—Cuéntanos otra historia con moraleja, mamá, como esta. Me gusta pensar en ellas si son reales y no muy sermoneadoras —dijo Jo luego de un momento de silencio.
La señora March sonrió y comenzó de inmediato, pues le había contado historias a este auditorio durante años y sabía muy bien cómo complacerlo.
—Había una vez cuatro niñas que tenían lo suficiente para comer y vestirse, no pocas comodidades y gustos, amigos y parientes atentos que las querían profundamente, y aun así no estaban satisfechas. —Aquí las espectadoras intercambiaron miradas furtivas y comenzaron a coser con diligencia—. Estas niñas querían portarse bien y se plantearon excelentes propósitos, pero por alguna razón no lograban alcanzarlos, y decían constantemente: “Si solo tuviéramos esto” o “Si pudiéramos hacer aquello”, olvidándose de todo lo que sí tenían y de todas las cosas agradables que sí podían hacer. Así que le preguntaron a una anciana qué sortilegio podían utilizar para ser felices, y ella dijo: “Cuando se sientan insatisfechas, piensen en lo que poseen y agradézcanlo”. —En ese momento Jo levantó la mirada rápidamente como si fuera a decir algo, pero cambió de opinión al ver que la historia no había terminado—. Como eran niñas sensatas, decidieron hacerle caso, y pronto se sorprendieron al ver cómo se habían enriquecido. Una de ellas descubrió que el dinero no evitaba la vergüenza ni la tristeza en la vida de los ricos; otra vio que, aunque pobre, era mucho más feliz con su juventud, salud y buen ánimo que cierta vieja irritable y floja que no era capaz de disfrutar de sus privilegios; la otra, que por desagradable que fuera ayudar a hacer la comida, era peor tener que mendigar por ella; y la cuarta, que ni siquiera los anillos de cornalina eran tan valiosos como la buena conducta. Entonces resolvieron dejar de quejarse para gozar de las bendiciones que ya tenían, y tratar de merecerlas, no fuera que las perdieran por completo en lugar de aumentarlas, y creo que nunca se arrepintieron de haber seguido el consejo de la anciana.
—Vaya, mamá, es muy ingenioso que hayas volteado nuestras propias historias hacia nosotras y que nos dieras un sermón en vez de un cuento —dijo Meg.
—Me gusta ese tipo de sermón. Es del mismo tipo de los que nos daba papá —dijo Beth pensativa, enderezando las agujas en la almohadilla de Jo.
—Yo no me quejo ni la mitad que las otras, y ahora seré más cuidadosa que nunca porque ya tuve mi advertencia con la humillación de Suzie —repuso Amy.
—Necesitábamos esa lección y no la olvidaremos. Si lo hacemos, tú solo dinos lo que dijo la tía Chloe en La cabaña del tío Tom : “Piensen en suj privilegio’ , niño’ , piensen en suj privilegio’ ”, agregó Jo, quien no pudo resistir por nada del mundo la tentación de sacarle el chiste al sermón, aunque se lo tomó tan en serio como cualquiera de las otras.
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