El agente de bienes raíces colocando el cartel de vendido a la casa de West Covina, 1980.
Este «señor» y otros amigos de mi papá nos esperarían en el aeropuerto en Buenos Aires, pasaríamos la noche en un hotel y al día siguiente viajaríamos en tren a Rosario. Mi papá quería que experimentáramos la emoción de viajar en tren.
Llegamos por fin a la Argentina tan anhelada por mi querido padre, y no nos pudo recibir mejor que con un robo. Apenas pasamos aduana, cuando salíamos al encuentro de las amistades, según mi mamá, mi papá se adelantó, y mi abuela que venía más atrás con un carrito lleno de valijas y ese «famoso bolso» que se lo sacaron sin que ella se diera cuenta. Digo desgraciadamente, porque allí adentro iba la máquina de fotos con todos los últimos recuerdos de la casa, de mi fiesta, joyas, papeles importantes, etc. Un comienzo no muy feliz. Luego de hacer la denuncia correspondiente, nos fuimos al hotel en donde pernoctamos y al otro día iríamos a la terminal de trenes para partir de allí a la ciudad de Rosario, en donde nos esperarían mis hermanas y otros amigos de mi papá. Esa noche fue espantosa. Mis padres salieron a cenar, obviamente con sus amigos, y mi hermana y yo nos quedamos al cuidado de mi abuela en el hotel. Recuerdo al día de hoy como lloré durante horas para que mi mamá volviera porque era demasiado lo que extrañaba, en un lugar diferente y con todo lo sucedido en el aeropuerto, comencé a pensar que, si así era el comienzo de esta novela soñada y anhelada por mi papá, no me quería imaginar como seguiría.
Al otro día llegamos a Rosario. Para colmo de malas el tren llegó de noche y de allí teníamos media hora de viaje hacia la casa que «este señor» tenía preparada para que los cinco habitáramos hasta que la casa de mi padre se desalquilara, y se pudieran realizar las renovaciones necesarias. Recuerdo, por sobre todas las cosas, que la misma se encontraba ubicada en una calle paralela a la principal, junto a las vías del tren, oscura y de tierra. Imagínense viniendo del primer mundo en donde nunca había visto una calle de tierra y acá era la calle principal de mi casa y con una luz sostenida por un cable que se movía por el viento en varias direcciones y que parecía que en cualquier momento se iba a caer. Hacía frío y estaba ventoso. Parecía una película de terror. Si ya había llorado en el hotel, imagínense lo que lloré luego de ver estas escenas.
Mi mamá y mi abuela volvían a su barrio después de doce años, ya que esta propiedad estaba situada a solo seis cuadras de donde habían habitado durante años. Para ellas era un déjà vu , poder salir a recorrer sus calles, ver amistades, etc. Para mí fue como un pueblo de fantasmas, ya que la gente pasaba de vez en cuando en bicicleta y otros en auto. Acostumbraban diariamente a dormir la «siesta» de aproximadamente dos horas, horario en el cual cerraban todos los comercios.
A mí personalmente no me gustaba dormir siesta, ya que no estaba acostumbrada. Como tenía una radio en forma de perro, me disponía a escuchar de la audición de la estación de radio LT8, llamada, «El Expreso de Pili Ponce y Poli Román», si mal no recuerdo. Tocaban música internacional y nacional, pero especialmente internacional y eso me trasladaba, aunque sea un par de horas por día a mi California querida.
Hacia octubre, llegó la mudanza. Recuerdo que mis padres tuvieron que viajar a Buenos Aires al reconocimiento de los conteiners que luego llegarían a Rosario con toda nuestra casa, así que nos quedamos como dos días solas con mi abuela. Para variar, el día que llegó la mudanza, muchas cosas llegaron dañadas o directamente «no» llegaron. Los amigos de lo ajeno hicieron de las suyas. Y por supuesto no faltaron los chismosos que se la pasaron mirando todo como si fuera un show inédito.
Mi adaptación a esta nueva vida, se tornaba cada día más difícil. Los fines de semana venían mis hermanas con sus novios «a tomar el té» o «merendar» y encima, aparecía este «señor», junto a su familia. Al principio todo era lindo, pero luego conforme iban pasando las semanas, queríamos algo más familiar, íntimo. Nos daba la sensación de que se presentaba junto a su familia a inspeccionar toda la casa y a comprobar que nadie les había roto algo, etc. No era la visita típica. Así que apenas pudimos tener un auto, comenzamos a salir todos los fines de semanas. Al principio, este «señor» nos prestó un automóvil marca Estanciera, que parecía del siglo pasado. Como sería, que la primera vez que salimos con el auto, mi papá tuvo que frenar de golpe y no frenó. Casi atropellamos a una persona. Una porquería. Hacía un ruido a lata tremendo. Gracias a Dios, al poco tiempo mi padre pudo adquirir un automóvil Ford Falcón que nunca olvidaré, ya que era usado y por el que abonó aproximadamente doce mil dólares. La cotización del dólar en Argentina no nos favoreció ese año. El dinero que mi padre había logrado reunir entre la venta de nuestra casa en Estados Unidos y su negocio de decoración de interiores y algunos ahorros le duró menos de un año. Si Dios nos hubiera guiado en retrasar nuestro regreso, volver un año después, otra hubiera sido la historia.
En marzo de 1981, luego de casi seis meses de arduo estudio y gracias al esfuerzo de una profesora particular muy conocida en el barrio por sus habilidades de ayudar a los estudiantes en sus tareas, ya que ninguno de ellos se llevaba materias, pasé el examen de ingreso del colegio con notas entre diez y nueve.
Un año escolar «desafiante», sorteando muchos obstáculos con los que hoy día se conocen como «bullying » de parte de algunos, compañeros y compañeras de la escuela, que usaban esos poderes creyendo que se sentían intocables. Yo hablaba el idioma castellano o español muy atravesado. Era lógico, pues me había criado en los Estados Unidos hablando en inglés, y el tener que aprender a hablar y a escribir en el idioma castellano o español en siete meses fue un desafío enorme que no cualquiera lo logra. Recuerdo cuando iba a particular seis días a la semana, la profesora me hacía recortar de revistas palabras y sus figuras correspondientes para luego pegarlas, para así poder aprender más rápido el idioma, lo pienso y no puedo creer todo lo que he conseguido en la vida gracias a las enseñanzas y paciencia de esa mujer, y encima tener que aguantar a estos compañeros burlarse de la manera en que hablaba, no tiene palabras. Una pena realmente por ellos, pero más por tener padres que les inculcaron esa cultura, y ese estilo de vida. Lo peor de todo, es que varios de los que se burlaban de mí, concurrían a las clases que daba esta profesora y la misma los regañaba porque nunca entendían ni hacían sus tareas. Pero Dios es tan grande y piadoso que siempre me supo guiar y rodearme de gente buena, simple y honesta que no comulgaban con ese otro estilo de vida, y conforme fue transcurriendo el año escolar, finalicé séptimo grado. Y así comenzaba a cerrarse esa etapa, que para mi mamá y abuela habrá sido muy linda, pero para mí, no lo fue. En un momento mis padres me plantearon la posibilidad de regresar a vivir a California debido a que no lograba adaptarme a este cambio tan brusco. En un punto hasta con engaños me llevaron a una sesión con una psicóloga para ver si con terapia podía ayudarme a adaptarme mejor. Desgraciadamente, con terapias no lograron su objetivo, solo con mi fuerza de voluntad y superación lo pude lograr.
Comencé la escuela secundaria en una escuela religiosa en la ciudad de Rosario, Argentina. Éramos veintitantas señoritas que iniciamos juntas esa aventura en marzo de 1982, en primer año comercial, con muchos sueños y ambiciones.
Cada una al entrar escogía un lugar en donde sentarse. Yo me senté al lado de Verónica, una chica muy dulce y con carita bonita. Eran bancos de a dos, con más o menos tres a cuatro filas. Teníamos siete materias diarias, lo cual significaban siete profesoras, todas del sexo femenino, con una duración aproximada de cuarenta minutos cada clase.
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