Louisa Alcott - Mujercitas

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Mujercitas de Louisa May Alcott es un emotivo relato muy femenino con personajes y situaciones memorables. Enamoramientos, aspiraciones intelectuales, complicaciones, vicisitudes en la vida de las jovencitas. La escritora utiliza una fina descripción de caracteres, que muestra el paso de la niñez a la juventud, pone énfasis en el espíritu de la libertad individual, algo no usual para la época. Las March demuestran sus aptitudes sociales tocando el piano, bordando o manteniendo una conversación fluida, amable y elegante.
"Mi heroína literaria favorita es Jo March. Es dificil explicar lo que significó para una pequeña y sencilla niña llamada Jo, quien tenía un carácter vehemente y una ambición ardiente de ser escritora", dijo J. K Rowling

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—Eso me pasa por querer verme bella. ¡Ojalá me hubiera dejado el pelo tranquilo! —sollozó Meg.

—Eso digo yo. Lo tenías tan liso y hermoso. Pero pronto volverá a crecer —dijo Beth acercándose para besar y consolar a la oveja esquilada.

Después de otros percances menos graves, Meg quedó lista por fin, y tras las súplicas de todas, Jo se recogió el pelo y se puso el vestido. Se veían muy bien en sus sencillos trajes. Meg, de gris plateado con cinta de terciopelo azul, vuelos de encaje y el prendedor de perla. Jo, de color granate, con un cuello caballeresco de lino y un par de crisantemos blancos por único adorno. Cada una de ellas se puso un guante limpio y llevó en la mano el manchado, y todas opinaron que aquello daba un efecto “muy casual”. Los tacones que llevaba Meg le apretaban terriblemente aunque no quiso aceptarlo, y a Jo le parecía que las diecinueve pinzas que sujetaban su peinado estaban clavadas directamente en su cabeza, pero, por favor, había que ser elegante o morir.

—Diviértanse, mis amores —dijo la señora March al verlas salir—. No coman demasiado y vuelvan a las once. Enviaré a Hannah a recogerlas. —Cuando se cerró la verja tras ellas, una voz gritó desde la ventana—: ¡Niñas! ¿Llevan unos buenos pañuelos?

—Sí, unos muy finos, y Meg le puso colonia al suyo —gritó Jo, y luego añadió riéndose mientras se alejaban—: Creo que mamá nos preguntaría eso incluso si estuviéramos huyendo de un terremoto.

—Es uno de sus gustos aristocráticos, y tiene razón, porque una auténtica dama se conoce siempre por unas botas limpias, guantes y pañuelo —respondió Meg, quien también tenía varios “gustos aristocráticos” —. Ahora, no olvides esconder la espalda de tu vestido, Jo. ¿Mi faja se ve bien? ¿Mi pelo se ve terrible? —dijo Meg mirándose en el espejo del vestidor de la señora Gardiner.

—Sé que lo olvidaré. Si me ves haciendo algo mal, avísame con un guiño, ¿está bien? —replicó Jo acomodándose el cuello de lino y cepillándose rápidamente.

—No, guiñar no es de damas. Levantaré la ceja si hay algo mal y asentiré con la cabeza si lo estás haciendo bien. Ahora enderézate y da pasos cortos, y no des la mano si te presentan a alguien; eso no se ve bien.

— ¿Cómo es que te aprendes todas esas reglas? Yo nunca puedo. ¡Qué música tan alegre!

Bajaron la escalera sintiéndose un poco tímidas pues rara vez iban a fiestas, y aunque esta era bastante informal, para ellas era todo un evento. La señora Gardiner, una anciana señorial, las recibió con amabilidad y las condujo hacia donde estaba la mayor de sus seis hijas. Meg conocía a Sallie y muy pronto se sintió cómoda, pero Jo, a quien no interesaban mucho las chicas y sus asuntos, se quedó allí de pie con la espalda apoyada contra la pared, sintiéndose como mosca en leche. Media docena de joviales muchachos hablaban de patines en otra parte del salón, y se moría por unírseles porque el patinaje era una de sus pasiones. Le hizo entender a Meg su deseo, pero la ceja subió tanto que no se atrevió a moverse. Nadie le dirigió la palabra, y el grupo con el que estaba se fue dispersando poco a poco hasta que se quedó sola. No podía deambular por ahí para divertirse, o de lo contrario se notaría la quemadura de su vestido, así que permaneció mirando a la gente un poco tristemente hasta que comenzó el baile. A Meg la invitaron de inmediato, y los apretados zapatos danzaron tan enérgicamente, que nadie habría adivinado el sufrimiento que causaban a la sonriente portadora. Jo vio que se acercaba un joven pelirrojo, y temiendo que la invitara a bailar, se deslizó en un recoveco tras una cortina con el ánimo de observar a la gente y estar tranquila. Por desgracia, otra persona tímida ya se había refugiado allí: apenas se hubo cerrado la cortina tras ella, se encontró frente a frente con el “chico Laurence”.

— ¡Por Dios, no sabía que hubiera alguien aquí! —tartamudeó Jo preparándose para salir tan rápido como había entrado.

Pero el muchacho se rio y dijo, amablemente, aunque con gesto sorprendido:

—No se preocupe por mí, quédese si quiere.

— ¿No sería molestia para usted?

—Para nada. Solo entré aquí porque no conozco a casi nadie y, ya sabe, me sentía un poco extraño.

—Yo también. Por favor no se vaya, a menos que prefiera hacerlo.

El muchacho se sentó de nuevo, con la mirada baja, hasta que Jo, tratando de ser educada y casual:

—Me parece que he tenido el gusto de haberlo visto antes. Usted vive cerca a mi casa, ¿no es cierto?

—En la casa de al lado —dijo él alzando la vista y riéndose espontáneamente, pues la cortesía de Jo le parecía cómica al recordar cómo habían charlado sobre cricket la vez que él devolvió la gata.

Eso hizo que Jo se sintiera cómoda, así que rio también al decir de la manera más cordial que podía:

—Nos gustó mucho su amable regalo de Navidad.

—Lo envió mi abuelo.

—Pero fue usted quien lo convenció, ¿cierto?

— ¿Cómo se encuentra su gata, señorita March? —preguntó el chico intentando no reírse, pero sus ojos negros brillaban de picardía.

—Está muy bien, gracias por preguntar, señor Laurence. Pero yo no soy la señorita March, soy solo Jo —contestó ella.

—Yo no soy el señor Laurence, soy solo Laurie.

—Laurie Laurence… Qué nombre más extraño.

—Mi nombre es Theodore, pero no me gusta porque mis compañeros me llamaban Dora, así que hice que me llamaran Laurie.

—Yo también odio mi nombre. ¡Es tan cursi! Me gustaría que todos me llamaran Jo en lugar de Josephine. ¿Cómo logró que sus compañeros dejaran de llamarlo Dora?

—Les di una paliza.

—No puedo darle una paliza a la tía March, así que supongo que me toca aguantármelo —dijo Jo resignadamente con un suspiro.

— ¿No le gusta bailar, señorita Jo? —preguntó Laurie, con cara de considerar que le quedaba bien el nombre.

—Me gusta bastante si hay suficiente espacio y todos están animados. Estoy segura de que en este lugar causaría algún desastre, pisaría a alguien o cometería alguna barbaridad, así que mejor me lo evito y dejo que Meg se luzca. ¿Usted no baila?

—A veces. Verá, he vivido en el extranjero por muchos años y aún no sé muy bien cómo se hacen las cosas aquí.

— ¡En el extranjero! —gritó Jo—. ¡Oh, cuéntemelo todo! Me encanta oír a la gente hablar de sus viajes.

Laurie parecía no saber por dónde empezar, pero las preguntas ansiosas de Jo le ayudaron. Le contó que había ido al colegio en Vevey, donde los chicos nunca usaban sombrero y había una flota de botes en el lago, y donde, para divertirse en vacaciones, se iban a recorrer Suiza a pie con los profesores.

— ¡Cómo me habría gustado estar allí! —exclamó Jo—. ¿Estuvo en París?

—Pasamos allá el último invierno.

— ¿Habla francés?

—No se nos permitía hablar ningún otro idioma en Vevey.

—Diga algo en francés. Yo puedo leerlo, pero no pronunciarlo.

Quel nom a la jeune demoiselle aux jolies pantoufles ? —dijo Laurie.

— ¡Qué bien lo pronuncia! Déjeme ver, lo que dijo fue: “¿Cómo se llama la señorita de los bonitos zapatos?”, ¿no es así?

Oui, mademoiselle .

—Es mi hermana Margaret, ¡y usted ya lo sabía! ¿No es hermosa?

—Lo es. Me hace pensar en las chicas alemanas; parece tan fresca y tranquila, y baila como una dama.

Jo se sonrojó de gusto al oír este elogio hacia su hermana, y lo guardó en la memoria para repetírselo. Ambos observaron a la gente, criticaron y charlaron, hasta que se sintieron como viejos amigos. La timidez de Laurie se desvaneció pronto porque los modos varoniles de Jo le divertían y le hacían sentir cómodo, y Jo volvió a ser la persona alegre que era porque se había olvidado del vestido y nadie le estaba alzando la ceja. Le agradaba el “chico Laurence”, y lo observó bien para poder describírselo a sus hermanas, pues además de no tener hermanos, tenían muy pocos primos varones, de modo que los chicos eran criaturas casi desconocidas para ellas. Pensaba: “Pelo negro ensortijado, piel canela, ojos grandes y negros, nariz larga, dientes lindos, manos y pies pequeños, tan alto como yo, muy cortés para ser un chico, y definitivamente muy divertido. Me pregunto cuántos años tiene”. Jo tenía la pregunta en la punta de la lengua, pero se contuvo a tiempo, y con un tacto raro en ella, trató de averiguarlo por los lados.

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