunque a sabiendas iba a ser un golpe muy duro para mí. Ya venía de tantos y del solo hecho de haber dejado todo en los Estados Unidos, pensando en un futuro mejor, en familia, etc., y que hasta ese momento solo iba de mal en peor.
El día en que mis amigas y compañeras del colegio se fueron de viaje de estudio a Bariloche, provincia de Río Negro, las fui a despedir a la terminal del bus de Rosario, ya que mi mamá insistía en que debía despedirlas a pesar de que eso me iba a dejar un vacío muy grande. Fue triste, pero no me quedé angustiada llorando y traumada. Yo sabía que, en el fondo, les hice un favor a mi familia económicamente, ya que de nada servía que me pusiera mal o rebelde, algún día sé que iré, aunque no sea de viaje de estudios.
Otro de los eventos que peligraba era mi graduación. Hacía varios meses que a mi abuela materna le habían amputado una de sus piernas a la altura de la rodilla, a causa de su insuficiencia venosa. Fue un evento funesto porque justamente el médico que tuvo que realizar esa intervención era uno de los íntimos amigos de mi padre, que salían con mi madre en pareja o venían a casa a cenar junto con otras más, y me imagino que después de eso, la relación de amistad entre ellos, ya no fue igual, por más que tuvo que ser médicamente necesario. Así que, para el día de mi graduación, mi mamá no pudo estar presente en la ceremonia religiosa y entregarme la medalla de plata que la escuela le daba a cada madre para que se la colocara a su hija, fue mi hermana mayor, Mariana, quien lo hizo. Ella se tuvo que quedar cuidando a mi abuela, porque no alcanzaba el dinero para contratar a una persona. Mi mamá la bañaba, le cambiaba sus pañales, lavaba sus sábanas en el patio con una manguera, ya que el lavarropas no era lo suficiente grande para lavar sábanas y que luego se secaran, ya que más de dos juegos para ese tipo de cama ortopédica no había.
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