Louisa Alcott - Mujercitas

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Mujercitas de Louisa May Alcott es un emotivo relato muy femenino con personajes y situaciones memorables. Enamoramientos, aspiraciones intelectuales, complicaciones, vicisitudes en la vida de las jovencitas. La escritora utiliza una fina descripción de caracteres, que muestra el paso de la niñez a la juventud, pone énfasis en el espíritu de la libertad individual, algo no usual para la época. Las March demuestran sus aptitudes sociales tocando el piano, bordando o manteniendo una conversación fluida, amable y elegante.
"Mi heroína literaria favorita es Jo March. Es dificil explicar lo que significó para una pequeña y sencilla niña llamada Jo, quien tenía un carácter vehemente y una ambición ardiente de ser escritora", dijo J. K Rowling

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—Supongo que irá pronto a la universidad. Ya lo veo comiendo libro. Quiero decir, estudiando fuertemente —Jo se avergonzó de haber dejado escapar esa horrible expresión.

Laurie sonrió y no pareció sorprendido. Respondió encogiéndose de hombros:

—Aún me faltan dos o tres años. De cualquier modo, no iré antes de los diecisiete.

— ¿Solo tiene quince? —preguntó Jo mirando al muchacho alto al que le había calculado diecisiete.

—Cumplo dieciséis el próximo mes.

—Cómo me gustaría ir a la universidad. Usted no parece disfrutarlo.

— ¡Lo odio! Es solo trabajar o hacer tonterías. Y no me gusta la manera en que lo hacen en este país.

— ¿Qué le gusta?

—Vivir en Italia, divertirme a mi modo.

Jo tenía muchas ganas de preguntarle cuál era ese modo, pero él había fruncido tanto las cejas que decidió cambiar de tema diciendo:

— ¡Qué magnífica polca! ¿Por qué no va a bailarla?

—Si usted me acompaña —respondió él con una extravagante venia francesa.

—No puedo, le dije a Meg que no bailaría, porque… —Jo se detuvo y parecía no decidirse entre contarle o reírse.

— ¿Por qué? —preguntó Laurie con curiosidad.

— ¿No le contará a nadie?

— ¡Jamás!

—Bueno, tengo la mala costumbre de pararme delante de la chimenea y quemar mis vestidos, como sucedió con este, y aunque está bien remendado, igual se nota, así que Meg me pidió quedarme quieta para que nadie lo viera. Puede reírse si quiere; sé que es muy gracioso.

Pero Laurie no se rio; solo bajó la mirada un momento, y con una expresión que desconcertó a Jo, dijo dulcemente:

—No le ponga atención a eso. Sé cómo nos las arreglaremos: afuera hay un corredor amplio donde podemos bailar a nuestras anchas sin que nadie nos vea. Sígame.

Jo le agradeció y lo siguió gustosamente, deseando tener dos guantes limpios cuando vio el hermoso par de color perla que se ponía su compañero. El corredor estaba vacío y bailaron una magnífica polca, pues Laurie bailaba bien y le enseñó el paso alemán, que a Jo le encantó porque incluía muchos balanceos y brincos. Cuando se acabó la música, se sentaron en la escalera para recuperar el aliento, y Laurie estaba contándole a Jo sobre un festival estudiantil en Heidelberg, cuando apareció Meg buscando a su hermana. Hizo una seña, y Jo la siguió a regañadientes hacia una salita lateral donde Meg, algo pálida, se sentó sobre un sofá agarrándose el pie.

—Me torcí el tobillo. Este estúpido tacón se ladeó y me produjo una horrible torcedura. Me duele tanto que apenas puedo ponerme en pie, y no tengo idea de cómo volveré a casa —dijo ella meciéndose de dolor.

—Sabía que te harías daño con esos dichosos tacones. No veo otro remedio que tomar un coche o quedarnos aquí toda la noche —respondió Jo sobándole el tobillo.

—No podría tomar un coche, cuesta demasiado. Además sería muy difícil conseguirlo, pues la mayoría de invitados vinieron en sus propios vehículos, las cocheras quedan lejos y no hay nadie a quien enviar.

—Iré yo.

—Por supuesto que no, son más de las diez y está oscuro como la boca del lobo. No puedo quedarme aquí porque la casa está llena: Sallie invitó a algunas amigas a dormir. Descansaré hasta que venga Hannah, y luego trataré de caminar lo mejor que pueda.

—Se lo pediré a Laurie, él irá —dijo Jo con alivio.

— ¡No, por favor! No le preguntes ni le cuentes a nadie. Tráeme mis chanclos y deja estos zapatos con nuestras cosas. Ya no puedo bailar, pero tan pronto como se acabe la cena, espera a Hannah y avísame apenas llegue.

—Están pasando a cenar ahora. Me quedaré contigo. Lo prefiero.

—No, cariño, ve y consígueme un poco de café. Estoy tan cansada que no me puedo mover.

Entonces Meg se recostó, cuidando de esconder bien los chanclos, y Jo se fue dando tumbos al comedor, que encontró después de haberse metido en una alacena y haber abierto la puerta del cuarto donde se encontraba el viejo señor Gardiner tomando un pequeño refrigerio privado. Dirigiéndose a la mesa, consiguió el café, que derramó enseguida estropeando también el frente de su vestido.

— ¡No puedo creer lo zopenca que soy! —exclamó Jo restregándose el vestido con el guante de Meg.

— ¿Necesita ayuda? —dijo una voz amable, y allí estaba Laurie con una taza completa de café en una mano y un plato de helado en la otra.

—Intentaba conseguirle algo a Meg porque está muy cansada, alguien me hizo tropezar, y aquí estoy, hecha un desastre —respondió Jo echando una mirada sombría desde el vestido estropeado a la mancha marrón del guante.

— ¡Qué lástima! Yo buscaba a alguien a quién darle esto. ¿Puedo llevárselo a su hermana?

— ¡Oh, gracias! Le enseñaré dónde está. No me ofrezco a llevarlo yo misma porque de seguro me metería en otro lío.

Jo le mostró el camino y, como si estuviera acostumbrado a servir a las mujeres, Laurie instaló una mesita, trajo otra taza de café y helado para Jo, y fue tan atento que incluso Meg la exigente lo declaró un “muchacho muy simpático”.

Pasaron un rato agradable con los caramelos y las leyendas que estos traían, y se encontraban en medio de un juego de “Alboroto” con otros dos o tres jóvenes que se habían unido a ellos, cuando apareció Hannah. Meg se olvidó de su pie y se levantó tan de prisa que se vio obligada a agarrarse de Jo lanzando un quejido.

— ¡Silencio, no digas nada! —susurró, y luego añadió en voz alta—: No es nada, me torcí un poco el pie, eso es todo —y subió cojeando las escaleras a coger sus cosas.

Hannah refunfuñó, Meg lloró, y Jo estaba a punto de perder la paciencia hasta que decidió tomar el toro por los cuernos. Corrió abajo, buscó a un criado y le pidió que le consiguiera un coche. Resultó ser un mesero contratado que no sabía nada de los alrededores. Jo estaba buscando ayuda cuando Laurie, quien se había enterado de lo que buscaba, vino a ofrecerle el coche de su abuelo que, dijo, justo había llegado a recogerlo.

—Pero es tan temprano, usted no querrá irse aún—dijo Jo con cara de alivio pero dudando de aceptar la oferta.

—Siempre me voy temprano, en serio. Por favor déjeme llevarlas a casa. Me queda en el camino, usted sabe, y además me dijeron que está lloviendo.

Aquello lo resolvió. Jo le contó sobre el accidente de Meg y aceptó agradecida, y enseguida subió por el resto del grupo. Hannah odiaba la lluvia tanto como un gato, de modo que no puso problema, y se alejaron en el lujoso coche con ánimo festivo y sintiéndose elegantes. Laurie se fue en el asiento exterior para que Meg pudiera extender la pierna, entonces las chicas pudieron hablar libremente de la fiesta.

—Me divertí mucho, ¿y tú? —pregunto Jo soltándose el pelo y poniéndose más cómoda.

—También, muchísimo. Le caí bien a la amiga de Sallie, Annie Moffat, y me invitó a pasar una semana en su casa cuando Sallie vaya. Sallie irá en primavera, en la temporada de ópera. Sería increíble, ojalá mamá me deje ir —contestó Meg muy emocionada de solo pensarlo.

—Vi que bailaste con el pelirrojo del que hui, ¿era amable?

— ¡Muy! Su pelo es castaño, no rojo. Fue muy cortés y bailamos una magnífica redova.

—Parecía un saltamontes vestido de traje cuando hacía el nuevo paso. Laurie y yo no podíamos dejar de reírnos, ¿nos oíste?

—No, pero eso es muy descortés. A propósito, ¿qué era lo que hacían escondidos allí dentro?

Jo le contó sus aventuras, y cuando terminó ya habían llegado a casa. Tras los agradecimientos correspondientes, dijeron “Buenas noches” y entraron sigilosamente para no molestar a nadie, pero tan pronto como la puerta chirrió, aparecieron de repente dos cabecitas con gorro de dormir, y dos vocecitas soñolientas, pero ansiosas, exclamaron:

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